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Crítica de "Mujercitas": la versión de Greta Gerwig se estrenó en Uruguay y es lindísima

La película basada en el clásico de Louise May Alcott sobre las hermanas March conserva la emoción y la historia del original

Mujercitas
Saorsie Ronan y Timothee Chalamet, Jo y Laurie en una versión de "Mujercitas"

Lo más simple y preciso que se puede decir es que Mujercitas es una película lindísima. El adjetivo es cursi, cierto, pero es el más apropiado. Y no tiene sarcasmo: la nueva adaptación del clásico de Louise May Alcott es otra de las grandes películas de las que andan en la vuelta con aspiraciones de Oscar.

Una gran parte del mérito está en la novela de Louise May Alcott, escrita en 1868 y que se ha mantenido como un rito de pasaje de, principalmente, las adolescentes. Sin intención, además, se ha convertido en un libro que parece siempre estar dialogando con la realidad: su estado de la situación de la mujer en la sociedad de su tiempo sigue reflejando inequidades más contemporáneas. Lo mismo pasa con Jane Austen.

Esa cuestión femenina ya estaba presente, aunque a nivel menos “social” y más personal, en la primera película de Greta Gerwig como directora, Lady Bird, una formidable comedia sobre una muchacha que siente una necesidad imperiosa de conquistar el mundo. Así, la Jo March de Mujercitas es ascendiente directa de aquella Lady Bird que también interpretaba Saorsie Ronan, quien ahora vuelve a estar nominada.

La historia es la de siempre. Sigue las aventuras de las cuatro hermanas March —Jo, Meg (Emma Watson), Amy (Florence Pough, nominada al Oscar) y Beth (Eliza Scanlen), la más fragil del grupo- que viven en armonía familiar junto a su madre (Laura Dern) y Hana (Jayne Houdyshell), la fiel empleada que es una más del clan. El padre (Bob Odenkirk) está en la Guerra de Secesión y la tía March (Meryl Streep), la rica de la familia, da una mano pero es una arpía. Por la casa rondan un par de candidatos (Timothee Chalamet que hace de Laurie, un papel justo para él; James Norton) y un anciano bueno (Chris Cooper) que encuentra en una de las hermanas la ilusión de una hija fallecida.

Para completar la troupe, hay que agregar un profesor francés (Louis Garrel) que es el interés romántico de Jo, quien también lidia con un editor severo (Tracey Letts), que impone las tendencias de mercado a los textos que ella escribe con entusiasmo; así un hombre impondrá el final de la película, en una referencia quizás a las cuestiones que puede padecer Gerwig como directora. También está contado el mandato de una mujer de casarse o ser una soltera rica como la única manera de ser independiente. “Solo se puede estar sola si sos dueña de un burdel o actriz, que es más o menos lo mismo”, sentencia la tía March y deja clarísimo el panorama.

La adaptación, firmada por la propia Gerwig, respeta los lineamientos anecdóticos de la novela, y eso incluye desavenencias amorosas, vocaciones frustradas, muertes dolorosas y todo el arsenal que ha mantenido a los lectores con lágrimas en los ojos durante 150 años. La directora conserva intacta toda esa emotividad que es parte esencial del cuento.

Se permite, eso sí, libertades narrativas que parecen indispensables para una historia ya muy vista en el cine. Están intactos los preciosismos visuales de las versiones anteriores y que son parte del género. Tiene los mismos cuidados de la versión que otra mujer (Gillian Armstrong) dirigió en 1994 y que venía con Wynona Ryder y Susan Sarandon, y aligera el torbellino que generaba Katherine Hepburn como Jo en la versión que George Cukor dirigió en 1933, y que es considerada canónicamente la mejor de todas.

Lo de Gerwig conserva el tono clásico que requiere la obra (no es Sofia Coppola haciendo María Antonieta) y se aprovecha de referencias pictóricas (la urbanidad parisina de Renoir, los colores ocres de los valles de Nueva Inglaterra) que hace lucir la fotografía del francés Yorick. La música de Alexandre Desplat y el vestuario de Jacquline Durran, nominados al Oscar en sus categorías, afirman el porte clásico.

Pero más alla de esos lustres más tradicionales, hay modernidad, por ejemplo, en el planteo cronológico de la historia, que superpone presente y pasado. Eso complejiza y a la vez trae nuevas lecturas a la anécdota conocida, y genera un continuo narrativo que construye su propio universo: el mundo de Mujercitas es, también, un espacio mental de nostalgia y amor, y la causa del destino de sus personajes.

Gerwig no está nominada al Oscar a mejor director, lo que confirma la potencia de algunos de los planteos de Mujercitas. Hay una directora con ideas en el uso del sonido (la película pasa del murmullo masculino, al bullicio femenino de la casa March y la placidez pastoral del cierre); o en ese último plano que trae incertidumbre a un final feliz.

Cosas así, de las que hay más, reflejan las inquietudes de una directora que sabe lo que quiere decir y sabe cómo decirlo. Esta vez, con una película lindísima.

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