Estreno

Un documental que cuenta la llegada de los refugiados sirios a Uruguay

En "El gran viaje al país pequeño", la directora Mariana Viñoles cuenta un episodio de una historia reciente; desde mañana va en Cinemateca Uruguaya

Mariana Viñoles
Mariana Viñoles. Foto: Francisco Flores.

Lo primero que vemos en El gran viaje al país pequeño es a la directora Mariana Viñoles conociendo en Líbano a Sanaa e Ibrahim Almohamed, la pareja de sirios que luego llegarían a Uruguay como refugiados. De allí en más, Viñoles sigue durante cuatro años la vida de esa familia en Uruguay, sus decepciones por las promesas incumplidas y cierta reticencia de los anfitriones a atender algunos de sus reclamos. Lo hace con una mirada de testigo privilegiado y comprensión.

Lo que esta directora nacida en Melo vuelve a conseguir - como lo había hecho en algunas de sus anteriores películas, Crónica de sueños y El mundo de Carolina, por ejemplo- es construir un relato documental donde siempre está presente su vínculo con la historia y los protagonistas. El gran viaje al país pequeño, más allá de las diferencias incluso de forma con esos antecedentes, representa la consolidación de un estilo en la directora.

Aunque solo es explícita una vez (en el espejo de un ascensor cámara en mano), la presencia de Viñoles y, principalmente, su mirada, está en el centro mismo de su documental. Vemos así cómo va creciendo su relación con ellos desde aquel campo de refugiados en el Líbano a compartir sus miedos y desesperanzas una vez en Uruguay. En un momento la invitan a participar en una foto familiar (y ahí estamos los espectadores implícitamente en la instantánea) o en otro se deja llevar de la mano por una de las niñas.

La película, así, se convierte en un drama humano, una historia de superación, con un final triste pero lleno de esperanza.

—En El gran viaje al país pequeño, como en tus anteriores películas hay un involucramiento tuyo con la historia que estás contando. ¿Cómo manejás eso?

—Yo filmo sola: mi equipo de rodaje soy yo y eso me ubica en un lugar del que es difícil salirme porque tengo que tener todo controlado. Tengo que estar atenta a lo afectivo, a lo vincular y filmar la película. Aunque no hubiera una narración en off, soy yo que pregunto y en El gran viaje al país pequeño, la primera vez que los vemos a Sanaa e Ibrahim es la primera vez que yo prendo la cámara para empezar a trabajar en la película. Me encanta trabajar con esa cosa iniciática que no solo me preocupa la temática que quiero desarrollar y conseguir la información que necesito para contar esa historia, sino que lo que más me preocupa es ese vínculo que nace en ese instante y cómo va fortaleciendo esa relación con ellos. En mi cine siempre hay una cosa de dejar ver lo que muchos directores se preocupan porque no se vea, como por ejemplo cómo estoy armando el cuadro. Mi presencia siempre está en el borde del cuadro pero es muy fuerte.

—¿Eso no te deja en una posición vulnerable?

—Eso es caminar por la cuerda floja. No me gusta pensar que ya aprendí cómo se hace por eso mis películas casi toda varían de temática y de forma. Yo me expongo al prender la cámara en una situación que no controlo completamente pero es ese en ese espacio donde surge la tensión y algo fuerte. Y en ese espacio puedo equivocarme.

—La película puede ser leída como cierta decepción sobre cómo los tratamos.

—Si hay algo que yo no pensé es que todo eso sobre su llegada iba a salir mal y seis meses después. Fue un shock porque uno se vincula con sus protagonistas y a nivel humano era muy fuerte lo que estaban viviendo. Pero después me cayó la ficha de que me daba el primer conflicto a la película.

Convertida, por esas cosas de la cronología pandémica, en la primera película en estrenarse tras la reapertura de las salas de cine (se exhibió en Sala B y desde mañana está en Cinemateca Uruguaya), El gran viaje al país pequeño llegó a tener una presentación oficial, en la sala Zitarrosa, el hoy lejanísimo 12 de marzo.

Venía, además, de ganar el premio a la mejor película iberoamericana en el DocBarcelona y esa noche en la sala se veía la excitación que siempre acompaña un estreno. Pero recién llegó ahora.

Y hasta ahí para confirmar la capacidad de Viñoles de relatar con la cámara en una mano y el corazón en la otra.

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