SIN NADA QUE PERDER

Llega un gran western moderno con olor a Oscar

Se estrena lo nuevo de David Mackenzie.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Sin nada que perder. Foto: Difusión.

Sin nada que perder es una de las joyitas que logró mecharse entre los títulos nominados a los Oscar como Mejor Película, aunque seguramente tenga más chances de llevarse el galardón al Mejor Guión Original o a Mejor Actor de Reparto para Jeff Bridges (que ganó un Oscar en 2010 por Crazy Heart).

A la cabeza de este western moderno (o neo-western) está David Mackenzie, cineasta inglés que entre varios títulos dirigió Starred up (2013), Perfect sense (2011) y Hallam Foe (2007), y que en esta película demuestra un control absoluto de sus decisiones, con escenas perfectamente diseñadas a las que no les sobra ni una palabra ni un plano.

Su principal aliado es Taylor Sheridan, uno de los actores de la serie Sons of Anarchy que debutó como guionista con el drama policial Sicario (2015), el brutal film de Denis Villeneuve. Su brillante trabajo en Sin nada que perder lo posiciona como uno de los nombres emergentes más talentosos de Hollywood: los diálogos son de una precisión y de un buen gusto ejemplar. Pero también hizo un notable trabajo al crear una historia que tiene la doble función de ser un homenaje al género y una actualización pesimista del contexto rural.

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Nuevos vaqueros.

La traducción regional del título comete el error de simplificar la trama: estos personajes sí tienen mucho que perder y no nada como asegura. El nombre original, Hell or high water, refiere a la expresión "contra viento y marea", dicho que resume la determinación de los hermanos Tanner y Toby Howard (espléndidos Ben Foster y Chris Pine) para robar determinado número de bancos a lo largo de dos días en Texas. En España se estrenó como Comanchería, un acierto puesto que uno de los ejes es la venganza eterna: la posición del "enemigo de todo" —herencia del pueblo comanche que fue desalojado de esas tierras—, convicción de la que esta dupla se apropia para ejecutar su plan de burlar al banco que intentó expropiar una granja familiar en la que se encontró petróleo.

Musicalizada por Nick Cave y Warren Ellis, la historia revuelve las entrañas del western; el argumento no puede ser más clásico: dos hermanos vaqueros (uno exconvicto y otro que quiere redimirse) roban bancos y son perseguidos por un sheriff a punto del retiro (Jeff Bridges).

La grandeza del film está en la lectura moderna que hace del escenario idealizado por el cine: retrata un Texas acongojado por una fractura social que está cambiando el paisaje. Los pueblos pequeños lucen abandonados por una juventud que huye del trabajo rural; y la pregunta retórica de cómo se sobrevive en un lugar sin comercio ni consumo se plantea más de una vez.

Sheridan usó el cinismo con inteligencia al plantear a los bancos como los verdaderos villanos. Irónicamente, como si la historia le hiciera un guiño a los indios, sus hipotecas, tasas de intereses y trampas contractuales están desvalijando a los descendientes de sus antiguos invasores.

Además, redobla la apuesta al incluir un tercer gran personaje que complica por igual los planes de los ladrones y del sheriff: los portadores de armas obsesionados por hacer justicia por mano propia. Con un estilo que recuerda a los Hermanos Coen, Mackenzie dirige algunas de las mejores escenas del film cuando enfrenta a estos bandos con una mezcla de rudeza y humor que dota a la película de un carácter irresistible.

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