Crónica

Guillermo del Toro, el nuevo rey de México

Con gritos, regalos y suplicas, los mexicanos convirtieron al director en su nuevo ídolo

Guillermo del Toro
Guillermo del Toro en Guadalajara. Foto: Reuters

Guillermo Del Toro trae un premio Oscar en cada mano, atraviesa el escenario y los coloca al mismo tiempo sobre una mesa, mirando al público con el mismo gesto que ponen los niños cuando les muestran a sus familiares las buenas calificaciones. El público responde con una bocanada de alaridos histéricos, como si estuviera frente a una estrella de rock.

Durante los próximos cinco minutos, el hijo pródigo de Guadalajara se sentará y se levantará de una silla que se parece al trono de un rey, intentando aplacar tanto bullicio de sus vecinos tapatíos. El furor, más tarde, incluirá el regalo de osos de peluche, remeras —de al menos tres talles más chicas que las que él usa—, abrazos desesperados, cientos de selfies e incluso pedidos de dinero para proyectos cinematográficos.

Unos días después de ganar el premio de la Academia de Hollywood al mejor director y de que La forma del agua, la primera de sus 10 obras que “habla de esperanza y no de pérdida” se convirtiera en la mejor película, Del Toro volvió a la ciudad que lo vio crecer y al festival de cine que ayudó a crear 35 años atrás, para protagonizar lo que los medios locales llamaron “El tour de la victoria”. Para el público, más que un conjunto de charlas de cine los encuentros con Del Toro fueron una inyección de esperanza.

La confirmación de que las ilusiones de los mexicanos pueden ser tan grandes como ellos imaginen.

Cuando el Festival de Cine de Guadalajara —que finalizó el 16 de marzo— anunció que el director daría una conferencia para 2.000 personas, su sitio web colapsó. Anunció una segunda, y volvió a saturarse. Anunció una tercera, esta vez para 10.000 espectadores, y en menos de tres horas agotaron las localidades. Estos días, en tierras tapatías, todo es Guillermo del Toro. Quienes quedaron afuera de las salas, vieron las charlas por televisión. Y luego, en las calles, en los comercios e incluso en el aeropuerto, se repetía la misma imagen: personas con el celular en la mano, volviendo a escuchar sus respuestas hilarantes, porque Del Toro se adueñó del escenario como si fuera un show de stand up acerca de cómo un mexicano amante de los monstruos puede infiltrarse en Hollywood y, cual caballo de Troya, hacer un cuento de hadas inspirado en las películas fantásticas de bajo presupuesto que vio de niño y quedarse con los premios más ansiados de la industria de un país cuyo presidente desprecia a inmigrantes como él.

CHARLA

El padrino

Tal y como lo cuenta, este triunfo es para Del Toro algo así como la recompensa a la osadía mexicana del otro lado del muro. “Yo tengo atragantado el momento actual como muchos de ustedes. Por eso hice esta película, porque necesitaba la esperanza”, dijo. Una película que, reconoce, fue la más difícil que le tocó filmar “porque tenía US$ 19,3 millones pero debía lucir como una de 70”. Y quería que fuera como una de esas canciones “que uno escucha en el auto a todo volumen, cantándola a viva voz”. Es que, asegura, “cuando un mexicano quiere hablar de amor, canta”.

Aunque sus dos amigos Alejandro González Inárritu (por Birdman y El renacido) y Alfonso Cuarón (por Gravedad) vienen de alzar las mismas estatuillas en los últimos tres años, la excitación fue más discreta cuando él ganó “los enanitos”, porque es querido por haberse convertido en el padrino de proyectos de compatriotas.

“Yo tengo atragantado el momento actual como muchos de ustedes. Por eso hice esta película, porque necesitaba la esperanza”

Guillermo del ToroDirector

Dicen los rumores que estudiantes le acercan guiones y semanas después él se los devuelve con correcciones. Produce películas documentales, de animación y de ficción de cineastas jóvenes. Lanzó una beca para la formación de talentos mexicanos. Y además, le salvó la vida a una adolescente donando el dinero que le faltaba para realizarse una operación. En la primera de estas conferencias, sus amigas se subieron al escenario y, en puntas de pie, abrazaron su enorme barriga.

Protegido por tres guardaespaldas, un poco hablando de cine y otro poco dando consejos profesionales con un trasfondo de autoayuda, Del Toro respondió cada una de las decenas de preguntas que el público le hizo.

Empezó contando que en los aviones siempre mira las películas sin sonido porque, opina, “la discusión del cine en los últimos años dejó de ser el qué se cuenta por el cómo se cuenta”. “En esta capa, la del cómo, el cine se sostiene de la fe de que la combinación de los elementos narrativos que voy a usar sea nueva”. Confesó que a "La forma del agua" primero la imaginó muda y en blanco y negro. “Todas las películas que hago me gustaría que pudieran ser entendidas sin sus diálogos”, dijo.

En este sentido, sus principales aliados, además del director de fotografía, son los actores. Por eso escribió el personaje de Elisa Espósito para Sally Hawkins y el de Richard Strickland para Michael Shannon, “el mejor casting que he tenido”, reconoció. Para la escritura, tal como hace siempre, se basó en modelos cercanos: “Los personajes tienen que ser partes de alguien que conozcas y entiendas muy bien”, aconsejó a los guionistas.

Para detallar el grado de empeño que conlleva diseñar a los protagonistas, Del Toro contó que durante dos años un artista plástico realizó 12 variaciones de “la criatura”, y durante cinco meses se le esculpieron los rasgos de la cara. La escena en que el monstruo sale por primera vez a la superficie y parpadea fue la más compleja de fotografiar. Cuenta el director, que el tipo de luz y la posición de la cámara era fundamental para definir el tono que tendría la primera impresión de este personaje en el espectador. La otra más dificultosa, fue aquella en que Elisa se quita la bata, cierra la cortina y se mete en la tina para tener sexo con el monstruo. “Por eso para mí ganar el premio al mejor director era muy importantísimo”, dice, “porque tu miras a tu costado y están tus colegas y solo los directores entienden lo que es el trabajo del director”.

La forma del agua
Así se hizo una de las escenas de La forma del agua

Para Del Toro, su última película “redondea” las otras que hizo, entre las que nombró a todas con excepción de Mimic (1997), traumática incursión hollywoodense de la que reniega. El principal valor de La forma del agua, comenta, “es la conjunción rara entre géneros raros”, que incluye un segmento musical. “La virtud y el defecto son la misma cosa”, opinó: “La razón por la que le guste a mucha gente va a ser la misma porque que mucha otra gente la deteste”.

Cuando levantar la mano dejó de ser el procedimiento para preguntarle a Del Toro, ansioso, el público comenzó a llamar su atención a los gritos. Más que preguntar, los más jóvenes —que se declaraban una y otra vez fanáticos de El laberinto del fauno (2006)— querían saber cuál era su consejo para iniciar una carrera en el cine.

"La rabia es bien importante. También se necesitan huevos, ovarios y permanencia", gritó el director, al tiempo que dijo que por eso estaba allí, para hablarles y ayudar a los jóvenes y recordarles que cuando él llegó a Hollywood, a un colega fotógrafo un representante le dijo que “para qué quería un mexicano si ya tenía un jardinero”,

Bromeando, antes de irse, repitió que en los jóvenes está el futuro. En ellos o en el nombre de una calle. “Si nadie se acuerda de quién fui por lo menos quiero permitirles doblar a la derecha”, cerró.

"La rabia es bien importante. También se necesitan huevos, ovarios y permanencia"

Guillermo del ToroDirector

El festival se termina y Del Toro sigue siendo noticia. Fue portada que asistió al estreno de Ayotzinapa, el paso de la tortuga (Enrique García Meza), un documental que produjo acerca de la desaparición en 2014 de 43 estudiantes. Según la nota, mientras caminaba por la sala de cine nombró a cada uno de los 43 jóvenes.

Cuentan los organizadores del festival, que como premio para todos los que limpiaron las salas, atendieron a los espectadores y trabajaron como choferes, habrá un regalo: mientras los invitados aprontan las valijas, ellos tendrán una función gratis de La forma del agua, si es que queda alguien en México que aún no la ha visto.

En el aeropuerto, hay otra noticia en los titulares de los diarios: quieren nombrar Guillermo del Toro a una calle de Guadalajara. En el avión, a mi lado, un pasajero mira un video que resume las charlas de este ídolo, “huevos, ovarios y permanencia… Eso se necesita”, se escucha, y el hombre afirma golpeando el aire con un puño. Se gira hacia mí y dice: “Yo al Memo lo conozco desde que teníamos 12 años, cuando se la pasaba dibujando monstruos. Lo ayudé a filmar su primer cortometraje”, cuenta.

"¿Y se imaginó que iba a llegar tan lejos?", le pregunto.

"Por supuesto. Pero nunca que iba a ser tan importante para nosotros los mexicanos".

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