Crítica

Una historia de amor eterno como los de antes

Annette Bening y Jamie Bell son de las mejores cosas de "Las estrellas de cine nunca mueren"

Tráiler de "Las estrellas de cine nunca mueren"
Bening como Gloria Grahame y Jamie Bell como su pareja, Peter Turner

Gloria Grahame fue una estrella de Hollywood y por lo tanto cumplía todos los requisitos de ese estatus. Se casó cuatro veces (una de ellas con Nicholas Ray y otra con el hijo del director, en una relación que empezó cuando el muchacho tenía 13 años), fue vecina y amiga de Humphrey Bogart, trabajó con los grandes directores de su tiempo (Lang, Minelli, Kazan, DeMille, Capra, Ray, Dmytryk, Von Sternberg, Wise) y hasta ganó un Oscar (en 1954 por Cautivos del mal).

Sin embargo, al comienzo de Las estrellas de cine nunca mueren, Grahame (interpretada por Annette Bening) está preparándose para una función de El Zoológico de cristal en Londres a comienzos de la década de 1980. Es una leyenda que alguna gente recuerda de un tiempo viejo de cine blanco y negro y de películas más grandes, por citar una referencia implícita pero que no necesariamente aplica: la Norma Desmond de Gloria Swanson en Sunset Boulevard. Otra referencia podría ser Lágrimas amargas en la que Bette Davis interpretaba a otra actriz que supo de tiempos mejores. A diferencia de esos personajes no hay nada patético en Grahame.

Al director Paul McGuigan (el de Viktor Frankestein, un antecedente poco lustroso, cierto) no le interesa ir a por la biografía de Grahame, lo que daría para otra película. Se concentra en los últimos años de su vida y en su romance con Peter Turner (Jamie Bell, el de Billy Elliot), un actor inglés tirando a amateur que es 30 años más joven.

Es una historia de amor llena de amor, incluso cuando no parece haberlo.

La película está armada a partir de flashbacks que se lanzan desde un presente narrativo (ubicado en 1981) en el que una convaleciente Grahame se reencuentra con Turner. Él, que sigue viviendo con sus padres, la acoge en su humilde casa para lo que —sólo ellos parecen no querer verlo— será su agonía. Desde allí, la acción se traslada al comienzo, el desarrollo y el final de la relación entre Grahame y Bell, un vínculo a todas luces improbable que terminó siendo una sincera historia de amor.

El pasaje entre un tiempo y otro está resuelto con un montaje que apela a varios recursos para dar la idea de un entrelazamiento entre aquel pasado idílico y ese presente bastante menos palaciego. Hay fundidos, montaje en cámara y cortes abruptos muy imaginativos.

Además, McGuigan (y su fotógrafa, Urszula Pontikos y su diseñadora de producción, Eve Stewart) consigue separar visualmente esos dos tiempos. Mientras que la actualidad es representada con colores realistas muy cercanos a la clásica película británica, hay algo de fantasía en la luz y los escenarios de los flashbacks que generan el propio espacio físico de los recuerdos. Abundan las ideas cinematográficas.

Igual, buena parte de los encantos más explícitos de Las estrellas de cine nunca mueren pasan por su guion y sus actuaciones.

El libreto de Matt Greenhalgh (a partir de un libro de memorias del propio Turner) se concentra en la historia. Y si ello lo lleva a dejar de lado algunas aristas más divertidas (la familia de Turner con una madre abnegada, un padre silencioso pero oportuno, un hermano celoso), también le permite desarrollar la química entre sus personajes dedicándose al drama.

Se respalda, claro, en Bening y Bell que consiguen transmitir las diferencias de sus personajes e igual hacer creíble la conexión. Bening (una actriz soberbia siempre) vive la transición de su personaje de adulto a anciano en todas sus complejidades: es sensual, optimista, molesta, enamorada. Bell, menos exigido, igual es capaz de corporizar el miedo, las inseguridades, los optimismos y las inquietudes de un muchacho enamorado de Gloria Grahame lo que no debe haber sido fácil.

Las veteranas Julie Walters y Vanessa Redgrave están en papeles secundarios, lo que también es una garantía.

Y hay buenos momentos: un Romeo y Julieta leído entre enamorados, el baile disco que comparten cuando se conocen, la humanidad de esa familia que aloja a una estrella, el momento en que entendemos las razones de ella, después de haber visto la misma escena desde la óptica de él. Todo eso aporta para que Las estrellas de cine nunca mueren sea un drama romántico como los de antes.

Como aquellos que quizás alguna vez pudo interpretar Grahame, una mujer encantadora pero tan difícil como siempre han sido las mujeres encantadoras del cine.

Ficha
Las estrellas de cine nunca mueren ****
OrigenReino Unido, 2017
Título originalFilm Stars Don't Die in Liverpool
Duración105 minutos

Director: Paul McGuigan. Guion: Matt Greenhalgh sobre las memorias de Peter Turner). Productores: Barbara Broccoli, Colin Vaines. Fotografía: Urszula Pontikos. Música: J. Ralph. Montaje: Nick Emerson. Diseño de producción: Eve Stewart. Con: Annette Bening, Jamie Bell, Julie Walters, Stephen Graham, Vanessa Redgrave, Leanne Best, Kenneth Cranham, Frances Barber. Estreno: 10 de mayo.

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