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Un chapuzón de cine nuevo en Mar del Plata

Apuntes desde el festival de cine del balneario argentino en su edición número 31, y que comenzó con ovaciones para la película "Neruda", del director Pablo Larraín.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Foto: Flickr

“A mí me gusta decir que el marketing hace milagros”, le dice una asistente a José Martínez Suárez, el hermano de Mirtha Legrand que dedicó su vida al cine y preside el festival más importante del continente. Arrugado, canoso, flaco, con voz aguda, “Don José” recorre el majestuoso Hotel Hermitage a golpe de bastón, recibiendo a decenas de periodistas que quieren entrevistarlo.

Cuando ingresa al Auditorio del Hotel Provincial para dar inicio a la edición número 31 de una muestra que empezó hace 62 años, es ovacionado por el público. Tanto aplauso parece apurarle el paso. En el estrado, hace una especie de rutina cómica junto a Fernando Martín Peña, director artístico del único festival latino que es categoría A; es decir: que no tiene nada que envidiarle a Cannes, San Sebastián, Venencia o Berlín.

Mar del Plata es la tercera ciudad más poblada de Argentina. De su millón y medio de habitantes se calcula que al menos 150.000 asisten a estas funciones. La noche del viernes un centenar de personas rodeó la alfombra roja. El viento de la costa no los detuvo. Tampoco intimó a María Fernanda Cadenas, que usó un vesitdo strapless largo y amarillo y fue la única en arrastrar una cola por las escalinatas. 

El otro famoso fue Andy Kusnetzoff , que llegó para conducir la gala y presentar el show de apertura de la fantástica Orquesta Hypnofón. Alejandro Terán, un director de orquesta que usa pantalón chupín y una chaqueta con ombreras y flecos, sorprendió con una versión del tema "Paisaje" de Gilda. El gesto pudo ser tanto un guiño para Lorena Muñoz, directora del film que es miembro del Jurado, como una caricia al ego del cine argentino que lleva dos años de éxitos metiéndose al público en el bolsillo.

Neruda según Larraín

La primera película proyectada —fuera de competencia— fue Neruda, la producción más ambiciosa del gran director chileno Pablo Larraín. No estuvieron presentes ni él ni sus protagonistas Mercedes Morán, Luis Gnecco y Gael García Bernal.

Larraín trabajó sobre los dos años —entre 1948 y 1950— durante los cuales el poeta fue senador comunista y se pasó huyendo de la policía, acusado de traidor a la patria por un presidente represor, al que había apoyado durante su candidatura. Frente a este coletazo de la Guerra Fría en el Cono Sur que quería terminar con “los rojos”, Neruda respondió con poemas que se difundieron de forma clandestina, especialmente el Canto Popular.

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Hay tres autores en esta obra. Primero Guillermo Calderón, dramaturgo estrella y nuevo aliado de Larraín. El texto, omnipresente, gobierna el relato. Luego, el fotógrafo S. Armstrong, que hace un trabajo brillante alternando coreografías de movimientos de cámara, continuos cambios de escenarios dentro de una misma escena, tonos de luces y texturas pictóricas, húmedas, con olor a barro y pasto mojado, planos generales con contrapicados, y culminando con unos retratos en la nieve de gran belleza. Y tercero Larraín. Es innegable que tiene buenas ideas de dirección (especialmente cuando presenta a los personajes en la primera media hora), y que acertó en su elección de un montaje de escenas a los navajazos para darle agilidad y a su vez sugerir la subtrama de esta semi biopic: la propia obra ficcional; o sea lo límites entre la ficción y la realidad.

Calderón y Larraín le dieron estructura de novela policial a esta “persecusión salvaje”, dejando en manos de Gael García Bernal (otro fetiche de Larraín) el personaje de Oscar Peluchoneau, un grotesto detective con sensibilidad artística. Este juego del gato y el ratón se va convirtiendo en un western, pero con tono empalagoso in crescendo que deja frases pomposas como “yo era de papel y ahora soy de sangre”. Finalmente, la película parece hacerse trampa con su propio ego y deja la sensación de que hubo demasiados ojos, labios y manos sobre este Neruda.

De todo para ver

Y ahora se viene un mareo, porque son 400 los títulos que se exhibirán; 43,3% de ellos films regionales. Hay cuatro secciones. Una competitiva concentrada en el cine argentino, con obras de directores más y menos conocidos, entre ellos Albertina Carri, Matías Piñeiro, José Celestino Campusano, Gastón Solnicki, Maximiliano Schonfeld y Néstor Frenkel. Y otra tanda en concurso latinoamericano, entre las cuales concursa el fenómeno uruguayo Los modernos (de Marcela Matta y Mauro Sarser).

Un panorama internacional trae las más recientes obras de Werner Herzog, Jim Jarmusch, Terrence Davies, Andrzej Wajda, Abbis Kiarostami, Johnnie To, Sion Sono, Ben Wheatley, Jonás Trueba, Hong Sang-Soo, Akihiko Shiota, Manoel de Oliveira, Oliver Stone, Cristi Puiu, Ulrich Seidl, Mariko Tetsuya, Raúl Perrone.

Además habrá una panzada de tributos al cine, con clásicos restaurados (como El caballo de hierro de John Ford), cine sobre el cine (David Lynch, Raúl Perrone, Brian De Palma, Ruy Guerra, Glauber Rocha, Abbis Kiarostami y Fritz Lang tienen sus documentales) y rescatados del olvido, como Mujeres que trabajan, debut de Niní Mashall y Los 4 golpes: cortometraje que Francois Truffaut rodó en Mar del Plata cuando visitó el festival. La cereza de la torta serán las charlas abiertas con el director de fotografía Vittorio Storaro y con el cineasta Olivier Assayas.

Fernando Martín Peña tenía razón cuando dijo que “todo el cine del mundo está en Mar del Plata”, una ciudad con una estética inspiradora, adormecida en sus años de esplendor, plagada de pequeños hoteles sin estrellas, tiendas pakistaníes de chucherías y gente haciendo "footing".

A la salida del cine el mar sigue ahí, como un hermoso paisaje en segundo plano que todos ven pero casi nadie toca porque dicen, que como si le hiciera un favor al festival, en noviembre el agua se pone helada.

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