El drama racial en los Estados Unidos ha sido un reiterado tema fílmico

Una historia que Hollywood ha contado en blanco y negro

Finalmente, el Parlamento de Carolina del Sur decidió desembarazarse de la bandera de la Confederación, para muchos un símbolo del racismo y la supremacía blanca.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Una imagen del pasado, con resonancias en el presente: la lucha de Martin Luther King.

Aunque el tema es más complicado (muchos sureños entendieron la Guerra de Secesión como una reivindicación de la autonomía estatal ante la indebida intromisión del gobierno federal, no como un asunto racial), las tensiones que han sacudido a los Estados Unidos en los últimos meses hacen comprensible la decisión.

El asesinato de nueve afroamericanos en una iglesia en Carolina del Sur, varios episodios en los que policías blancos de "gatillo fácil" han disparado innecesariamente contra sospechosos de raza negra y las numerosas manifestaciones de protesta que se han generado, prueban que el problema racial no terminó con las legislaciones en favor de las minorías de la Administración Johnson.

De ahí este repaso de lo que el cine norteamericano ha hecho con el tema a lo largo del tiempo. Naturalmente, los historiadores tienen problemas para desembarazarse de El nacimiento de una nación (1914) de David Wark Griffith, un retablo épico de la Guerra de Secesión que consolidó el lenguaje del cine y lo convirtió en un arte donde los blancos son todos buenos, los negros se dividen entre malos y tontos, los mulatos son peores, y al final llega el Ku Klux Klan al salvamento.

Hollywood no volvió a cultivar esos niveles de racismo, pero la película más taquillera de la historia (haciendo los ajustes de costo de entrada y valor del dólar) sigue siendo Lo que el viento se llevó (1939), una visión a medias romántica, a medias desencantada, de cómo el norte industrial y capitalista arrolló al sur agrario y feudal. Gracias a ese film, por primera vez una actriz "afroamericana" (la excelente Hattie MacDaniel) obtuvo un Oscar secundario, pero no fue invitada a la fiesta posterior.

Por largo tiempo, la industria permitió a los negros ser lustrabotas, sirvientes, porteros y, por supuesto, bailarines de "tap", pero raras veces les proporcionó personajes más enjundiosos. Una solitaria excepción pudo ser Esta, nuestra vida (1942) de John Huston, que incluía a un personaje secundario negro (encarnado por Ernest Anderson) más inteligente, más culto y más decente que la malvada protagonista Bette Davis, pero fue una excepción.

Hubo que llegar a los años cincuenta y a las movilizaciones por los derechos civiles para que pudiera producirse un fenómeno como el de Sidney Poitier, que fue al menos durante una década larga algo así como "el negro permitido": aires de galán, inteligente, buen actor, algo así como "tan bueno que lo único que le falta es ser blanco". Películas como Fuga en cadenas, Una voz en la sombra o Al calor de la noche (por la que ganó el primer Oscar protagónico para un "afro") afirmaron ese perfil. Las posturas claramente izquierda de Harry Belafonte, que se consagró un poco antes, le impidieron cumplir ese papel.

Naturalmente, en el principio de todo siempre está John Ford. El primer real protagónico interpretado por un negro en Hollywood fue el del militar encarnado por Woody Strode en El capitán Búfalo (1961), cuyo título original (Sergeant Rutledge) corresponde a su personaje, aunque los créditos lo disimulen colocándolo por debajo de la pareja romántica interpretada por Jeffrey Hunter y Constance Towers.

En ese film y en otros con actores "afro", sin embargo, la presencia negra respondía a la necesidad de alegar sobre "el problema negro". Hubo que esperar hasta los Morgan Freeman o los Denzel Washington que en el mundo han sido para encontrar intérpretes de color que hicieran de seres humanos, no necesariamente de negros, o que una generación de directores, de Spike Lee a Carl Franklin y de Ernest Dickerson a Bill Duke demostraran que tenían algo para decir.

El acceso de Barack Obama a la Casa Blanca es sin duda un síntoma de que ciertas cosas han cambiado, y también un acicate para enfurecer a los racistas. El cine industrial, que suele ser un buen barómetro de lo que pasa en la sociedad, ha reflejado esos cambios.

Por ejemplo, El mayordomo de la Casa Blanca se inspiró en la vida de un auténtico mayordomo "afroamericano" de la mansión ejecutiva norteamericana, aunque permitiéndose varios elementos de ficción. A través de la historia del personaje interpretado por Forest Whitaker, el director Lee Daniels (Preciosa, Paperboy) propuso una perspectiva inusual de la historia norteamericana de la segunda mitad del siglo XX. El protagonista es mayordomo de siete presidentes (de Eisenhower a Reagan), y la anécdota misma se extiende desde los tiempos de las leyes de segregación racial hasta la elección de Barack Obama. La película telegrafía con algún exceso de síntesis su tema central, pero el elenco (Whitaker, Oprah Winfrey, varios otros) ayuda a sostenerla.

La oscarizada 12 años de esclavitud se inspiró también en hechos reales. En los años previos a la Guerra de Secesión, Solomon Northup (Chiwetel Ejiofor), un hombre negro libre que vivía en Nueva York, fue secuestrado y vendido como esclavo en el sur. Solomon debió luchar no sólo por continuar vivo, sino también por preservar su dignidad frente a la crueldad de su amo, un villano esclavista en la línea de Simon Legree (de La cabaña del tío Tom) encarnado por Michael Fassbender. El elenco incluye a otros famosos (Pitt, Cumberbatch, Giamatti). Puede ser una injusticia acusar de "oportunismo" el director británico Steve McQueen por abordar el tema en su tercer largo: él mismo es un "afrodescendiente", y podría decirse que lleva el tema en la sangre. No se trata, simplemente, de estar "en onda" en la era de Obama.

Por su parte Selma de Ana Du Vernay, eligió para contar su tema la marcha que Martin Luther King condujo a partir de la ciudad de Alabama del título, en enero de 1965, para reclamar el derecho al voto negro. La película añade algunas pinceladas para enriquecer el cuadro: el atentado con bomba contra una iglesia en la que un grupo de racistas asesinó a varios niños negros, la represión violenta de una manifestación, que sirve para ilustrar otras violencias reales, un diálogo entre Coretta King y Malcolm X que expresan diversas posturas acerca de cómo enfrentar el racismo imperante, las discusiones de "petit comité" en las que King discute con funcionarios de gobierno y que acaso sean ficticias pero en las que hay bastante "veracidad general". La película vale también por la labor de su excelente protagonista David Oyelowo.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados