GAME OF THRONES

Imparable epopeya fantástica

Juego de Tronos (o Game of Thrones, ya es indistinto), esa serie que cuenta las batallas, intrigas y lujurias de varios clanes que quieren apoderarse del Trono de Hierro en un reino imaginario y fantástico, empieza su sexta temporada hoy por HBO a las 22:00.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
El trono de hierro. Foto: Difusión.

La serie es uno de los últimos fenómenos de la cultura de masas que puede arrogarse el derecho a llamarse a sí mismo "éxito mainstream". Ese vocablo no tiene traducción directa y pertinente al castellano, porque "corriente principal" no dice demasiado.

Lo cierto es que la serie ha llegado a tantos públicos que su éxito va más allá de cualquier nicho o segmento. La repercusión hace recordar a los más veteranos cómo era el mundo antes de Internet, cuando la televisión era asunto de unas pocas y gigantes compañías (sobre todo estadounidenses) que tenían mucho más influencia sobre qué, cómo y cuándo se miraba la pantalla chica.

Hoy, con la sobreabundancia de señales televisivas y compañías que compiten por producir nuevas series, el goce de la televisión es radicalmente distinto al de años atrás, cuando una serie podía acaparar la discusión pública como en su momento hicieron Raíces, V, Invasión extraterrestre o Dallas, por nombrar solo algunos casos.

En la actualidad, en cambio, una serie tan refinada y cautivante como Mad Men puede pasar desapercibida para mucha gente. Es tanta oferta que es imposible no ya abarcar, sino apenas discernir.

Navegar, por ejemplo, por la pantalla de Netflix —ese servicio que se adosa a un contrato de telefonía celular— puede llevarnos a lugares tan inesperados que en ese camino nos podemos perder (de hecho, lo hacemos) de relatos que valen la pena.

Pero no con Game of Thrones. La serie, basada en los libros de George R.R. Martin, ha tenido tanta preponderancia que es difícil eludirla.

No solo para hablar de "la era dorada de la televisión", sino también porque ha llegado a ser un tema sobre el cual se pronuncian presidentes. En 2013 la ahora ex presidenta argentina Cristina Fernández se declaró fanática de la serie, y algunos seguidores rabiosos se pusieron celosos cuando supieron que Barack Obama pudo ver toda la nueva temporada antes que todos los millones que esperaron ansiosamente por el estreno de hoy. Eso con otras series no ocurre.

En números, el avance de la serie se asemeja a una demoledora campaña militar, con cada vez más terrenos conquistados y súbditos subyugados. En Estados Unidos, por ejemplo, la primera temporada de la serie atrajo a 25 millones de personas. La cuarta tuvo casi 70 millones de espectadores, casi tres veces más.

Hasta el año pasado era la serie más pirateada de todas en Internet, incluso por encima de The Walking Dead, tal vez el único relato televisivo que puede llegar a disputarle el trono (de hecho, The Walking Dead tiene más seguidores en Twitter que Juego de Tronos, una señal de su alcance).

No extraña entonces que HBO no tenga pruritos a la hora de invertir en su emblema. Cada capítulo cuesta más o menos seis millones de dólares de realización y algunos llegan a diez millones.

Juego de Tronos es tan poderosa que logra lo que otras no pueden: que todos los domingos, en el horario asignado, nos pongamos a verla. Internet nos habrá dado el poder de ver nuestros programas preferidos cuándo, dónde y cómo queremos. Pero ante Juego de Tronos seguimos agachando la cabeza. Que el crecimiento de la serie se haya dado en la era del "streaming" es una curiosidad mayúscula.

Las razones de tal alcance son —como es habitual— varias. La prosa de George R.R. Martin ya había probado ser muy eficaz, con historias que —tal como la Guerra de las Galaxias—, ocurría en un tiempo lejano pero indeterminado, tan apócrifo en términos históricos como fascinante en su acumulación de mitos, leyendas y relatos más o menos reales de la tradición e historia europea.

El primer libro de una saga que el propio Martin ha dicho que tendrá siete partes, apareció hace 20 años y ahí también hay otra explicación. Se trata de un relato que ya ha probado ser aceptado masivamente, con ventas que se cuentan en millones (pero que varían bastante según qué fuente se consulte).

Cuando David Benioff y Daniel Weiss (los "showrunners" de la serie) se abocaron a producir los capítulos, sabían que contaban con un público cautivo que al menos iba a ver cómo resultaba la adaptación.

El momento, con todo, es probablemente el factor más importante en el suceso de la saga televisiva. Otra vez conviene recordar cómo era que un libro llegaba a la pantalla chica: Shogun o El pájaro canta hasta morir, por poner dos ejemplos, eran pasteurizadas traslaciones para todos los públicos posibles.

HBO, al ser una señal entre otras y además una prestigiosa, nunca tuvo que enfrentar esas restricciones. La empresa pudo llevar a la televisión una serie que incluye incesto, orgías, masacres y oscuros rituales que parecen satánicos. Hoy se puede ir más lejos que Chris Carter (Archivos X) o David Lynch (Twin Peaks), al menos en lo que a ser explícito refiere.

Cuando arrancó la primera temporada de Juego de Tronos en 2011, además, había mucha gente que ya tenía conocimientos sobre cómo bajar ilícitamente contenidos de Internet. No solo eso: ya había un "know how" extendido sobre cómo subtitular rápida y eficazmente, lo que hace que los capítulos lleguen a una audiencia más cosmopolita que la angloparlante. La cultura de compartir ya estaba firmemente establecida en los patrones de consumo culturales. "Cosa que veo, cosa que comparto" es un mandamiento para el nativo digital, cumplido rigurosamente.

Eso, que significa pérdidas millonarias para los productores de la serie, genera al mismo tiempo una comunidad de pares que adhieren con un inusual grado de fidelidad a ese mundo de fantasía. Fanáticos que en partes iguales consumen la serie y sabotean los cálculos de quienes la producen.

Aún así, no habría que sacar la inmediata conclusión de que la piratería podría tirar abajo el nivel de producción o ambición de la serie, algo demostrado por las campañas publicitarias previas. La de este año ha sido apabullante. No parece haber lugar en Internet donde uno no se encuentre con algo relacionado a la serie, pero no sólo ahí.

La revista Entertainment Weekly, una entre tantas, ha publicado todo tipo de notas antes del estreno. No parece haber programa de televisión de variedades y entretenimiento que no haya tenido como invitado a alguien del elenco para luego subir ese video a YouTube.

El arranque de la sexta temporada hoy traerá otra vez temas para que millones debatan, discutan, compartan, se alegren o indignen por los destinos de los personajes de este violento relato.

El Trono.

El Trono de Hierro es tan codiciado en la serie que su halo llegó hasta la verdadera realeza. Hace dos años, la reina de Gran Bretaña fue a verlo en Irlanda del Norte, una de las locaciones de la serie. La monarca del Reino Unido estuvo tan cerca del trono que muchos se preguntaron por qué no se sentó en él. Los productores de la serie explicaron luego que por disposición legal, la reina de Inglaterra no puede sentarse en un trono "foráneo". No hubiese pasado nada si se sentaba, claro. Pero el episodio fue otra demostración de la atracción que ejerce la serie fantástica.

Jon Snow: La negación de la muerte.

Desde que los puñales se clavaron en su cuerpo al final de la quinta temporada, la legión de fanáticos de la serie se han negado a aceptar su desaparición de la serie. Y eso que el propio actor, Kit Harington, dijo que Snow no volvería. Pero luego de decir eso, los "indicios" de que había mentido para sorprender a todos cuando arrancara esta temporada, se acumularon. Al menos en la imaginación de miles de fanáticos, que señalaban —como expertos en teorías conspirativas— que HBO y los productors de Juego de Tronos nos engañaban. La llegada de Harington a Irlanda, una de las locaciones de la serie, alimentó las esperanzas de que Snow no había muerto. O que si había muerto, volvería. Hasta el peinado del actor sirvió para conjeturar que el personaje seguiría presente en el relato. ¿Por qué seguía con el mismo peinado si ya no iba a ser Jon Snow? Aunque parezca ridículo, puede haber algo de razón en las esperanzas de los seguidores de la serie. Hubo al menos una resurreción, y también pasó que la sacerdotisa Melissandre trajo del Más Allá a un ser maligno. Pero lo más importante es que con esta temporada, la serie se despegó de los libros de George R.R. Martin. En otras palabras: todo puede pasar.

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