cine - la obra maestra de la semana

El hombre quieto

(*****) EL HOMBRE QUIETO (The Quiet Man). Estados Unidos 1952. Director, John Ford. Guión: Frank S. Nugent, John Ford, sobre historia de Maurice Walsh. Fotografía: Winton C. Hoch & Archie Stout. Elenco: John Wayne, Maureen O'Hara, Barry Fitzgerald, Ward Bond, Victor McLaglen, Jack MacGowran, Arthur Shields, Mildred Natwick. En Sala Dos de Cinemateca Uruguaya, viernes 20.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Otra obra mayúscula de John Ford

No es una novedad que la obra de John Ford se nutre de una doble raíz. Una es el país de llegada: ese hijo de inmigrantes irlandeses se esforzó a lo largo de medio s iglo de carrera por ser un norteamericano cabal, que retrató como nadie la epopeya pero también el dolor, la comedia, el drama, la humanidad en fin, de ser norteamericano. Su familia llegó tarde para la Conquista del Oeste, pero Ford pudo ser su mayor cantor de gesta (y el cronista de la corrupción de un sueño cuando correspondió hacerlo).

La otra raíz es la Madre Patria, esa Irlanda que en realidad nunca conoció pero que le contaron (y, por supuesto) le mintieron. El encuentro con esa Irlanda soñada, lejana y mentida es el tema de esta obra maestra. Del mismo modo que los mejores “westerns” no han contado el pasado como ocurrió realmente sino como debería haber ocurrido, El hombre quieto no transcurre en la Irlanda real, que poco antes había conocido una sangrienta rebelión y aún no se recuperaba de sus heridas, sino en la Irlanda imaginada por un poeta llamado John Ford. Y la realidad no puede superar a la creatividad de los poetas.

Un boxeador estadounidense de origen irlandés (John Wayne, más inmenso que nunca), retirado por razones que se sabrán después, vuelve a la Irlanda de sus ancestros para comprar la tierra familiar. Ello lo lleva a chocar con un terrateniente local (Victor McLaglen) y a enamorarse de la hermana de este, la incomparable Maureen. La acción transcurre entre ramalazos de humor, pinceladas de romanticismo, una sabrosa pintura de personajes secundarios, y muchos irlandeses melancólicos y algo alcoholizados cantando en la taberna algunas de las melodías más hermosas del mundo.

Parte del asunto proviene por supuesto de La fierecilla domada de Shakespeare, y las feministas más feministas del mundo van a enojarse sin duda con la forma en que el Duke trata a Maureen en algunas escenas. ¿Machismo? Puede ser, pero es díficil percibirla a ella como una víctima. Como la propia actriz lo dijera alguna vez: “Soy la única mujer de Hollywood lo bastante alta y lo bastante ruda como para compartir una toma con John, y que me vean también a mí”.

Hay una docena de momentos magistrales en El hombre quieto, y no es posible resistirse a la tentación de evocar algunos: la primera aparición de Maureen en el bosque, siguiendo a una ovejas, con Wayne preguntando “¿qué es eso?” y Barry Fitzgerald que le responde: “Nada, una alucinación provocada por el sol”; el progresivo, sensible acercamiento de la pareja durante el primer paseo con Fitzgerald oficiando como chaperón; la abundante comedia que rodea los preparativos de la pelea final (incluyendo un moribundo que vuelve a la vida porque no quiere perderse la gresca). Spielberg, que adora a Ford, no pudo resistirse a la tentación de homenajearlo en E.T. : en una escena, el pequeño extraterrestre llora a moco tendido ante la escena del primer beso entre el Duke y Maureen.

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