CINE - FESTIVAL DE MAR DEL PLATA

Una jornada en la que la violencia mostró todas sus caras

El festival proyectó un cúmulo de films con la violencia como protagonista de historias más y menos dramáticas.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Brie Larson en "Free Fire". Foto: Difusión

El aprendiz 
El cine argentino vive un indudable buen momento, no solo por el respaldo que el público le da a sus estrenos, sino por la calidad de sus cineastas, especialmente los debutantes. Uno de estos ejemplos podría ser el de Tomás De Leone y su ópera prima El aprendiz. Como en el cine parece estar todo hecho, De Leone se las ingenió para relatar una (otra) historia de autoafirmación adolescente en un ambiente poco explorado. Por eso ubicó a su protagonista en Quequén, la parte más pobre de Necochea: una ciudad portuaria a la que ni el dinero ni el progreso llega. Menos aún en pleno 2001, tiempo en el que se ubica este relato.

Con un paisaje de fondo inhóspito cubierto de fábricas, galpones, humo, y un frío seco con olor a pescado que logra traspasar la pantalla, Pablo (muy bien Nahuel Viale, que resuelve escenas enteras con una mirada y la exclamación de su voz) planea pequeños delitos junto a un grupo de amigos. El que lidera es Parodi, un tipo agresivo y burlón, desagradable, brillantemente diseñado por De Leone, que dijo que se inspiró en un antiguo compañero del liceo para construirlo.

Pablo se hace cargo de una madre alcohólica y soporta la indiferencia de un padre ausente que rehizo su vida a sus espaldas. Trabaja como aprendiz de cocina en un hotel: también limpia y friega con convicción, descansando la mente en el oficio. De tarde, Parodi y dos de sus amigos lo recogen para idear esos planes que Pablo observa en silencio, conflictuado por esa doble moral. Y a veces sale con una chica que parece romper su dureza, a la que le cuenta su sueño de poner un bar propio.

“Uno es los actos que hace”, dijo De Leone, que muestra la dicotomía que invade cada vez más la vida de su personaje con escenas bien armadas, con un tono que se mueve en una cuerda floja entre el humor, la constante posibilidad de volencia y el sentido común: porque Pablo es, sobre todo, un tipo consecuente con sus responsabilidades y su futuro. He aquí un policial distinto, lleno de talento y precisión.

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Fuga de la Patagonia
Hay cierta tendencia en América Latina (y Hollywood con El renacido) de retomar el cine de exploraciones coloniales, ese que volvió a vestir a los actores como colonizadores o científicos curiosos, que se adentraron en hermosas tierras vírgenes y tuvieron que sobrevivir a los indios, a la naturaleza y a los propios europeos entre los siglos XVII y XIX. A esa ola se sumó Fuga de la Patagonia, un film codirigido por los debutantes Javier Zeballos y Francisco D'Eufemia, que enfrenta la contradicción que soportó Francisco “Perito” Moreno, que a la par de ser recordado por buenas e importantes obras sociales y diplomáticas, realizó la cartografía que generó el casi exterminio de los pueblos nativos del sur argentino.

En 1879, durante la mencionada expedición cartográfica, el Consejo Mapuche (con el que mantenía una impecable relación) lo acusa de traición y lo condena a muerte. Tras él va su ahijado: el hijo del cacique Valentín Sayhueque, que le salva la vida —y tal como indica la historia, 10 años después vivirá innumerables penurias cuando sea tomado prisionero por los soldados de Buenos Aires.

Este film es la crónica de esa huída y fue concebido como “un western gaucho”. El resulto no está mal, la fotografía es impecable, pero las charlas casuales y la actitud bonachona que tienen algunos de los personajes en medio de este escape ganan en sorpresa pero no parecen convincente en esas circunstancias de vida o muerte. Tampoco lo es el diseño de sonido demasiado armado en post producción (los ruidos de los cuchillos atravesando la carne y los golpes parecen de cine gore), ni cierto look de los actores (que lucen evidentemente lookeados para la ocasión), ni el uso de palabras demasiado modernas: todo esto empañana la verosimilitud esencial para sumergirse en la historia.

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Free fire
En poco tiempo Ben Wheatley se convirtió en uno de los directores que más entusiasmo genera entre los cinéfilos. El cineasta británico ganó popularidad luego de una carrera de enorme nivel, con films tan diversos como Kill list (la escena final es una de las más perturbadoras que ha dado el cine de terror psicológico), la genial comedia negra Sightseers y la reciente High-rise (basada en una novela de J.C. Ballard), un asfixiante drama social que funciona como una precisa metáfora del capitalismo con una fotografía y dirección de cámara descomunal.

En Free fire Wheatley parece haberse divertido demostrando que también puede ser un brillante director de films de acción. Hay varios aspectos de esta ficción que se relacionan a sus obras anteriores: como en High-rise la acción ocurre a fines de los años '70, hay un númeroso elenco coral (excelente en su totalidad, con Brie Larson y Armie Hammer como los rostros más populares en Hollywood) y la historia sucede en un único espacio: un galpón lleno de chatarra y mugre donde se iba a concretar una tranquila y profesional compra de armas entre unos traficantes y un grupo de la IRA.

Pero, por una coincidencia del destino, dos hombres que la noche anterior tuvieron una pelea feroz en un bar se reencuentran durante el negocio, y así comienza un hilarante enfrentamiento armado que tomará la película por completo. Otra vez, como en Sightseers, Wheatley desdramatiza la violencia, dando lugar a un simpático sadismo en el que los cuerpos se van descomponiendo de tantas balas, golpes, quebraduras y hasta quemaduras. La acción va aumentando en forma de bucle, convirtiendo esta lucha improvisada en una guerra donde uno quiere matar al otro sin recordar porqué y otros quieren matarlos a todos sin saber quién los envió allí.

Free fire tiene la inigualable gracia que hizo de Wheatley uno de los autores más interesantes del cine actual, y también parece ser un homenaje al cine de Guy Ritchie (la fotografía, la paleta de colores y la forma en que la cámara presenta y filma a los personajes se parece a Snatch: cerdos y diamantes y (sobre todo) a Juegos, trampas y dos armas humeantes) y en especial al de Quentin Tarantino: es inevitable asociar este film a Perros de la calle. Una fiesta de escenas rudas para reconciliarse con la violencia.

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El sacrificio de Nehuen Puyelli
José Celestino Campusano es de Quilmes pero en Mar del Plata es una celebridad. La función de ayer fue su noveno estreno en el festival y ya anunció que tendrá otro film pronto para el año que viene. El sacrificio de Nehuen Puyelli es una gran película, que recuerda al Campusano de Vikingo (2009).

Es probable que sea la personalidad más honesta y coherente del cine argentino. Campusano hace cine acerca de las periferias, en las periferias y con gente de las periferias. No es de los que le pide a Leonardo Sbaraglia que se ponga unos tatuajes y se meta en una cárcel: él busca a hombres desdentados, con cicatrices, la ropa sucia y actitudes toscas y los dirije para su cámara. ¿Son malos actores? Por supuesto, pero Campusano tiene un objetivo claro que los guía hacia una trama que va construyéndose con solvencia y buen ritmo, transformando sus “deficencias” en particularidades funcionales a la historia. Y todo es tan verídico que no importa que algunas líneas suenen recitadas.

El sacrificio de Nehuen Puyelli se rodó en el norte, entre montañas y lagos de gran belleza pero a cuyos pies hay demasiada basura. Allí, en un rancho, vive una familia chilena. El hijo mayor es alcohólico -como buena parte del pueblo-, y hay que cuidarlo de que no se muera congelado por dormir borracho a la interperie. El hijo menor es Nehuen: un indio bisexual con poderes místicos, que dice ser capaz de leer los males del espíritu. Quien entra a su habitación sueña con pesadillas. Así le sucederá a Arce, el preso más popular del penal del pueblo.

Arce está a pocos meses de terminar su condena y es el que mantiene el orden y la buena convicencia en una cárcel tranquila, en la que los presos trabajan, conviven y no pelean. Hasta que llega Puyelli, denunciado por matar a una vieja con té de yuyos y por abusar de un adolescente adinerado.

Campusano expone con maestría un abanico de subtramas que engrandecen el gran conflicto de esta historia: está la relación de amistad entre Arce y Puyelli (algo típico de su filmografía). Están los códigos detrás de las rejas. El racismo hacia los indios. La explotación de patrones “gringos” (porque son rubios y tienen apellidos alemanes) hacia los indios o “negros” de una tierra sin justificia social. Está la bisexualidad. Y hay, además, una revisión histórica que funciona como una metáfora: se dice que los indios del sur de Chile enfrentaron a las tropas españolas dominando sus espíritus antes de la batalla. Así pudieron contener la invasión durante décadas, hasta que llegó la traición entre hermanos y la maldad acabó con la paz del alma. Una historia de venganza que muestra a un Campusano en forma, con mucho más de este cine necesario para dar.

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