Michael Keaton es apenas uno de los méritos de una favorita al Oscar

Los laberintos de la redención

Aunque usted no lo crea aún hay películas que son así: obras maestras. Es un término temerario pero que aplica a Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia), la última película del mexicano Alejandro González Iñárritu, que tiene nueve nominaciones para el Oscar y que se estrena hoy en Uruguay.

Es una comedia sobre el ego, sus fantasmas y la ardua tarea de superarlos.

González Iñárritu puede llegar a ser criticado más por el peso específico de sus temas que por su capacidad para contar sus historias. Es un riesgo que él corre al meterse en proyectos que incluyen personajes con enfermedades terminales (y que a veces hasta hablan con niños muertos), parejas que intentan superar la muerte de un hijo o modelos amputadas viviendo situaciones de esas que, encima, se podrían considerar extremas. Películas como Amores perros, Babel, 21 gramos o la (injustamente) despreciada Biutiful son la obra de un director importante.

Birdman es —y eso es una tranquilidad para algunos y un giro en la carrera de Iñárritu— una comedia. Una comedia, eso sí, sobre el ego, sus fantamas y la ardua tarea de dejarlos atrás.

Es la historia de Riggan Thomson un actor que hace 20 años interpretó a un superhéroe en el cine (Michael Keaton, quien hace 30 años interpretó a un superhéroe en el cine, Batman) que intenta una suerte de redención personal y profesional produciendo, dirigiendo y actuando en su propia adaptación de De qué hablamos cuando hablamos de amor de Raymond Carver. La película sigue los últimos días antes del estreno en Broadway y su interacción con un actor de prestigio teatral (Edward Norton), una hija en rehabilitación (Emma Stone), su ex exposa (Amy Adams), una amante (Andrea Riseborough), un productor preocupado (Zach Galifianakis) y una coprotagonista insegura (Naomi Watts). A su vez lo persigue la voz interior con tono de superhéroe de aquel personaje que lo hizo famoso dedicado ahora a dañarle su ya minada autoestima.

Aunque la acción transcurre durante, por lo menos, un par de semanas, la película está armada como un largo plano secuencia (las referencias más evidentes: La soga de Alfred Hitchcock y El arca rusa de Alexander Sokurov) y casi exclusivamente en un solo escenario: el laberíntico sendero tras las bambalinas de un viejo teatro neoyorquino.

Es porque se trata de un viaje interior: ese laberinto está en la cabeza del protagonista al que vemos por primera vez levitando como en un nivel avanzado de shamanismo y después haciendo alarde de algún superpoder. Es un trip alucinado en la mente de un actor que busca una segunda oportunidad y, de paso, lucha con la tiranía de su ego (su Birdman). Esa toma única, además, convierte al espectador en una presencia fantasmal y curiosa.

La referencia a Carver (un cuentista estadounidense de prosa seca e historias cotidianas en lo que se suele llamar "realismo sucio") no es gratuita. Sus personajes eran forasteros de sus vidas, buscando el amor o la redención aun en los pequeños detalles y que esconden sus secretos como quien barre basura debajo de la alfombra. El personaje de Keaton es así un personaje "carveriano": es un forastero en Broadway, en la vida de su hija y en un mundo de visualizaciones en YouTube o seguidores en Twitter, como le quieren hacer entender.

La forma funciona también para el debate entre el teatro y el cine que plantea Birdman. Keaton representa el cine (ese arte menor, como parece creer la pluma más filosa de la crítica de Nueva York, un personaje secundario) y Norton, el teatro. Y la toma única —aunque propia del cine— da el riesgo y la inmediatez del teatro: es equivocarse y arruinarlo todo.

Igual es una suerte que estén encerrados en ese mundo ilusorio. Afuera es peor. Los pocos exteriores muestran un universo uniforme de cámaras domésticas, risas bobaliconas y cholulismo frente a lo cual el artista está literalmente desnudo (la escena de Keaton corriendo entre turistas por Times Square con sus calzoncillos pasados de moda es elocuente y muy buena). Eso sí, si es cierto que "la popularidad es la prima atorranta del prestigio", como bien dice el personaje de Norton, es seguro que es cómo se mide el éxito ahora. La película es la historia de un grupo de artistas aislados en un bunker fantasmal y anacrónico.

Y está, finalmente, la propia redención de Michael Keaton, un actor cuya carrera no ha sido lo que se dice, un éxito desde que no aceptó la tercera parte de Batman, allá por la década de 1990. Keaton da la actuación de su vida y sería justo que se lo premiara, aunque la construcción que hace Eddie Redmayne de Stephen Hawking en La teoría del todo, lo puede dejar con las ganas del Oscar. El resto del elenco está a la altura.

Otro Oscar debería ir para el director de fotografía, Emmanuel Lubezki (Gravedad, Niños del hombre), quien aquí consigue todo lo que se propone en un esfuerzo —artístico y de logística— de los titánicos.

Birdman está plagada de momentos que tiene más cine que cualquiera de esas cosas que hoy se hacen llamar películas. Y, perdón por la mención descolgada, los créditos con sus citas tipográficas a Jean-Luc Godard son un gesto cariñoso que se agradece.

Es una película importante. Y eso, que parecería hasta peyorativo en tiempos tan peso pluma como los que nos han tocado en suerte, la convierten en un recordatorio de todos los desafíos que implica hacer y ver una película.

El resto da para debatir, algo que supo ser también una de las gracias de ir al cine. O al teatro.


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La unión de un director y un actor y por qué a veces filmar es hacer equilibrio sin una red


"Es raro que a uno pueda ser parte de un experimento tan maravilloso como éste", le dijo Michal Keaton a The New York Times. "La película se hace oscura, rara y graciosa. Así que estás constantemente sintiéndote en una montaña rusa. Probándote a ver si podés hacerlo".

"Cuando terminé el guión, sabía que Michael no era una opción: era la persona indicada", aseguró Alejandro González Iñárritu. Keaton, dijo, tenía el rango emocional y el carisma de hombre común para compensar al narcisista de Riggan Thompson, su personaje en la película. "Es uno de los pocos tipos en el mundo que realmente se puso la capa", dice refiriéndose a sus películas de Batman en 1989 y 1992. "La autoridad que da eso, era esencial"

Pero cuando ambos se juntaron a cenar para discutir si trabajaban juntos, "la primera cosa que me dijo fue: ¿estás tratando de que la gente se ría de mi?", recuerda Iñarritu. Dos botellas de vino más tarde, se ganó la confianza de Keaton. La película, dice Iñarritu, podrá calzarle justo a Keaton pero está inspirada en la propia vida del director.

"Cuando estoy trabajando, mi Birdman, mi ego, se vuelve enorme", dice. "Me puede elevar y 30 minutos después destruirme. Es un tirano. Ese es mi proceso creativo: voy dos pasos para adelante y tres para atrás, y despúes me encanta. Fue recién después de Birdman que aprendió a manejar sus dudas internas y "es por eso que creo que hice la película".

Iñárritu primero la pensó como un cortometraje y, para reflejar la autoreferencial y estrecha vida interior de un hombre atormentado por su propio ego, planeó filmarlo en una sola toma

El desafío implicó evitar cualquier improvisación, y los actores y la crew caminando por interminables pasillos siempre debían respetar las marcas con total precisión.

Al comienzo de la filmación, Iñárritu les envió a todos una foto del equilibrista Philippe Petit caminando sobre una cuerda entre las Torres Gemelas. "Muchachos esta es la película que están haciendo, si se caen, se caen".

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