Aniversario

Se cumplen 30 años del estreno local de "La sociedad de los poetas muertos", un clásico 

La película con Robin Williams fue la más vista de 1990 en Uruguay y aún mantiene su eficacia y emoción, se puede ver en Netflix

La sociedad de los poetas muertos
"Oh Capitán, mi capitán", un canto a la libertad.

Los memoriosos recordarán las largas colas frente al cine Gran Splendid —ahí en 18 entre Cuareim y Yi donde hasta hace poco había un banco— por varias semanas después del estreno, del que hoy se cumplen 30 años, de La sociedad de los poetas muertos. Fue la película más vista en Uruguay en 1990 con 116.537 espectadores, según datos de la página Cinestrenos.

Desde entonces, además, se ha convertido en un clásico, con una larga sobrevida que ha pasado por el VHS, el DVD, el cable y el streaming (está en Netflix). También tuvo una versión teatral en el off Broadway y se convirtió en una novela.

Es que cada generación encontró nuevas lecturas y uno mismo no la mira hoy con los ojos de aquel adolescente que hacía cola frente al Gran Splendid para verla. Sigue siendo una gran película.

“Parecía que el momento era el correcto, que la gente estaba buscando, nuevamente, liderazgo y valores morales”, le dijo Peter Weir, el director de la película, a la revista Forbes buscando una explicación al éxito que estaba viviendo La sociedad de los poetas muertos. “Con el declive de la religión en la vida diaria, que alguien crea en algo en esta era de divorcio y familias monoparentales es importante ... Estoy seguro de que soy un moralista. Pero ciertamente no selecciono una película sobre esa base, de lo contrario sería un predicador moral y Dios me libre de eso. Me atrae una buena historia en la que estén involucradas las elecciones morales”.

El Robin Williams más sensible está en el papel de John Keating, un profesor de literatura poco ortodoxo que va a dar clase al más ortodoxo de los colegios de fines de la década de 1950. Carismático y sensible, invita a los alumnos a los placeres de la poesía, reviviendo una vieja cofradía -la sociedad de los poetas muertos del título- que se reunía en una caverna a leer poemarios propios y ajenos.

Eso genera un despertar y una rebeldía juvenil que enfrenta la autoridad del colegio —cuyos pilares son “tradición, honor, discilplina, excelencia”— al grito de guerra de “Carpe Diem”, aquello del poeta Horacio que significa “aprovecha cada día, no te fíes del mañana”. El choque entre las dos filosofías tendrá consecuencias fatales pero, como deja clarísimo, la última escena con los estudiantes dándole sus respetos a Keating (“Oh, capitán, mi capitan”) la semilla quedó plantada. Es una película idealista y ese es otro de sus encantos que se mantienen.

Hoy algo olvidado (nofilma desde 2010), Weir fue uno de los grandes directores del último cuarto del siglo pasado. Ya en Australia, donde nació en 1944, desarrolló una carrera que se hizo notar con Picnic en las rocas colgantes (que también transcurría en un colegio privado), La última ola y Galipoli. Ya demostraba un pulso narrativo que confirmaría con una seguidilla de películas importantes en Hollywood a donde llegó a mediados de la década de 1980: Testigo en peligro, La costa mosquito, La sociedad de los poetas muertos, Green Card, Sin miedo a la muerte, The Truman Show y Capitanes de mar y guerra. Con ellas consiguió cuatro nominaciones al Oscar como mejor director, una como mejor guionista y una como mejor película; nunca lo ganó.

En su cine suelen repetirse los personajes aislados en un mundo que no comprenden y no los logra comprender. El ejemplo más extremo es The Truman Show con Jim Carrey intentando entender un universo que le resulta, extrañamente, ajeno. Eso también está en La sociedad de los poetas muertos.

La película no es un proyecto original de Weir sino que tomó la producción después de leer el guion de Tom Schulman quien se inspiró en su experiencia en la Montgomery Bell Academy de Nashville. Originalmente el papel de Keating lo iba a interpretar Liam Neeson (también se consideraron para el rol a Dustin Hoffman, Tom Hanks y, atentí, Mickey Rourke) pero la llegada de Williams fue impuesta por el propio director. Un acierto.

El resultado sigue teniendo el aliento clásico que hace a las cosas eternas. Está llena de grandes momentos de los que se recitan de memoria y eso incluye ese final con todos los muchachos sobre los escritorios, rindiéndole respeto a un simple profesor de literatura.

Esas cosas que pasan en el cine y uno quisiera que pasen en la vida y La sociedad de los poetas muertos nos hacen creer que son posibles. Aun 30 años después.

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