CINE

Una historia sobre miedo y asco en Nueva York

Hace 40 años se estrenaba en Estados Unidos “Taxi Driver”.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Scorsese y De Niro en su segunda y clásica colaboración. Foto: Google

"¿You talkin’ to me?". La frase casi no necesita traducción. Casi cualquier cinéfilo sabe que la escena es de Taxi Driver, que se estrenaba hace 40 años Estados Unidos. El personaje interpretado por Robert De Niro, Travis Bickle, se mira al espejo y —en una actitud infantil— se hace el macho, el pendenciero.

Bickle, ex veterano de la guerra de Vietnam, resumía en esa escena gran parte de sus complejos e inseguridades: un hombre que sentía que no lo respestaban, un espíritu que se sentía incómodo entre otros, que no sabía cómo desenvolverse socialmente, y que cargaba con la experiencia de haber arriesgado la vida en una guerra que su entorno intentaba olvidar probablemente porque le avergonzaba.

Martin Scorsese era uno de los barbados directores —como George Lucas, Steven Spielberg, Brian De Palma y Francis Ford Coppola— que en la década de 1970 salió a hacerse un nombre y dejar una huella en el cine de Estados Unidos. Aunque ya tenía varias películas en su filmografía, entre ellas Calles salvajes (1973, la primera que hizo junto a Robert De Niro) el impacto de Taxi Driver fue una revelación. Impulsado por la ambición, la cocaína y un rapto de inspiración excepcional, Scorsese estuvo al frente de un equipo que logró un violento y descarnado clásico, una llamarada de talento.

El guión era de Paul Schrader, tan vital y barbudo como Scorsese en esa época, un narrador con talento para los contrastes y la expresividad, como lo demostraría en los guiones para Magnífica obsesión (1976) Toro salvaje (1981), y Mishima (1985), entre otras. Y en el elenco brillaba un joven De Niro, un actor que lucía tan hambriento de gloria como el director, aunque ya tenía un Oscar como actor de reparto en la segunda parte de El padrino.

La película ganó la Palma de Oro en Cannes, y obtuvo cuatro nominaciones a los Oscar: película, actor, actriz de reparto y música. No obtuvo ninguno, claro. Cuando la Academia celebró las mejores películas de 1976 al año siguiente, eligió premiar a Rocky como la mejor y a Peter Finch (Poder que mata) como mejor actor.

De Niro tendría su Oscar como protagonista cinco años más tarde, cuando ganó su segundo y hasta ahora último Oscar por su papel en Toro salvaje. Scorsese tendría que esperar hasta 2007 para tener su Oscar como director (por Los infiltrados).

La Academia podrá haber perdido la oportunidad de premiar a ese proyectil cinematográfico, pero la industria se dejó fascinar por la figura del solitario taxista que surcaba las calles de Nueva York entre escapes de humo y el asfalto mojado, que reflejaba tanto las luces de la ciudad como la sordidez de una metrópolis que en esa época tenía connotaciones babilónicas y decadentes. A partir de ahí, las calles de Nueva York, al menos de noche, estarían llenas de escapes de humo y charcos de colores.

Pero la película no solo influyó a la industria. También tuvo una mucho más polémica influencia cuando se descubrió que John F. Bickley Jr. —quien por unos centímetros no llegó a asesinar a Ronald Reagan— estaba obsesionado con la película y también con Jodie Foster, quien interpretaba a un muy joven prostituta en Taxi Driver.

En cierta (y retorcida) manera, Bickle fue uno de los primeros asesinos solitarios con notoriedad masiva, una suerte de antecedente cinematográfico a los que hoy, armados como si fueran Rambo, riegan balas y muerte en distintas ciudades de Estados Unidos y que muchas veces —tal como Bickle— llevan algún tipo de diario personal donde registran sus frustraciones, delirios y carencias.

Desde que De Niro se paró frente al espejo e improvisó ese monólogo en el cual increpa a un adversario imaginario ha pasado mucho, claro. Pero la fuerza de la aguda voz de De Niro nos sigue interpelando sobre la violencia, la soledad y la alienación en la gran ciudad.

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