CARLOS LECHUGA

"Con la censura uno se pone paranoico"

Viajó a más de 30 festivales con su película Santa y Andrés, pero aún no la ven en Cuba: las autoridades prohibieron su exhibición a pesar de haber aprobado y premiado su guión, y de los comentarios favorables que acumula en cada viaje.

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Carlos Lechuga. Foto: Difusión

La censura despertó curiosidad en el exterior, pero no da distribución. Según su director, tras la muerte de Fidel Castro y en un contexto de apertura internacional, una película crítica al gobierno cubano resulta “incómoda” y por eso no concreta sus ventas. Tampoco tuvo suerte en Uruguay.

—¿De alguna forma la censura le jugó a favor a la película?

—A favor nunca me ha jugado porque por la censura la gente no la ve de la misma manera: el que lo sabe pierde un poco esa virginidad de espectador al acercarse a la película. Yo creo que los problemas y los errores hay que hablarlos, y cuando los directores de cultura dijeron que preferían no ponerla quedé en un callejón sin salida.

—¿Había filmado pensando en esta posibilidad?

—No, porque filmé con todos los permisos y era un guión conocido, que pasó por varias manos cubanas. Yo sé que la película tiene una carga política fuerte, pero como es una historia que al final de cuentas habla de la unidad, de limar asperezas y de olvidar los rencores, como es una historia de amor, creía que iba a ayudar. Estoy convencido de que esa es la médula espinal y que ellos solo vieron algunos matices.

—¿Por qué escribió esta historia?

—Quería poner en un mismo espacio dos maneras de pensar muy diferentes. Cada vez que ocurre algo dramático como la muerte de Fidel o las elecciones ganadas por Trump, en Facebook ves lo dividido que están los cubanos. Creo que tenemos más cosas que nos unen que las que nos separan. Así que dije, ¿qué pasa si hacemos una película de un vigilante y un vigilado y que se dan cuenta que tienen una conexión?

—El tipo de personaje y la relación de amistad que surge entre ellos recuerdan a un clásico del cine cubano, Fresa y chocolate. ¿Es un homenaje?

—Claro. A partir de 1959 todo el cine de Tomás Gutiérrez Alea ha sido muy crítico y eso marcó mucho a mi generación. Yo sabía que había puntos en común y quise alejarme, pero me quedó como un pequeño homenaje casi sin querer.

—El protagonista es un escritor gay que tiene prohibido escribir. ¿Se inspiró en la biografía de Reynaldo Arenas?

—Sí. Está basada en el grupo de amigos de Reynaldo Arenas, investigué mucho sus vidas.

—¿Qué piensa de la forma en que les tocó vivir?

—Me costó mucho trabajo encontrar sus libros en Cuba y eso me dio un poquito más de curiosidad para investigar. Nos perdimos de mucha gente talentosa, porque fueron talentos que no publicaron en la isla y que a lo mejor ni siquiera pudieron hacerlo afuera.

—¿Cree que la censura lo acercó a su personaje?

—Me hubiera gustado no acercarme. Hay gente que dice que los espíritus ayudan, pero los espíritus te dicen que en lo que no sabes mejor no te metas.

Santa y Andrés viajó a más de 30 países pero nunca fue exhibida en Cuba.

—No. Lo que hago para mostrarla es invitar de a dos personas para que vengan a mi casa, que es muy chica, así que la vemos sentados en mi cama.

—En Cuba se hacen tres o cuatro películas al año. ¿Cuáles son los caminos?

—Hay un instituto de cine que es la única casa productora legal que existe. Y luego hay productoras independientes, que están en un estado un poco raro, es decir, son toleradas pero también se ven como una competencia al instituto. No hay fondos para aplicar a los guiones, así que tenés que aplicar a fondos del exterior, no queda otra. Está desorganizado, la verdad, y los cineastas llevamos tres años buscando una ley de cine más clara.

—¿Qué tipo de cine le interesa?

—Mis dos películas, Melaza (2012) y Santa y Andrés, tienen una temática muy social, pero ahora quiero hacer una película de vampiros. Mi gusto es muy variado, va desde el cine de género, pasando por el art house hasta el cine cubano tradicional.

—En febrero visitó el Festival de Punta del Este, pero nunca asistió a la conferencia de prensa. ¿Qué fue lo que pasó?

—Fue un problema de desorganización del festival. No me dejaban subir al transporte contratado así que tuve que ir a la presentación de mi película en taxi, que salió carísimo. Tampoco me dijeron que tenía las comidas pagas, y salí a tomar un café que me costó seis dólares. Envié muchos mails y no me respondían, así que me fui a la casa de un amigo en Montevideo para poder mantenerme allí todos los días que me quedaban.

—¿Creyó que era un coletazo de la censura?

—Cuando vas de festival en festival y llegas a Uruguay y te dicen que están diciendo que andas con dos mujeres y por eso no fuiste a una conferencia, es raro. Empecé a pensar que era algo planificado para dañar la película. Con la censura uno se pone paranoico.

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