Entrevista

Federico Veiroj habla de "Así habló el cambista", su nueva película

La película de Veiroj se estrenó ayer, es la representante por Uruguay en los Oscar y actualmente está en San Sebastián, Toronto y Nueva York

Federico Veiroj
Federico Veiroj, director con nueva película. Foto: Fernando Ponzetto

Siempre está bueno hablar de cine con Federico Veiroj, el director uruguayo que ayer estrenó Así habló el cambista, su película que ahora anda por los festivales de San Sebastián, Toronto y Nueva York y es el envío uruguayo al Oscar. Cinéfilo empedernido (trabajó en la Filmoteca española), conversar con él viene con citas a Joseph Losey o Basil Dearden, que son referencias en esta, su quinta película.

Es un proyecto raro para Veiroj quien ha demostrado un crecimiento importante desde su primera película (Acné) y en las escalas siguientes (La vida útil, El apóstata y Belmonte) lo que le ha ganado presencia en festivales y elogios en revistas especializadas. En Así habló el cambista adapta por primera vez un texto ajeno (una novela publicada en 1981 de Juan E. Gruber y que acaba de ser reeditada por Sudamericana) y va por una reconstrucción de época.

Transcurre a mediados de la década de 1970 en un Uruguay que empieza a mellar la idea de ser la Suiza de América. El protagonista (interpretado por Daniel Hendler) es un financista sin escrúpulos que se mete en asuntos demasiado riesgosos, sin perder la compostura, mientras lidia con un matrimonio en ruinas y una falta de ética de las importantes.

Poco antes de partir de gira por festivales, Veiroj —quien fue parte de Control Z, la productora de 25 Watts, en la que actuaba— charló con El País sobre cómo hizo para trasladar una novela como la que eligió, a una película que se ve tan bien. Y encima deja a este cronista con ganas de volver a ver El otro señor Klein, que es una pista interesante para leer Así habló el cambista.

—¿Cómo te cruzaste con la novela de Gruber?

—Estaba en Castillos, Rocha, haciendo un casting para una serie que se llamaba En primera persona y estábamos en un centro MEC en el que había una biblioteca y, como estábamos demorados, me puse a ver qué había. Lo agarré y dije: "esto es para una película".

—La novela es una reflexión escrita hace 40 años sobre el Uruguay como plaza financiera, algo que parece lejano a su cine. ¿Qué te sedujo?

—Me gustó el lugar desde el que habla el protagonista, el tono y el humor. Y también que planteaba un mundo: en todas mis películas cuando quiero contar algo, necesito que transcurra en un ambiente particular, y siempre en mi cine estoy en la construcción de un mundo. Aquí estaba la época, las letras de cambio, la Ciudad Veja, los viajes y todo eso me abrió la imaginación. Me enamoré del personaje.

—Es distinto a los otros tuyos...

—Sí, pero lo que tendrían de parecido es que los mueve el deseo y la curiosidad. Pero sí es distinto en cuanto a su moral y en la relación que entabla con el espectador. Es más un personaje de cine negro americano: sabés que es un tipo que vas a seguir pero no tenés que querer a pesar de que te vaya seduciendo cierto humor y su torpeza.

—En el libro, el personaje es de origen humilde, pero en la película eso no está tan presente. ¿Por qué?

—Es un hijo de obrero y, sí, eso no está tan contado en la película, pero es el contexto del que quiere salir. De hecho, filmamos a los personajes de los padres, pero decidimos dejarlo afuera.

—Es interesante esa cosa de sapo de otro pozo que tiene Brause. En la novela se define muy bien cuando él dice: “mi padre es capataz: para los obreros está con los patrones y para los patrones es un obrero”.

—Esa visión del mundo como punto de vista, está buena. Y encima con el tipo acá en Uruguay, en ese ambiente, con la fantasía de ser grande. El desafío era cómo hacer para traer eso que es teórico del libro, a través de un personaje que tiene todas esas ambigüedades, todas esas capas.

—Para todo eso se necesitaba un compromiso actoral importante. ¿Cómo te decidiste por Daniel Hendler?

—Nunca tuve una cara para el actor principal. Fuimos buscando y había más candidatos además de Dani, quien es amigo desde que empezamos a estudiar teatro juntos. Pero yo siempre pensé en alguien con la cara más cuadrada, distinta a la de Dani. De hecho, cuando nos decidimos por él, yo sabía que había que caracterizarlo. Pensé en ponerle un aplique en la cara o una nariz, pero después de investigar, nos dimos cuenta que eso iba a llevar horas de maquillaje, así que se me vino la idea de ponerle esos dientes.

—Pensé que había sido una idea de él, buscando el personaje.

—Fue una cosa más mía, buscando cómo sacarlo de ese lugar a él y también para ayudarme a mí, que soy muy amigo, para no verlo a él actuando, sino ver a otro tipo. Y para eso están los bigotes, los apliques. Y esos dientes que, además, le cambian la voz, se la hacen más grave, más dramática. Todo eso también lo buscó él, el caminar, por ejemplo, que tiene esa desunión de lo físico y de lo mental.

Imagen de la película Así habló el cambista.
Imagen de la película Así habló el cambista.

—Es una transformación muy interesante, donde el cuerpo está dando información de cómo es el personaje.

—Y es que es él y además tiene que ver con su época. Un tipo metido en sus pensamientos, en su mundo.

—La novela es una reflexión sobre Uruguay, pero acá vos te concentrás más en el personaje. ¿Cómo tomaste esa decisión?

—Lo que quise es que eso aporte el ambiente y obviamente que nos centramos con los otros guionistas (Martín Mauregui, Arauco Hernández) que tenía que ser una historia de un personaje, que son las que me mueven más. Mi interés no era contar lo que pasó en Uruguay en ese tiempo histórico; para eso está la historia.

—Gundrun, la esposa del cambista tiene un peso nuevo en la película. ¿Eso se debió a la presencia de una actriz como Dolores Fonzi?

—Eso siempre estuvo y fue algo en lo que nos tomamos la licencia de salirnos de la novela. En la punta de la pirámide tenía que estar la relación con su mujer y luego su mundo del trabajo. Pero siempre tenía que estar la parte afectiva porque iba a acercar más al personaje. Si la película fuera solo sobre la plata, no tendría mucho sentido, porque no es lo más interesante de la historia.

—Y la película es una comedia.

—Sí, está un poco más exagerado el tono de comedia. Necesitábamos eso para contar la vida de un tipo jodido. Para poder seguirlo o incluso querer que gane, tiene que tener ese alivio. Le pasan cantidad de cosas así que el humor era fundamental para esta historia.

—¿Cómo trabajaste la puesta en escena? Tiene un aspecto de cine clásico que se lo da, por ejemplo, el que parezca filmada en estudio.

—En nuestra cabeza siempre lo pensamos como de estudio incluso cuando, por ejemplo, filmamos las escenas de la oficina en un cambio real. En nuestra cabeza era un estudio. La idea era que la iluminación, de arte, de concepto, de acercamiento al espectador. Hay algo de “esto es una película” que es fundamental para contarla. Y eso queda claro en el prólogo, pero también en las actuaciones que siempre están al borde. Era un conjunto para nunca bajar la tensión y que quede claro que es una película. No intenté hacer nada que se vea como el realismo. Es, en todo caso, el realismo de la pantalla.

—Ahora estás en la promoción de la película y la exhibición en festivales. ¿Cómo te tomás esa parte de tu trabajo?

—Es algo que hay que hacer para seguir haciendo lo que quiero. Lo que me gusta es el hacer pero todo lo demás es necesario y ya estoy acostumbrado. Y como me gusta que la gente vea la película, todo (festivales, premios, el envío al Oscar), lo que ayude a eso, me gusta.

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