cine - diario de un festival

Buen cine argentino dificulta la competencia

El público de Mar del Plata acompaña con entusiasmo las proyecciones del cine local que buscan el premio.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
"Pinamar". Foto: Difusión

Pinamar

“Cerca del mar, una película que sucede en el mar”, dijo Federico Godfrid para presentar Pinamar, su segunda obra luego de la elogiada La Tigra, Chaco. Según contó la guionista Lucía Moller, la escritura partió desde un espacio: un típico apartamento de balneario —ese que pasa de generación en generacón conservando los mismos muebles. Y se inspiró en una anécdota personal: cuando tuvo que tirar las cenizas de su madre en compañía de su hermana.

En Pinamar hay dos hermanos que llegan a un lugar en el que fueron felices para terminar de enterrar a su madre fallecida en un accidente y vender el apartamento familiar para, al regresar a Buenos Aires, mudarse por separado. Pablo (Juan Grandinetti), arisco, amargado, parece estar preparado para todo, manteniendo un forzado autocontrol que se ve amenazado por la constante frescura y humor de su hermano menor Miguel (genial Agustín Pardella). La naturalidad y gracia de Pardella rescata cada línea de diálogo con riesgo de ser solemne, generando una empatía inmediata.

La (cariñosa) rivalidad entre hermanos estará marcada por la presencia de Laura (Violena Palukas), una vecina del edificio que los acompañará en esta especie de duelo que debía durar un día y se extiende por tres. El resultado de Pinamar es una mezcla de angustia, miedo y mucha felicidad. Tiene escenas mágicas, que ocurren con esa luz de los balnearios fuera de temporada, y entre jóvenes siendo jóvenes, con actuaciones que lucen improvisadas por su espontaneidad y encanto.

La dirección de fotografía se luce (especialmente en la escena de la corrida en el bosque) al igual que el trabajo de Moller y Godfrid, con un manejo impecable del vaivén emocional concentrado en detalles de comportamiento, gestos contradictorios, flashback sugeridos con sensibilidad y mucho humor. Pinamar es una buena candidata a llevarse un premio.

Los ganadores

Néstor Frenkel generó una pequeña polémica moral con su documental Los ganadores. “Voy a una zona patinosa para meter los pies en el barro y que vos te preguntes si soy o no una mala persona”, reconoció. Su última película vuelve a repetir la fórmula de Construcción de una ciudad, Amateur y El gran simulador: hay un director que reconoce su fascinación por las pequeñas grandes pasiones de sus personajes, que presenta el tema con una introducción hecha a base de material de archivo, editada a ritmo de vértigo, para luego concentrarse en uno solo de esos rostros y registrar la construcción de esa pasión en la intimidad de la entrevista.

Los ganadores arranca como una especie de spin-off de Amateur, recordando que su protagonista Jorge Mario, dentista, boy scout, coleccionista, cineasta y crítico de cine de Concordia, tenía decenas de premios desconocidos por su labor local. Frenkel acompañó a Jorge Mario a una de estas premiaciones en Buenos Aires y ahí, en las ocho horas que duró la entrega de 239 galardones a famosos sin glamour que brindaron con vasos de plástico y refuerzos de salame, en los discursos tragicómicos, en el ridículo ego de varios, en la especificidad de las labores premiadas, sospechó que había una película.

Este universo de profesionales de cotillón recuerda al cuestionado documental uruguayo Perejiles (Federico González). Luego de recorrer esta pequeña industria de premiaciones en parrilladas, clubes sociales y hoteles dos estrellas, Frenkel consigue entrevistar a tres premiadores habituales, que a su vez producen los premios Estampas de Buenos Aires. Los personajes, sus enojos, sus esfuerzos, su emoción, su preparación para recibir un premio por el que prácticamente pagaron y que no tiene ningún valor social, son captados por cámaras que se parecen a espías chismosas.

Como sucedió con El ciudadano ilustre (Mariano Cohn y Gastón Duprat), las carcajadas son continuas, pero cuando el centro del asunto es reírse de la sencillez y humillar la pequeña prepotencia de un grupo sin ningún poder real, la “buscada incomodidad” se puede confundir con exceso de corrección política o simplemente con inmoralidad por parte del director y burla por parte del espectador, sobre todo si se trata de un documental cuyos personajes existen y probablemente no se vean a sí mismos de esa manera.

Hermia y Helena

La jornada se cerró con la exhibición de Hermia y Helena, la última película de Matías Piñeiro, uno de los directores jóvenes más prolíficos y particulares de Argentina. Con este film vuelve a trabajar en torno al universo femenino shakesperiano, tal como hizo en sus obras anteriores Viola, Rosalinda y La princesa de Francia.

Esta vez, son los personajes de Sueño de una noche de verano los que son trasladados a la modernidad, en el espíritu de dos jóvenes que dejan Buenos Aires para cursar una beca de un año en Nueva York (experiencia que atravesó el propio cineasta becado por Harvard). Cuando Carmen (María Villar) vuelve, su amiga Camila (Agustina Muñoz) toma su lugar. Cada una intentará terminar sus proyectos artísticos (ambos vinculados a montar una versión de esta obra Argentina), pero tropezando con viejos y nuevos amores, visitas equivocadas, excusas, falsas promesas, y encuentros familiares reveladores (de aquí surge la mejor escena, cuando Camila visita a un padre que desconoce).

Piñeiro ha venido generando su propio universo cinematográfico: lleva 10 años dirigiendo a las mismas actrices y mezclando el cine con el teatro y las artes plásticas, variando la forma en que dirige a personajes escena a escena. El suyo es un cine de ensayo y error, que prioriza la prueba, que inventa y propone, que ofrece una poesía interrumpida y acelerada (hay escenas en las que las actrices hablan a toda velocidad). Por todo esto es interesante, aunque para cierto público podrá resultarle un ejercicio snob e intelectual, poco empático, más vistoso que sólido, y también tendrá razón.

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