LA LLEGADA

Esperando la nave espacial

Se estrena una de las primeras favoritas de los Oscar y es una gran película de Dennis Villeneuve.

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La Llegada es más que una película de ciencia ficción. Foto: Difusión

Al director canadiense Dennis Villeneuve le interesan los personajes con el alma fracturada y los modales de la sociedad contemporánea. Ha trazado eso en una media docena de películas con cuidado visual y talento cinematográfico.

Y lo ha dejado bien claro. Las mujeres acosadas por el pasado y la violencia de ese pasado en Incendies; la imposibilidad de la justicia y la vulnerabilidad social y familiar en La sospecha o la duplicidad del yo moderno en Enemies (sobre novela de Saramago). A eso sumó, en su anterior película, Sicario, una mirada más general para demostrar el paisaje ganado por la barbarie de la devastación que deja la guerra contra las drogas.

Después de un diagnóstico tan severo, en La llegada ofrece lo más parecido a una salida digna de este bochorno que insistimos en llamar humanidad.

La llegada parte de una repetida premisa de la ciencia ficción: la visita de naves extraterrestres y la necesidad de entender cuáles son sus intenciones antes de espantarlos o que nos aplasten. Para el caso son 12 ovnis con forma de techo de Dieste que se estacionan en otros tantos puntos del planeta, entre los que están los más obvios Rusia, China, Pakistán y Estados Unidos, pero también Sierra Leona, Sudán o Venezuela. Podrían haber elegido Uruguay.

Por lo que parece, la tripulación de las naves ha intentado comunicarse y por eso, ese ente difuso que es el gobierno (personsificado en el coronel que hace Forest Whitaker) sale a reclutar estudiosos que descifren lo que están queriendo decir. Allí van una lingüista extremadamente perspicaz (Amy Adams) aparentemente acosada por alguna clase de recuerdo y un científico (Jeremy Renner) del que no se sabe nada y no importa tampoco saber más: esta es una película sobre una mujer.

Todo parece funcionar bien hasta que se mete la política cuando todas la potencias mundiales quieren tener la exclusiva sobre posibilidades bélicas y geopolíticas del evento. Eso desencandena uno de los conflictos de la película; el otro es el cambio místico y personal que la experiencia provoca en la atormentada lingüista. Es una película optimista, una opción ética que se arriesga a la crítica.

Villeneuve plantea varios debates y si algunos los hace con una claridad que algún espectador puede hallar básica eso es parte del juego: aquí hay algo importante para decir y el guión de Eric Heisserer sobre famoso cuento de Ted Chiang, va directo al grano y lo expresa de la forma más clara posible.

La dualidad más obvia enfrenta y une a los dos protagonistas separados por un paradigma: ella es una humanista, él un científico y la incomunicación del lenguaje es otro de los asuntos de la película. Por ahí rondan otros intereses (políticamente mezquinos, brutalmente egoístas) pero lo importante está en los valores básicos. La llegada toma partido claramente por una de esas opciones de los protagonistas.

Un epílogo dejará aún más claro de qué va La llegada que utiliza la ciencia ficción para contar una historia más personal, aun siendo tan universal. En algún sentido, es una combinación de Contacto con algo de Christopher Nolan, si este no fuera tan pretencioso.

El otro debate que plantea es religioso, desde la decisión de que —todo ya estaba en el cuento de Chiang— las naves sean 12, un número fuerte en la tradición judeocristiana. O mismo desde el título que alude a un regreso que los cristianos esperan hace 2000 años. La sociedad, dice la película, necesita una redención y eso solo se consigue con una entrada espectacular. Y debemos aceptar nuestra imposibilidad contra las reglas del destino, contra unas leyes impuestas por un ser superior que, encima, nos da las herramientas para hacernos, quizás, mejores.

Pero lo importante es cómo Villeneuve plantea visualmente tamaños asuntos, que de eso, por lo menos hasta donde se sabe, se trata el cine.

Con un equipo en el que vuelve a estar un colaborador habitual (el director de producción de sus últimas películas, Patrice Vermette) y un recién llegado al equipo (el director de fotografía, Bradford Young), Villeneuve traza los dos mundos con preciosismos visuales repletos de ideas.

Villeneuve es un gran director de escenas. El inicial viaje a Juárez en Sicario, por ejemplo, es uno de los grandes momentos del cine: la comparación de esos dos mundos, la edición atropellada, la barbarie de diseñador de Ciudad Juárez, la tensión de los personajes, la presentación del problema y de una amenaza, están condensados en un vertiginoso cuarto de hora. Sus otras películas también tienen momentos así.

En ese sentido, en La llegada, el primer encuentro con los famosos alienígenas está a nivel, para que nos entendamos, de Stanley Kubrick.

Allí, el uso de la pantalla en diversos formatos, la construcción de la nave, el manejo del sonido (el sincopado jadeo claustrofóbico del personaje de Adams, el canto de un pájaro, la atonalidad de la banda de sonido del islandés Jóhann Jóhannsson), el contraste de dos mundos, el manejo del color desde los blancos a los negros salpicado por el chillón de los trajes, el aprovechamiento visual de lo ingravidez, son una conjunción brillante de recursos. Un par de escenas más, sin estar a ese nivel clásico, son igual de contundentes.

Villeneuve tiene el pulso de los grandes maestros del cine, ese club al que le hemos asignado condiciones que traban las nuevas membresías. Su cine es un resumen de ideas cinematográficas para resumir ideas políticas, sociales, individuales y religiosas. Como los grandes maestros, Villeneuve cuestiona las expectativas del espectador y, de paso, traza un certero y visualmente arrebatador planteo sobre el mundo que nos ha tocado en suerte (o en desgracia, usted decide) vivir.

La llegada [*****]

Estados Unidos, 2016. Título original: Arrival. Dirección: Dennis Villeneuve. Guión: Eric Heisserer sobre un cuento de Ted Chiang. Fotografía: Bradford Young. Música: Jóhann Jóhannsson. Diseño de producción: Patrice Vermette. Vestuario: Renée April. Con: Amy Adams, Jeremy Renner, Forest Whitaker, Marc O’Brien, Abigail Pniowsky. Duración: 116 minutos. Estreno: 24 de noviembre.

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