RODRIGO DE LA SERNA

"No hay tiempo que perder"

El gran actor argentino en una comedia dramática: “Inseparables”.

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El actor argentino en "Inseparables". Foto: Difusión

Saltó a la popularidad hacia 2001 con la serie Okupas, donde la televisión argentina mostró el mundo despiadado de la marginalidad. Luego su carrera siguió siempre en ascenso, y hacia 2005, Diarios de motocicleta lo llevó desde la ruta del Che Guevara por América Latina, hasta la alfombra roja de los premios Bafta. Ahora, Rodrigo de la Serna está nuevamente en la cartelera cinematográfica con Inseparables, que le permite al dúctil actor argentino transitar por un nuevo camino.

"Mi personaje es un muchacho que se ve en una situación casi de emergencia, lo han echado de su casa, viene boyando por la vida, y el destino quiere que se tope con una persona de una condición social muchísimo más elevada, que le va a cambiar la vida. La película es del encuentro entre dos mundos, a primera vista irreconciliables. Y ese encuentro termina cambiándole la vida a los dos personajes. Es un guión que tiene que ver con lo que está pasando en el mundo, que los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres", dice De la Serna al presentar su nuevo trabajo.

"Uno de los ejes de esta película, que es como una comedia perfecta, es que mientras un personaje está inhabilitado físicamente, el otro también está inhabilitado, cultural y económicamente. Y las situaciones de comedia se desatan a partir de la complejidad de ese vínculo, con este atorrante que irrumpe en esa mansión y sacude esos protocolos y ese almidón que tiene esa sociedad".

—Este tipo de personaje de nivel social medio bajo tú los encarnás muy bien…

Sí, me ha tocado encarnar este tipo de personaje, aunque también hice muchas otras cosas, como personajes históricos. Es hermosa la diversidad que tiene este oficio. En este caso encarno a Tito, un muchacho de una condición social humilde, orillando lo marginal, pero que tiene una nobleza: la nobleza no es condición de una sola clase social.

—En "Okupas" tú habías hecho un personaje que tenía que ver con cierta marginalidad.

Era un personaje distinto, era un pibe de clase media que decide sumergirse en lo marginal, de una manera un poco estúpida si se quiere. Y este nuevo personaje es al revés: es más limitado a nivel de recursos económicos, que se mete en un mundo en el que tampoco le pertenece. Pero es el otro mundo, el otro extremo, el de más poder económico.

—Trabajar con Oscar Martínez habrá sido muy gratificante.

Para los muchachos de mi generación, Oscar siempre fue un referente. Además yo tuve la suerte de poder trabajar con él en teatro, en Amadeus: él hacía de Salieri y yo de Mozart. Durante dos años estuvimos haciendo seis funciones semanales, y es un placer trabajar con él. Nos conocemos de memoria después de esa experiencia teatral. Llegar a esta película con tanto conocimiento mutuo, le da un plusvalor.

—Interesante también la locación principal de la película.

Es el Palacio Bencich, en Retiro, en Buenos Aires. Una casa al estilo francés, de aquellas de los guitudos argentinos que se construían esas mansiones. Trabajar ahí fue el marco ideal para marcar esa diferencia entre las dos clases sociales. Creo que la película, aparte del eje de comedia, tiene ese vínculo tan hondo que establecen estas dos personas, que renuncian a sus prejuicios de clase, y pueden tender un puente entre esos dos mundos. A partir de la nobleza de cada uno. Creo que se instala entre ellos una relación de maestro y alumno. Porque los dos son maestros y alumnos.

—Contame alguna anécdota de "Diarios de motocicleta", algo de aquel recorrido por América Latina.

Miles. Recuerdo que una comunidad mapuche nos regaló una noche inolvidable, con el cielo de techo, unos corderos asándose, y una obra de teatro en lengua mapudungun. Y en Chile, filmamos una escena en la que Ernesto Guevara seduce a la mujer de un mecánico. Y cuando la estábamos filmando, en el mismo pueblo donde había sucedido, vienen algunos vecinos a decirnos que había que estar con cuidado, porque los protagonistas verdaderos de la historia estaban vivos, y estaban mirando.

—Una vez dijiste que el teatro es muy cruel, porque cuanto más se sufre más te aplauden.

Bueno, en ese momento estaba haciendo una tragedia muy dura, y todas las noches tenía que suicidarme. En un año me suicidé 200 veces. Y cuanto uno más se arrima a ese sentimiento y más lo puede manifestar, el público más te lo agradece. Estaría medio cruzado con eso. Pero no siempre es así.

—¿En qué medida te vinculás, como actor, a la política?

Hay roles en las que uno tiene que tomar decisiones que tienen que ver con lo político. Como cuando hicimos a San Martín en El cruce de los Andes, teníamos que resignificar esa figura que fue muy manipulada por la historia. Uno siempre está opinando con sus roles, en algunos más que en otros. Pero no debemos perder de vista que somos artistas. Es nuestro rol en la sociedad. Luego está la militancia en el barrio: tenemos un centro cultural, donde recuperamos un cine abandonado y lo pusimos al servicio de la comunidad. Afiliarme a un partido político, es algo que jamás hice.

—Tú también sos músico…

Más que músico, soy guitarrista. Tengo un cuarteto, El Yotivenco, con el que transitamos las músicas criollas, incluyendo el repertorio de Zitarrosa, que me conmueve muchísimo. Es un placer inexplicable: tocar música con amigos. Como actor, yo también participo desde ese lugar a la hora de interpretar las milongas, las chamarritas. Yo, que soy actor, me puedo servir un poco de esas herramientas.

—Tú cumpliste 40 hace poco. ¿Significó para vos un cambio?

Por supuesto, cuando cambia ese número de adelante, el devenir empieza a pesar. Sentís que en el mostrador Dios le dio vuelta el reloj de arena: no hay tiempo que perder. Hay que pifiarla lo menos posible, porque cada vez el tiempo es menos.

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