CINE

En Guadalajara el cine y la realidad fueron de la mano

Crónica de un festival a la mexicana, con famosos, tequila y malas noticias.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Jaime García, un cantante de rancheras, protagonizó un documental sobre su vida. Foto: FICG 31

En la última edición del Festival de Cine de Guadalajara, el más grande de América Latina, la realidad se empeñó en imitar las temáticas de la mayoría de las películas programadas: violencia, desplazamientos forzados y cambio climático. Se vivió como un evento vibrante, porque la parafernalia cinematográfica se mezcló con huelgas, noticias de muertes y nevadas en pleno verano.

Guadalajara, capital del estado de Jalisco, es la tierra del tequila y de los mariachis, y una zona glamurosa que desde hace 31 años congrega a estrellas del cine de todo el mundo. Pero el tranquilo ambiente tapatío está cambiando y entre películas, clases maestras, fiestas de lujo donde se cerraron coproducciones brindando con mezcal, y almuerzos con invitados conversando en cinco idiomas, se fue colando la información de que las sierras están siendo tomadas por el narcotráfico, que los secuestros están en ascenso, y que en las calles se ven escenas dignas de una película, como cuando un narco hizo las compras mientras su guardaespaldas lo esperaba en la vereda junto a un león.

Aunque el inicio del festival se festejaba en las principales avenidas con banderines y grandes instalaciones, aunque los fans gritaron histéricos en las alfombras rojas durante los estrenos con Diego Luna y Gael García Bernal (uno de los hijos predilectos de Jalisco), en Guadalajara las manifestaciones estuvieron a la orden del día. Un paro de taxistas furiosos con Uber provocó pedradas en el Centro Histórico, mientras que el tráfico se hacía aún más espeso por una huelga en el aeropuerto: los expulsados de las tierras donde se construyó la pista reclamaban que se les terminara de pagar la deuda.

Por eso fue oportuna la exhibición de películas como Derecho de playa, Pies ligeros o Nueva Venecia (dirigido por el uruguayo Emiliano Mazza), que denuncian el acoso que sufren pequeñas comunidades ya sea por terrorismo o por intereses económicos.

Días de cine.

En Guadalajara, el cine industrial y pomposo (casi siempre de bajo nivel) convive con el artesanal y austero (que fue el que resultó premiado). Las proyecciones comienzan a las 9 de la mañana y terminan a la medianoche con funciones al aire libre. Se ve cine en salas universitarias, en shoppings, en teatros y en complejos de enorme capacidad donde suelen dar conciertos artistas como Shakira.

Esta vez, fueron homenajeadas celebridades como Antonio Banderas, Victoria Abril, Ron Perlman, Danny Glover y Maya Rudolph. Los choferes encargados de trasladarlos a los hoteles cinco estrellas, son en su mayoría profesores universitarios que así colaboran con el evento abaratándole costos.

En México, desde que se otorgan beneficios fiscales a cambio de financiar películas, el cine no para de crecer. El resultado es evidente, porque casi todos los premios (que son buen dinero) fueron para obras locales, como la sátira política Maquinaria panamericana, el thriller carcelario La 4ª compañía, o el retrato de un cantante de rancheras contagiado de sida, El charro de Toluquilla.

El auge de Colombia en el mapa de la industria regional (que también modificó sus leyes fiscales para favorecer a la producción) se hizo notar con los cuatro premios que conquistó Oscuro animal, un film acerca de tres campesinas que escapan de la violencia de las guerrillas.

La dirección del festival está en manos de Iván Trujillo, un biólogo nacido en Colombia que dejó su cargo como agregado cultural en Cuba para ocupar este puesto y aportar una mirada política al evento, más acorde con la vida que golpea fuera del refugio de una sala de cine.

Esta posición explica que durante dos días las actividades se concentraran en celebrar los 40 años del estreno de Canoa (de Felipe Cazals), una película que cambió al cine mexicano y que estimuló a Alfonso Cuarón a convertirse en cineasta, pero que sobre todo se festejó como una excusa para poner sobre el tapete el repudio hacia la masacre sin resolver de los 43 estudiantes.

Los fuegos artificiales de la noche de clausura sonaron ridículos cuando el conductor anunció el asesinato de la ambientalista hondureña Berta Cáceres. El testigo, un mexicano, permanece herido y retenido en ese país.

Unas horas más tarde, mientras el equipo de organizadores bailaba celebrando el logro de haber concretado con éxito una edición más, un científico esperaba que le sirvieran un trago en una barra mientras advertía, gritando para esquivar la música, que en 15 años en los océanos habrá más plástico que peces.

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