CINE

La gran batalla de los sueños americanos

Capitán Fantástico es, en cierta peculiaridad de su historia, algo parecida a Pequeña Miss Sunshine, aquella divertida, original y bien resuelta comedia con Toni Colette y Greg Kinnear. Pero acá el asunto no es tan divertido, es solo un poco original y no consigue resolverse del todo bien.

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Ben y sus hijos intentan construir una utopía que va a contrapelo del mundo. Foto: Difusión

Capitán Fantástico (***)

Estados Unidos. 2016. Título original: Captain Fantastic. Director: Matt Ross. Guion: Matt Ross. Fotografía: Stéphane Fontaine. Música: Alex Somers. Montaje: Joseph Krings. Dirección artística: Erick Donaldson. Con: Viggo Mortensen, George MacKay, Samantha Isler, Frank Langella, Annalise Basso, Nicholas Hamilton, Shree Crooks, Charlie Shotwell, Trin Miller. Duración: 118 minutos. Estreno: 17 de noviembre.

Al igual que ese antecedente (otro podría ser La costa mosquito de Peter Weir con Harrison Ford), acá hay una familia distinta al resto que debe sobrellevar el duro trance de adaptarse a la mayoría. Se trata de Ben (un Viggo Mortensen que, de paso, se convierte en el primer actor en tomar mate desnudo en una película), quien se llevó a sus seis hijos a vivir en la espesura del bosque, lejos de las tentaciones, y los educó a su propia manera.

Es así que los niños desprecian, con fundamento teórico, el capitalismo, desconocen el consumo y celebran su Día de Noam Chomsky, en homenaje a la obra del académico emblemático de la izquierda estadounidense.

Pero si algo tiene la civilización es que es paciente, y cuando fallece la madre de la prole (después de una cruel enfermedad mental), toda la familia decide darle una visita al mundo exterior. Allí se encuentran con una familia política poco dada a contemplar la libertad educativa que les impone Ben pero que está sensatamente preocupada por el bienestar de los chicos. El choque de civilizaciones además es una tentación grande para los adolescentes de la familia, quienes encima no tienen idea del protocolo de cortejo. Algunas situaciones son tragicómicas.

Esa situación se lleva unos tres cuartas partes del metraje y es cuando el director y guionista Matt Ross (un actor experimentado con papel en la serie Silicon Valley y participación en películas como American Psycho y El Aviador), demuestra un manejo claro de una tonalidad "indie" en todo el asunto consiguiendo instalar la historia en esa floresta salvaje en oposición a la uniformidad del mundo exterior. Parecería exagerado, pero ganó el premio al Mejor Director en la sección Una cierta mirada en el último Festival de Cannes.

Todo esa estructura de realidad que va construyéndose —con algunos lugares comunes de esta clase de películas— patina a la altura de la resolución. La última media hora es de una torpeza y deja demasiados cabos sueltos como para sostener la credulidad. Podría suceder en el territorio de la fantasía, pero Ross no consigue dejarlo claro y, en ese sentido, la película pierde eficacia a la altura de las conclusiones.

Lo mejor es cómo presenta las complejidades de un personaje principal que encuentra en Mortensen a un buen catalizador de bravura y vulnerabilidad. Su utopía representa un viejo sueño americano (a lo Henry David Thoreau) de reencontrarse en la soledad de la naturaleza con la mejor versión de uno.

Ese ideal, queda claro, está amenazado en tiempos como estos. Pero si el mundo exterior es ignorante (lo que queda patente en un cuestionario sobre las enmiendas constitucionales mal respondido por unos sobrinos "civilizados", el aislamiento del mundo moderno genera sus propias carencias. Los niños leerán mucho, cierto, pero tampoco tienen idea del mundo que les espera.

Capitán Fantástico es en definitiva una crónica del choque de dos mundos (de dos "sueños americanos"), una dualidad muy pertinente ante los resultados electorales recientes en EE.UU. Esas diferencias que la película presenta a través de, por ejemplo, el vestuario (la camiseta de Jesse Jackson de Ben dice más que mil palabras) ameritarían un debate interesante sobre cómo educamos a nuestros hijos, más allá de que la libertad mostrada de cómo educarlos queda un poco pisoteada por un guión que deja de ser libertario para ser sencillamente torpe.

Aunque igual funciona como un ejemplo de la forma y el alcance de un cine independiente que ya ganó su lugar en el establishment. Vivir marginado no es fácil.

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