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Crítica: Netflix estrenó "El Camino: una película de 'Breaking Bad'" y está buenísima

Aaron Paul se luce como protagonista de este nuevo spin off de la popular serie, en el que el destino de Jesse Pinkman está como merecía ser contado

El Camino: una película de Breaking Bad. Foto: Netflix
El Camino: una película de Breaking Bad. Foto: Netflix

Antes de El Camino: una película de Breaking Bad, el spin off de la serie que estrenó ayer Netflix, se puede ver una recopilación de cómo se llegó a donde se llegó. Allí, quedan en evidencia las cosas que pasó Jesse Pinkman (Aaron Paul) en cinco temporadas y cómo, más allá de la omnipresencia de Walter White (el profesor de Química devenido zar de la metanfetamina interpretado por Bryan Cranston), era la odisea personal del pobre Jesse, el estudiante que se convierte en socio y víctima de la avaricia de White. Le pasó de todo y lo sobrellevó como el único personaje con algo de conciencia en un mundo violento e impiadoso. Era un gran personaje.

Ahora en El Camino, Jesse está en el centro de la historia. La película (escrita y dirigida por Vince Gilligan, el creador de la serie) toma su historia en donde la dejó el gran final de la serie: está huyendo del lugar donde fue encarcelado y torturado durante meses, y dejando atrás una matanza que dejó nueve víctimas fatales entre las que está -y esto no debería, a esta altura, ser un spoiler- el mismísimo Walter White, quien murió en un inédito gesto de martirio para salvarlo.

Jesse se va como puede y la película lo sigue en su intento por, ahora sí, borrarse del mapa, quizás a Alaska siguiendo la recomendación de Mike (Jonathan Banks). Para conseguirlo deberá hacerse de algo de dinero y sortear obstáculos complicados, incluyendo la ambición de un par de delincuentes peligrosos aunque, como él, algo torpes. Debe además intentar encontrar la redención propia de un héroe trágico como el que le tocó en suerte. El Camino refiere al Chevrolet de 1978 con el que se dio a la fuga.

La película -que dura dos horas que pasan entretenidas, porque tiene algunos pasos de comedia y porque la historia es atrapante- es el segundo subproducto surgido de Breaking Bad, después de Better Call Saul, la serie que también está disponible en Netflix. Ha sido un éxito por derecho propio aunque es una especie de precuela centrada en Saul Goldman, el abogado de White y Pinkman que interpreta Bob Odenkirk.

Ese interés en seguir aprovechando la nave madre revela el poder de una serie que se emitió entre 2008 y 2013, una época que, a la velocidad que vamos, parece la prehistoria. Es una de las grandes series de la historia de la televisión, principalmente porque Gilligan mantuvo la tensión y la puesta en escena a un nivel cinematográfico.

La idea de seguir trabajando sobre esos personajes, se le ocurrió a Gilligan cuando pensó en celebrar los 10 años del capítulo estreno. Quizás tuvo la impresión de que la historia de Jesse no había sido contada con justicia: acá es mostrado como un hombre al borde de un ataque de nervios que busca desesperadamente una salida.

En ese camino, además, se cruzará con algunos personajes del pasado y otros (Todd, por ejemplo, que sigue siendo el tipo más violento y más amable del mundo) aparecen en flashbacks que sirven, principalmente, para ilustrar lo que el pobre Jesse vivió durante su cautiverio. Acá no vamos a revelar si aparece o no Walter White porque, al igual que en Better Call Saul, esa expectativa es parte de la gracia.

Igual no está de más avisar que no aparecen ni Saul ni Gustavo Fring (el temible propietario de Pollos Hermanos que interpretaba Giancarlo Esposito), pero sí hay algunos personajes nuevos que tienen sus propias peligrosidades.

El Camino respeta los lineamientos formales que estaban en la serie. Eso incluye los planos generales, las profundidades de campo, buenas ideas visuales (un plano cenital donde vemos a ocho Jesse Pinkman revolviendo una casa) y un uso interesante de la banda sonora. Paul está exigido como nunca: aparece en cada una de las escenas.

Y El Camino comparte, además, esa sensación que teníamos los espectadores de la serie de que ¡por favor! Jesse consiga un descanso. Acá le cuesta todo, porque aún está en él esa combinación de frialdad, ternura y mucha torpeza, tres características que no lo han ayudado mucho en la vida. Los fanáticos de Breaking Bad van a poder llenar algunos huecos de la historia (principalmente cómo fue el cautiverio de Jesse) y acompañarlo 48 horas en las que intenta encontrarse a sí mismo, sabiendo que eso queda muy lejos de donde está ahora.

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