Obituario

Doris Day, murió a los 97 años, el rostro del sueño americano

La actriz se había retirado en 1973 y fue uno de los grandes nombres del cine clásico estadounidense

Doris Day
Doris Day, 1922-2019

En un fenómeno que solo podrían explicar los astrónomos que estudian la persistencia de la luz de una estrella, el alboroto por la muerte de Doris Day, ayer a los 97 años, demostró su permanencia en el imaginario colectivo. Y eso teniendo en cuenta que, por ejemplo, en Uruguay su última película en estrenarse fue Hay un hombre en el lecho de mamá que es de 1968 y fue precisamente su último trabajo en el cine; se retiraría del todo con su televisivo El show de Doris Day que dejó de emitirse en 1973.

“Muy triste al enterarme de que murió Doris Day”, escribió, por ejemplo, Paul McCartney, un representante de los nuevos tiempos que terminaron con su carrera. “Era una verdadera estrella en muchos sentidos. Tuve oportunidad de encontrarme con ella unas pocas veces. Visitarla en su casa de California era como ir a un santuario animal donde vivían a todo lujo un montón de perros. Tenía un corazón de oro y era una señora muy graciosa con quien compartí muchas risas”.

Problemas de alcoba
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Day era, entre otras cosas, la última de una generación ilustre y que sintetizó en su obra, todo un período del cine estadounidense. Era, además, una cantante de gran voz, buena presencia y repertorio de los que se dan pocas veces y en el que, por decir algo, se destacaron “Whatever Will Be (Qué Será Será)”, “Dream a Little Dream of Me” y si me permite una favorita personal, “A Guy is A Guy”, que es pureza prefeminista.

Es que, con su cine y sus canciones, Day reflejó la mejor (e imaginaria) cara de lo que se esperaba de una mujer americana. Aunque han tenido, más o menos recientemente, otras lecturas, las comedias que hizo en la década de 1960 (tres de ellas con Rock Hudson), representan una femineidad virginal, doméstica y sumisa aunque picaresca que, también, ponía en duda el rol de la masculinidad. Eso es, al menos la idea que ha quedado.

Representaría, así, el último bastión de un sueño americano de ropa vaporosa y paisajes suburbanos, que quedaría destrozado en la década de 1960 y su pérdida de la inocencia. Terminaría, de alguna manera con el prestigio y el furor de Day, quien se mantuvo viendo desde lejos como su estrella, aunque menguada, siguió brillando.

Había nacido, Doris Mary Ann Von Kapplehoff el 3 de abril de 1922 en Cincinatti. A los 14 años decidió irse a Hollywood a trabajar como bailarina, pero horas antes de partir tuvo un accidente de tránsito que la alejó dos años de sus sueños.

A los 17 salió de gira como vocalista de la Les Brown Band, donde conoció a un trombonista, Al Jorden, con quien terminó casándose en 1941, teniendo un hijo (Terry Melcher, quien integraría el clan Manson), y divorciándose por violencia doméstica.

Después de unas segundas nupcias no demasiado alentadoras, firmó para Warner Bros y empezaría una carrera fulgurante en el cine y la música. Se casó, además, con el agente Martin Melcher.

La descubrió el Michael Curtiz (el de Casablanca) que le dirigió en Romance en alta mar en 1948. Además de sus roles más clásicos, trabajó al servicio de Alfred Hitchcock (era la esposa de James Stewart en En manos del destino y su grito evitaba un magnicidio) y Stanley Donen (Juego de pijamas) y, además, de Rock Hudson y Stewart, coprotagonizó con Clark Gable (en Enséñame a querer), James Cagney (en Amame o déjame) y Cary Grant (en Amor al vuelo).

Al igual que otros grandes artistas (Sinatra, por ejemplo, y ella fue así de popular) fue exitosa tanto en la música como en el cine. Sus papeles más recordados son las de virginal (“yo conocía a Doris Day antes que fuera virgen”, sentenció Walter Levant) esposa estadounidense, de picardía latente y mística femenina. Junto a Hudson, su amigo de toda la vida, hizo eso en Problemas de alcoba, Vuelve amor mío y No me manden flores en las que, como dice Saul Austerlitz en su historia de la comedia americana, “hicieron que la castidad fuera divertida”. Eran comedias rutinarias en las que, de alguna manera, actualizaban la fórmula de las comedias de Hepburn y Grant en los 30 y las de Hepburn y Tracy en los 40 aunque con cierto tono sexual porque después de todo era la década de 1960. Funcionan bastante bien.

Eran una fantasía en todo sentido: Day y Hudson, dos almas atribuladas, haciendo de felices, jóvenes y enamorados. Su imagen es la viva representación de la falsedad del sistema de estrellas. Day fue una mujer sufrida, madre divorciada a los 19 años y prisionera en una sucesión de relaciones poco gratificantes.

Su parte más cómica la demostró en, quizás su mejor película, La liga de oro en la que interpretaba a la legendaria cowgirl, Calamity Jane.

No es casualidad que su carrera llegara a su fin en un año tan simbólico como 1968. Ya no había lugar para esa rubia bonita, algo sonsa que, encima cantaba, canciones que le gustaban a la generación anterior. Los parricidas son así.

Desde entonces, Day había disfrutado de un retiro tranquilo, con pocas apariciones públicas limitadas a su trabajo con su propia fundación para la protección de animales.

Será por siempre aquella rubia de un tiempo que, quizás nunca fue.


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