Obituario

Max Von Sydow, murió el hombre que casi le gana a la muerte

El actor sueco falleció a los 90 años, estuvo en las grandes obras de Ingmar Bergman, en El Exorcista y en Game of Thrones

Max Von Sydow
Max Von Sydow, 1929-2020

El chiste fácil, pero apropiado que me hace un colega, es que finalmente la muerte le ganó la partida a Max Von Sydow, quien ayer falleció a los 90 años. La referencia es a El séptimo sello, la película de Ingmar Bergman que convirtió a Von Sydow en una estrella mundial y en la que interpreta a un caballero que, volviendo de las Cruzadas, posterga su hora final jugando ajedrez con la parca misma. Fue en 1957, hace 63 años, y eso habla de la permanencia en el imaginario cultural de ciertos actores, ciertas películas y ciertas escenas.

Las nueva generaciones, sin embargo, lo reconocerán como el Cuervo de tres ojos en Game of Thrones, el que le enseñó a Bran Stark como utilizar sus poderes. Toda su carrera se movió en ese ábanico entre lo prestigioso y lo popular.

Von Sydow, que había nacido en Lund, al sur de Suecia, el 10 de abril de 1929, fue una de las grandes figuras del cine, con una carrera transoceánica que lo llevó a trabajar con grandes directores tanto en Europa como en Hollywood, donde se instaló a mediados de la década de 1960. Siempre tuvo un pie en Europa.

Pero son aquellas películas suecas las que lo convirtieron en el referente de una generación. Con Bergman —a quien conoció en 1955 cuando lo dirigió en el Teatro Municipal de Malmoe— trabajó en obras maestras como La fuente de la doncella, Cuando huye el día, El séptimo sello, Detrás de un vidrio oscuro, Luz de invierno, La hora del lobo y Vergüenza. Eso debe haber sido intenso e interesante porque abarca parte de lo mejor de Bergman, un director que tendía a la exigencia artística.

Su carrera en Estados Unidos -que lo convirtió en esa estrella global que es saludada ante el anuncio de su fallecimiento- es despareja, con una tendencia a la cantidad más que a la calidad: de acuerdo a la base de datos imdb, trabajó en 163 películas.

El papel más importante a nivel popularidad tiene que haber sido su Padre Merrin en El exorcista (lo repitió en la innecesaria El exorcista 2: El hereje) lo que sumado a sus películas con Bergman, le dieron esa imagen tirando a siniestra, en la que la combinación su belleza nórdica, sus casi dos metros del altura y sus ojos azules le daba una inevitable frialdad, un tipo que explotaría en su carrera. Uno tendía a desconfiar de la moralidad de sus personajes.

Fue Jesucristo en su primera película en Hollywood, La más grande historia jamás contada en 1965 y el diablo en uno de su grandes éxitos (La tienda de los deseos malignos). Trabajó en una de James Bond (Nunca digas nunca jamás) y una de Star Wars (El despertar de la fuerza). Su presencia siempre se hacía notar: es de esos actores que solo se recuerdan viejos y cuya aparición robaba, indefectiblemente las escenas. A eso lo ayudaban su porte, sí, pero también su rango actoral.

“A medida que uno envejece”, dijo en una entrevista en 2011 que ayer recordó en su obituario The Guardian, “le ofrecen personajes viejos y muy a menudo la gente vieja muere en la mitad del guion. Es triste pero no muy interesante”.

Aunque su trayectoria en Hollywood incluye cosas como Flash Gordon (donde hizo del emperado Ming), Judge Dredd con Stallone o Rush Hour 3 con Jackie Chan, su dignidad siempre salía intacta. Quizás porque supo mantener una carrera en Europa: trabajó mucho con el danés Jan Troell pero también con nombres importantes como Bertrand Tavernier (La muerte en directo) y con Bille August en Pelle, el conquistador, que le dio una de sus dos nominaciones al Oscar; la otra fue por Tan fuerte y tan cerca, de 2011 en la que interpretaba a un mudo.

Entre sus películas más prestigiosas en Estados Unidos estuvo en La isla siniestra de Scorsese, Sentencia previa de Spielberg, Hannah y sus hermanas de Allen, Los tres días del cóndor de Pollack y, en opinión más debatible, Conan, el bárbaro de John Millius.

Además se mantuvo como un actor de teatro participando incluso en algunos montajes tardíos de Bergman. Hablaba fluidamente sueco, danés, inglés, italiano y francés, lo que extendió las nacionalidades de sus proyectos.

Es, en ese sentido fue una de las más grandes estrellas de la historia del cine. Y casi le hace jaque mate a la muerte, un rival que, se sabe, tiende a ser tramposo pero que, como sea, siempre termina ganando.

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