Hoy va “El último lobo”, del director de “El nombre de la rosa”

Jean-Jacques Annaud: "Una película es un acto de pasión"

No son muchos los directores que empiezan su camino con un Oscar, como le pasó a él en 1976, cuando la Academia eligió Negros y blancos en color como la mejor película de lengua no inglesa. Tras ese debut, Jean-Jacques Annaud siguió trabajando y aunque en cuatro décadas tiene 14 créditos como director, casi todas sus películas fueron éxitos de taquilla.

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"Siempre me duele mucho terminar una película: quiero que duren más".

Tal vez eso explique parte de lo que parece un constante buen humor. El cineasta atiende la llamada de El País para hablar de El último lobo, película que va hoy a las 18:40 en el Festival de Cine de Montevideo, en el complejo Movie del Montevideo Shopping. Rodada en China, el film adapta el best seller Tótem lobo, una historia sobre dos amigos que son enviados a alfabetizar a campesinos durante la Revolución Cultural maoísta. Uno de ellos establece una relación especial con un lobo, que le traerá problemas tanto con los locales como con las autoridades políticas.

—Una vez más, le da suma importancia a la naturaleza en una de sus películas. ¿Por qué cree que ésta es tan importante en su filmografía?

—Oiga, que no es importante solo para mí. ¡Para usted también es importante! (risas). Pero sí, mientras hablamos miro hacia fuera por la ventana de mi casa, es hermosa la naturaleza aquí donde estoy, en el medio de Francia. Me encantan los árboles, los ríos, me hacen sentir cómodo. Por eso me gusta compartir esa sensación con la audiencia. Eso explica por qué he hecho ya varias películas con la naturaleza como protagonista, tanto flora como fauna.

—¿Cómo se involucró con la historia de El último lobo?

—Lo primero fue el placer literario. Es el mejor libro que he leído en los últimos 10 años. Quedé sorprendido. Tótem lobo, el libro de Jiang Rong fue un gran best seller en China. Es un país que tiene reputación de estar fuertemente contaminado, y que tiene poco respeto por el medio ambiente. Me alegró mucho constatar que, por el contrario, sí hay una conciencia sobre estos temas en China. Me honró poder tratar un tema como este en la película. No sé si lo sabe, pero la película obtuvo el equivalente chino al Oscar, pasó la marca de 25 millones de espectadores, y ha recaudado 120 millones de dólares solo en China. Es un éxito inusual.

—¿Insual para quién? Porque usted ya ha tenido varios éxitos.

—(Más risas) Sí, sí, he sido muy afortunado en ese sentido, no solo ahora, sino en toda mi carrera. Primero que nada: he podido hacer las películas que quise hacer, de la manera que quise. Soy, además, uno de los pocos directores de cine que tiene el derecho al corte final. Y encima, he disfrutado del reconocimiento internacional en varias ocasiones. Pero en realidad, uno nunca se acostumbra al éxito. Como tampoco se acostumbra al fracaso.

—Teniendo en cuenta eso, ¿por qué ha hecho relativamente pocas películas?

—Es cierto lo que dice. Pero eso tiene una explicación: yo pongo todas mis energías en las películas que hago. En vez de hacer tres películas, hago una y en ella pongo todo lo que tengo: cuidado, pasión, esmero. Si se fija en algunos de mis colegas, como Milos Forman o Stanley Kubrick, ellos tampoco hicieron muchas películas ¿verdad?. Porque les apasionaba lo que hacían. Yo no puedo hacer una película y olvidarme para seguir con la próxima. Una película es un acto de pasión total, como una historia de amor.

—Como El amante, película que también dirigió.

—Exactamente. Siempre me duele mucho terminar una película y siempre quiero que duren más.

—La historia contada en El último lobo se desarrolla durante la Revolución Cultural impulsada por Mao. ¿Recuerda esa época? Usted era joven.

—Vivamente. Francia, en muchos sentidos, sigue siendo un país muy socialista. Hay una broma muy extendida que dice que Francia es el único país donde el comunismo tuvo éxito. En la época de la Revolución Cultural, en la prensa aparecían muchos artículos alabando al líder chino, exaltando sus triunfos. Eso me intrigaba, porque no lo compartía.

—Siendo europeo ¿cómo es trabajar en una industria como la china? O en Hollywood, otra gran industria de cine.

—Para mí, trabajar en Hollywood o China, ha sido muy positivo. He trabajado en un ambiente amable y cálido, tanto en una industria como en la otra. Me dieron libertad y también me dieron el presupuesto que necesitaba para hacer las películas. ¿De qué me puedo quejar? Cuando uno hace su trabajo como lo tiene que hacer, con respeto por actores y equipo —y también por el tema que va a tratar en la película— no tendría que haber problemas, ¿no? Hay que trabajar duro, y hacerlo con sentimientos sinceros.

—¿O sea que las diferencias culturales o de idioma no importan?

—No, no importan. Hice una película en Argentina, Siete años en el Tíbet (1997), y tampoco tuve problemas. Todo el equipo era argentino y trabajamos muy bien. Tengo muy buenos recuerdos de ese rodaje. Esa película fue financiada por una empresa japonesa, distribuida por una empresa estadounidense... Mire: yo estoy en un negocio internacional. El idioma no importa. No hablo ni una palabra de chino, pero fui comprendido completamente por la gente con la que trabajé. Esa es la belleza del cine. Me conmueve ir a la exhibición de una película en Alemania, en España, en Italia o en otros países, y ver que la gente reacciona igual. Se ríen y lloran en los mismos momentos. Es hermoso. Tampoco tuve problemas con la censura en China, o las presiones de los ejecutivos en Hollywood.

—En esta película, los lobos son casi protagonistas. ¿Fue peligroso el rodaje?

—Sí, fue un rodaje con muchos riesgos. Porque los lobos pueden ser muy crueles, y pueden cambiar de estado de ánimo muy rápido. Son animales muy inteligentes, y si les caes bien, son geniales. Pero si no les caes bien… Pueden unirse y atacarte en segundos, todos juntos. Y ese es un peligro muy grande. Teníamos que tomar muchísimas medidas de seguridad, pero estuvimos con un excelente entrenador de animales.

—¿Qué pasó con los lobos luego del rodaje?

—Tuvieron suerte, porque obtuvieron pasaportes canadienses todos ellos (ríe). Trabajamos con 17 lobos, y todos fueron llevados a vivir a las montañas cerca de Calgary. Ojalá yo tuviera la vista que tienen ellos de las montañas y la naturaleza en esa parte de Canadá.

—Con una trayectoria tan larga, ¿cómo es considerado en su país? ¿Se siente respetado por colegas y críticos en Francia?

—(Duda) Tengo la sensación de que como arranqué con éxito, por el Oscar me catalogaron como el mimado de los Estados Unidos. Y sabe… los franceses prefieren el fracaso. Es más elegante y heroico fracasar. Ahora Francia está pasando por un mal momento, así que supongo que los franceses estarán felices.

Dos títulos a tener en cuenta en el cierre.

Los dos últimos días del Festival de Cine de Montevideo ofrecen un menú de 14 películas, varias de las cuales ya fueron parte de la programación, pero vale la pena repasar algunos de los títulos que serán parte de las dos jornadas finales (la programación completa se puede consultar en movie.com.uy).

Entre las películas a tener en cuenta está La sal de la tierra, el formidable documental del alemán Wim Wenders y Juliano Ribeiro Salgado, una película sobre la que en estas páginas se escribió que "en La sal de la tierra, Wenders y Ribeiro Salgado acompañan a Salgado en varios de sus viajes o lo enfrentan a su historia y su obra. Con voz parsimoniosa y actitud siempre respetuosa, este economista devenido artista, revela las condiciones personales, sociales y artísticas detrás de algunos de sus trabajos más emblemáticos. La experiencia es sobrecogedora porque Salgado supo utilizar la belleza como un arma poderosísima". Hay que aprovechar.

También puede interesar Straight Outta Compton, tal vez no tanto por sus cualidades cinematográficas (no ha sido calificada como una obra maestra precisamente) sino para comprender el fenómeno del hip hop en la cultura de masas. Basada en la trayectoria del grupo de rap N.W.A., la película narra cómo cuatro jóvenes de la periferia de Los Angeles ascienden a la fama y el reconocimiento en un ambiente social y cultural que sigue sin poder desprenderse del racismo. En ese trayecto, algunos de los integrantes de N.W.A. sentaron las bases de sus fortunas e influencia cultural, como Ice Cube en el cine y como Dr. Dre en la música y, últimamente, en el mundo empresarial.

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