NICOLE GARCIA

"La fuerza de lo imaginario"

Luego de esta visita a Uruguay, voy a aprender español, que es la lengua de mis antepasados", promete Nicole Garcia, una gran directora de cine, con una larga carrera atrás, también como actriz.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Nicole Garcia. Foto: Fernando Ponzetto

"Ayer estaba en París y hoy en Montevideo, contenta de encontrarme con el público uruguayo. Para mí es importante que esta película, Mal de Pierres, sea vista acá, que conmueva su historia a los hombres y a las mujeres de Uruguay. Por eso hice este viaje", agrega esta destacada artista francesa, que a lo largo de medio siglo fue dirigida por los grandes nombres del cine y el teatro de Francia.

Actriz, directora y guionista, su carrera se remonta a 1967, cuando debutó en teatro con Décibel, de Julien Vartet, dirigida por Pierre Dux. Desde entonces recorrió los más variados géneros teatrales, trabajando bajo las órdenes de directores de la talla de Roger Planchon. Su trayectoria en el cine también tiene muchos años; como actriz la dirigieron Bertrand Tavernier, Alain Resnais, Claude Lelouch y Bertrand Blier. En Uruguay se conocieron tres de sus películas como directora. "Debuté como actriz de teatro, luego trabajé como actriz de cine y teatro, pero la gran suerte de mi vida fue descubrir el territorio de la realización cinematográfica. Siempre puse entusiasmo para actuar, pero creo que me realizo más cuando hago mis propias películas, cuando cuento mis propias historias. Y en eso empecé tarde, a los 40 años", confiesa Garcia. Esta tarde a las 17:15, Mal de Pierres (titulada Una historia de amor) se exhibe en la última jornada de la cuarta Muestra de Avant-Premières de Cine Francés.

—Tiene antepasados de origen español.

—Sí, los García son de Andalucía, mis abuelos partieron para Argelia, y de ahí la inserción de mi familia en el mundo francófono. Ahora vivo en París, pero de algún modo en Un momento de amor se refleja esa relación entre España y Francia a través de ese personaje, un español republicano que dejó su país por causa de Franco. Me alegro que en esta película tuve la oportunidad de hablar algo de esos españoles que marcaron fuertemente el sur de Francia, muchos de ellos grandes albañiles, que ayudaron a construir ciudades como Arles o Nimes.

—Se ha dicho que su cine es muy oscuro, ¿usted lo ve así?

—No, quizá eso tiene que ver con que en Francia se hizo muy famosa mi película El adversario, que está basada en un hecho policial, sobre un hombre que mató a toda su familia. Un hombre que prefirió matar a todos a encontrar su propia máscara. Pero es cierto que mis amigos me dicen que son muy cómica en la vida diaria, que tendría que hacer comedias. Pero no. Yo les digo que prefiero trabajar con la veta negra del mármol.

—¿Percibe que su cine tiene puntos de contacto con el de François Ozon?

—No, aunque es cierto que Ozon ha trabajado en alguna de sus películas sobre un secreto, y en Un momento de amor está la presencia de un secreto. Pero yo más bien siento que me inscribo en el cine independiente americano, ese que tiene algo más novelesco. Hay un cine anglosajón que tiene un acento novelesco, mientras que en Europa miran con cierta desconfianza a las películas que no tratan temas sociales.

—Usted ha sido jurado en el Festival de Cannes. ¿Qué aptitudes tiene que poner en juego cuando se juzgan los trabajos de sus colegas?

—Una mirada lo más crítica posible, que abarque todo: el montaje, la fuerza de la historia, las actuaciones. Y en ese aspecto, creo que se debe prestar mucha atención a quién se elige como jurado. El año pasado en Cannes no hubo un buen jurado.

—Usted trabajó bajo las órdenes de muchos grandes directores, entre ellos Alain Resnais. ¿Cómo lo recuerda desde el presente?

—Justamente, una de mis fuentes en mi labor como directora de cine tiene que ver con mi trabajo junto a Resnais. De verlo trabajar, verlo hablar con los técnicos, con la gente de fotografía. Él tenía un rol que cumplir en el cine que alcanzaba todos los aspectos, no solo el trabajo con los actores. Un verdadero realizador.

—¿Hay algún punto de contacto entre Belle de Jour, la película de Luis Buñuel, y Un momento de amor?

—Sí, sería interesante reflexionar al respecto, aunque la película de Buñuel transcurre en un entorno urbano. Por otro lado, Catherine Deneuve, en esa película, es un personaje que busca amores múltiples: ella no quiere amar, y encuentra algo de su esencia haciendo el amor con distintos hombres. El personaje de Gabrielle, por el contrario, piensa que solo hay un hombre, y busca a ese. En ese aspecto es una mística, un ser que mezcla lo sagrado y lo sexual.

—¿Qué pautas trabajaron con Marion Cotillard para la elaboración de ese personaje?

—Creo que al comienzo del trabajo, ella encaró el personaje como un ser más melancólico de lo que yo lo creía. Yo lo creía como un personaje más vital, más fuerte, más brutal. Y yo la fui llevando hacia ese lado. Y creo que ella es extraordinaria para ese papel: no lo actuó, lo vivió.

—El título en español es Un momento de amor, ¿qué le parece? ¿Es mucho menos poético que Mal de Pierres, verdad?

—Sí, Un momento de amor es un título muy banal. Mal de Pierres alude a una enfermedad, piedras en los riñones, que padece la protagonista. Y eso funciona a su vez como un síntoma de su situación, de esa joven que fue obligada por su madre a ser esposa de alguien que ella no ama. Eso es como una violación social, y como si la enfermedad tomase el lugar, el rol, de su deseo.

—¿Siente que es una película para eso que se suele llamar el gran público?

—Sí, en Francia así fue. Tanto por la historia como por la performance de Marion Cotillard y por la película en sí. Si el público no quiere ir al cine solamente a ver comedias, acá tiene una gran historia, de amor, pero sin complejidades, porque es fácil de seguir. En el fondo es una historia simple.

—¿La protagonista, entonces, representa para usted más la incomprensión de los demás que su propia locura?

—Sí, por supuesto. Ella no piensa que está loca. Su madre piensa eso. Haciendo un psicoanálisis fácil, Gabrielle lo que está procesando es la búsqueda del amor. Y en la palabra amor se pueden poner muchas cosas. Por eso me gustó que ella lo definiera como como la cosa principal. En su vida el amor es la cosa principal: y eso no es síntoma de locura.

—Nació en Orán, que entonces era Argelia francesa. ¿Cree que eso le otorgó una visión más abarcativa de la cultura francesa?

—Creo que sí. Tengo una visión de Francia que tiene presente la inmigración y el país que se salía de su frontera. Creo que eso se refleja en esta película, en ese militar que viene de la guerra de Indochina, del que Gabrielle se enamora. Ese hombre representa de algún modo la historia colonial francesa. Y por otro lado, la propia Gabrielle representa la Francia tradicional, la pequeña burguesía agrícola, muy francesa, muy cerrada sobre sí misma.

—¿En qué medida la película es más un retrato psicológico y en qué medida es una pintura histórica y social?

—Bueno, es un ensamble de ambos aspectos. Es el retrato de una mujer, pero también de lo que era esa Francia de los años 50. El personaje de Gabrielle es el de una mujer que quiere algo que todo el mundo le niega, y además la rechazan. Alguien me comentó que es un personaje que le da miedo a todo el mundo, y las dos personas que no le temen, son personajes que vienen de la guerra. Esos hombres vienen de la muerte. Por eso no le temen, mientras los demás en el pueblo piensan que está loca. O sea que es un retrato de una época, pero la situación de la protagonista hoy en día también tiene vigencia. Aunque actualmente no se podría amenazar con encerrar a una chica como Gabrielle en un hospital psiquiátrico, creo que ella representa un tipo de sensibilidad femenina que hoy igual molesta. En el plano social, Gabrielle representa a las mujeres en lucha por expresarse. Porque mi película representa en cierto sentido la fuerza de lo imaginario.

—¿Cómo llegó usted a querer ser artista?

—Como Gabrielle en la película, yo no podría vivir sin lo imaginario. Creo que lo imaginario tiene una función reparadora en la vida.

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