Toda la Nouevelle Vague en Cinemateca hasta el viernes 30.

La imaginación y la juventud cinéfila al poder

Hasta el próximo viernes 30 inclusive, la Sala Dos de Cinemateca Uruguaya prosigue con una retrospectiva de la Nouvelle Vague francesa. Ya se han exhibido algunos títulos de precursores del movimiento (Renoir, Melville, Bresson) y algunas de sus obras arquetípicas de Godard, Truffaut, chabrol y otros, pero quedan por verse todavía varias cosas de interés.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Anouk Aimeé: "Lola" de Demy.

Sin ir más lejos, hoy va Lola (1961) de Jacques Demy, un cuento de hadas moderno sobre una bailarina (formidable Anouk Aimée) que aguarda al amor de su vida. El jueves se verá Cléo de 5 a 7 (1962) de Agnés Varda, crónica de una mujer que acaso padezca una enfermedad seria, aguarda los resultados de los exámenes, y en el par de horas de que dispone antes de volver al laboratorio recorre parís, conoce a un hombre y ajusta cuentas consigo misma. El ciclo se cierra el viernes con Mi noche con Maud (1969) de Eric Rohmer, finísima exploración de caracteres que la cámara disecciona con la precisión de un escalpelo.

Vale la pena contemplar retrospectivamente lo que la Nouvelle Vague aportó al cine, especialmente al francés. El término tér,ompem si fue acuñado por Françoise Giroud en el diario LExpress en diciembre de 1957, al hablar de "una nueva tendencia del cine francés".

Movimiento heterogéneo, tomó forma en 1958 con la aparición de una serie de películas cuya modestia económica era la tónica dominante. Las innovaciones técnicas (la "caméra-stylo" que podía llevarse al hombro, el magnetófono Nagra y el micrófono de corbata, para el sonido en directo, e, incluso, las emulsiones de película con mejor calidad) permitieron abaratar los costos de producción. Esto significó la posibilidad de filmar en exteriores, de prescindir de los grandes estudios. Pero el salto estético no se redujo a los aportes de la técnica, sino que existía una conciencia clara de lo que se pretendía hacer.

Entre 1958 y 1961 se dieron a conocer ciento cincuenta nuevos realizadores. El núcleo duro (los "auténticos" representantes del movimiento) fueron Jean-Luc Godard, François Truffaut, Eric Rohmer y Claude Chabrol, todos ellos acólitos de André Bazin y redactores la revista Cahiers du Cinéma, comenzaron siendo críticos en esta mítica publicación. Sus concepciones estéticas se fueron desarrollando a lo largo de su trayectoria como críticos, y luego las aplicaron en sus obras. No crearon pero sí divulgaron la noción de "auteur" ("autor"), especialmente en la figura del director-guionista, que impondría su creatividad a las exigencias comerciales (aunque un "auteur" no tenía necesariamente que ser su propio guionista: su personalidad se impondría incluso sobre materiales ajenos a través de una puesta en escena personal, según comprobaron en sus admirados John Ford, Alfred Hitchcock, Vincente Minnelli, Otto Preminger, Howard Hawks o Raoul Walsh, a los que amaron igual que al neorrealismo italiano, en particular Roberto Rossellini). El ciclo sirve para recordarlos.

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