Testimonio

Se estrenó el documental sobre uno de los presos de Guantánamo que vino a Uruguay

"La libertad es una palabra grande", del director Guillermo Rocamora cuenta la odisea de Mohammed Motan por encontrar una segunda oportunidad en nuestro país

Guillermo Rocamora dirige el documental La libertad es una palabra grande. Foto: Leonardo Mainé
Guillermo Rocamora dirige el documental "La libertad es una palabra grande" que se estrenó esta semana en el circuito comercial. Foto: Leonardo Mainé

Las segundas oportunidades”, dice el director Guillermo Rocamora sobre lo que une su anterior película (la ficción Solo) de La libertad es una palabra muy grande, el documental que se estrenó ayer en Uruguay.

Esa segunda oportunidad es una de las grandes para Mohammed Motan (en la foto con el director), el protagonista de la película de Rocamora. Llegó a Uruguay como uno de los seis presos de la cárcel de Guantánamo que recibió el Estado uruguayo en los tiempos de José Mujica.

La libertad es una palabra grande lo sigue con ojo entre fisgón y cómplice, en su periplo uruguayo que revela que las segundas oportunidades están llenas de desilusiones. También de buenas noticias: la película también muestra su matrimonio, la llegada de su primer hijo y algunas otras alegrías.

Guillermo Rocamora. Foto: Leonardo Mainé
Guillermo Rocamora. Foto: Leonardo Mainé

Rocamora acompañó la historia de Motan durante tres años. Sustenta la historia en una investigación periodística (a cargo de Pablo Fernández) que daporta un marco de abandono estatal y especulación política. El arco dialéctico que hace el por entonces presidente José Mujica de ser solidarios a “cambiarlo por naranjas”, es sintomático de algunos padecimientos de Motan.

“Ya te dije que yo no voy a hablar en inglés”, encima le dice en off uno de sus contactos uruguayos, limitando así las escasas posibilidades de comunicación con el recién llegado y revelando la inoperancia como anfitrión del Estado uruguayo.

Pero a Rocamora le interesa la historia personal y los escollos que a veces tienen esas segundas oportunidades.

Sobre esas cosas, el director charló con El País.

—¿Cómo se cruzaron con la historia de Motan?

—Cuando llegaron los expresos de Guantánamo, empezamos a charlar con Santiago López, el productor, que me decía que ahí había una película.”Ni loco”, le dije porque lo que me imaginaba en ese momento no me interesaba. Al final accedí a hacer un par de entrevistas y nos empezamos a arrimar. Ahí pensamos que podríamos elegir a uno o dos y comprometerlo para hacer la película por dos tres años. Después me puse en contacto con Christian Mirza (el nexo entre ellos y el Estado), al que le comenté la idea. Se lo comentó a Mohamed, que es el único palestino que estuvo en Guantánamo y tenía esposa uruguaya. Estuvieron de acuerdo. Y ahí empezamos.

—Uno queda con ganas de saber más sobre su esposa.

—Ella fue muy importante en la decisión de hacer la película. Su historia es muy interesante y de hecho tuvimos que aplacar esa tentación de contarla porque iba a empezar a competir como personaje y, además, teníamos menos acceso a ella por cuestiones religiosas. Pero fue clave en darle el empuje a él para hacerla.

Mohammed Tahamatan y Guillermo Rocamora
Mohammed Tahamatan y Guillermo Rocamora. Foto: Leonardo Mainé

—¿Tuviste que adaptar la estética de la película a las condiciones de trabajo?

—Los primeros días de rodaje fuimos a lo que salía, medio desordenados. Con el tiempo, y cuando tuve una cámara más maleable, las cosas mejoraron. Muchas veces filmaba solo y ahí empecé a darme cuenta que la observación iba a ser el centro de la manera de contar. Y definimos que íbamos a tomar distancia. Nunca controlamos la escena, al contrario. Era que tuviera total libertad de movimiento. En la casa, por ejemplo, nos poníamos en el rincón que podíamos.

—Compartiste mucho tiempo con él. ¿Cómo te manejaste con la objetividad?

—Al tratar de ser una historia de vida personal, no era periodístico, era bien narrativo. Era más importante generar un vínculo que la distancia para verlo desde afuera. Y el vínculo se dio naturalmente.

—Pero hay un respaldo periodístico.

—Sobre todo al inicio. Nos juntamos con todos los involucrados con el tema. Y después hubo una investigación periodística que aportó los audios que dan el afuera de esa intimidad. Hicimos una selección de audios.

—Esos audios dan una idea de lo solo que se lo dejó.

—Nos interesaba que empujaran lo que se estaba viendo. Y problematizaba cierta discriminación y la idea de que el tiempo se terminaba. Y está todo lo que dijo Mujica que hace todo un arco.

—¿Por qué este proyecto después de Solo?

—Me enamoré del documental cuando trabajé en Las flores de mi familia de Juan Ignacio Fernández Hoppe que fue toda una clase de cine. Como director hice un laburo para afuera sobre Carolina Herrera y otro sobre Pablo Escobar y ahí me sentí muy cómodo en el género. Y aprendí mucho en el proceso sobre la paciencia, la concentración, el compromiso, el involucramiento personal. Como laburo es muy cansador.

—¿Se le pagó a Motan por participar?

—No podíamos generar ese tipo de acuerdo, así que tiene una participación en lo que ingrese por la película. Era el formato adecuado para que todo estuviera transparente. Le ha venido bien.

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