Detrás de “A Blast” hay toda una tradición helénica

Grecia, con crisis, igual tiene su cine

La crisis griega, de imprevisible final, otorga un plus de interés a A Blast, película de ese origen dirigida por Syllas Tzoumerkas que acaba de estrenarse. La historia tiene que ver con una madre, sus tres hijos, la abuela enferma y un padre marinero, ausente seis meses cada año, que mantiene con su familia, fundamentalmente, una relación por Skype.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
El film de Tzoumerkas construye su cuadro familiar sobre un complicado trasfondo social.

Al fondo corre el escenario de la crisis financiera y social en Grecia y, según su director, la película refleja las vivencias de toda una generación, la de los adultos jóvenes golpeados por la debacle.

El director y colibretista Tzoumerkas pertenece a la nueva generación de cineastas griegos cuyo cine aborda, más o menos directamente, la situación sociopolítica de su país. Selección oficial griega para el Festival de Locarno, se ha sostenido que el filmes el ejemplo arquetípico de la mirada cinematográfica de una generación.

Lateralmente, puede servir también para recordar que el cine no empezó en Grecia con Syllas Tzoumerkas. Los eruditos hacen retroceder su primera madurez hasta las décadas del veinte y el treinta, con películas como Astero (1929) de Dimitris Gaziadis y Maria Pentagiotissa (1929) de Ahilleas Madras, abundantes melodramas con elementos folclóricos, o Dafnis y Cloe (1931) de Orestis Laskos, cuya carga erótica generó en su momento un pequeño escándalo. Luego vinieron la dictadura de Metaxas y la Segunda Guerra Mundial, que frenaron muchas cosas.

Luego de la guerra hubo algunos cineastas inspirados por el neorrealismo italiano, directores como Grigoris Grigoriou y Stelios Tatasopoulos, que aportaron una dosis de "atención social" hacia problemas griegos. La figura más notoria a nivel internacional, en los años cincuenta y después, fue Mihalis (Michael) Cacoyannis, que llamó la atención con Stella (1955) y La mujer de negro (1956) y al que se recuerda sobre todo por la formidable Electra (1962) protagonizada por Irene Papas, y la más popular Zorba el griego (1964), que le proporcionó a Anthony Quinn el papel de su vida. No corresponde en cambio considerar como realmente griego a un film como el popular Nunca en domingo (1960) del norteamericano Jules Dassin, pese a su ambientación en el Pireo, la música de Hadjidakis y la avasallante labor protagónica de Melina Mercouri.

Las políticas de censura aplicadas por la Junta militar que se apoderó del gobierno griego en 1967, le complicó obviamente la vida a los cineastas y al resto de la gente. Tras la restauración democrática, el nombre más importante ha sido el de Theo Angelopoulos, autor de algunos films mayores como Alejandro el grande (1980), El apicultor (1986), Paisaje en la neblina (1988), La mirada de Ulises (1994) o La eternidad y un día (1998). Pero hay una generación más joven que llega menos a las pantallas internacionales a las que, según casi toda referencia confiable, habría que prestar alguna atención. Desde los años noventa para acá ha comenzado a darse a conocer una generación de cineastas griegos más jóvenes que comenzaron a experimentar con las formas y a explorar temas actuales, con particulares elogios para películas como Kynódontas (2009) de Yorgos Lanthimos y Attenberg (2010) de Athina Rachel Tsangari. El nombre de Syllas Tzoumerkas figura entre esa gente que está recibiendo elogios críticos.

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