Mañana se estrena la nueva de Tim Burton

Big Eyes: la gran estafa del arte kitsch

En 1964, Margaret Keane estaba entre las artistas vivas más famosas de Estados Unidos, solo que nadie lo sabía. Keane era la pintora detrás de esos niños tiernos de grandes ojos que adornan las paredes de casas de todo el mundo, la madre de una legión de adorables niños abandonados.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Amy Adams en la nueva película de Burton.

Sus óleos estaban firmados simplemente "Keane" y eso le permitió a su marido, Walter Keane, un charlatán, adjudicarse el crédito de la obra.

El surgimiento de la estética Keane en la década de 1960 y la gradual y extravagante revelación de su mentira, casi dos décadas después, es el centro de la nueva biopic de Tim Burton, Big Eyes que se estrena mañana en Uruguay. La película protagonizada por Amy Adams como Margaret, una mujer tímida esclavizada por su dominante esposo, y Christoph Waltz como Walter, quien convence a todo el mundo desde Wayne Newton a la esposa de Chiang Kai-shek de que él era el retratista. Después de una vida californiana por todo lo alto y regada en alcohol, el verdadero Walter Keane murió pobre en 2000, amargado después que su exesposa juntó el valor para demandarlo y reclamarle su carrerera. A los 87, con más de 60 años de pintora, Keane finalmente ve retratada su historia.

"Puedo firmar mis pinturas con mi nombre", dijo recientemente. "Es una bendición".

Pero liberarse de un matrimonio turbulento que de última le dio fama mundial y haber decidido seguir con la mentira de su esposo, no fue fácil.

"Mirando atrás, ¿cómo pude ser tan estúpida", dijo.

"No eras estúpida", le dice Adams, quien se unió a Keane para la entrevista. "Fue sólo algo que sucedió así, fuiste cómplice y terminaste conviviendo con esa dinámica".

La trayectoria de Keane fue de alguna manera producto de una era en que las mujeres eran alentadas a seguir a sus esposos. A pesar de que pintaba desde que era una niña, Keane creía que una artista no podía vender tanto como un hombre. Nunca dudó de su talento —aún pinta en su casa de Napa, California, y vende a través de la galería Keane Eyes de San Francisco— pero su nueva confianza fue en paralelo con el creicimiento del movimiento de la mujer y la aceptación de los outsiders y los artistas pop. Hoy convertida en Testigo de Jehová, su increíble historia la ubica en el medio de una profunda grieta cultural.

Cuando Margaret Ulbrich conoció a Walter Keane en la década de 1950 en San Francisco, él se presentaba como un agente inmobliario convertido en pintor de escenas callejeras parisinas. Divorciada y con una hija, lo vio como un proveedor y un romántico. "Al principio, era la persona más encantadora del mundo", dice Keane. Pero a los pocos años de casados, descubrió un montón de pinturas de escenas callejeras y se dio cuenta que el trabajo de su marido era en realidad de otra persona. "Me embromó", dice. "Pensé que era un artista".

Enfrentado con su mentira, Walter la convenció de que su musa estaba en reposo. "Me dijo estoy un poco oxidado y aprenderé si me enseñas un poco", recuerda. "Yo quería creerle, e intenté enseñarle. Y fue mi culpa que él no pudiera aprender, porque no le estaba enseñando bien".

En tanto, los óleos con los ojos grandes de Keane empezaron a captar la atención del público y —gracias a las habilidades promocionales de Walter— de compradores. A medida que las imágenes ganaban popularidad —entre el público, que no en el mundo del arte— Walter pensó en hacer impresiones baratas y licenciar los dibujos para postales, tazas, platos y más. "Los hizo famosos de la noche a la mañana", dice Keane. "No sé si de otra manera hubieran sido conocidos".

Para ella, dibujando sin parar figuras cada vez más tristes mientras su marido socializaba, fue una pesadilla. "Estaba atrapada y cada vez me metía más y más. No tenía la sensatez para frenarlo o quizás el coraje. Y entonces, pienso, mintiendo así perdió contacto con la realidad. Creo que se autoconvenció de que podía pintar". Se divorciarion en 1965, pero él siguió actuando como un artista exitoso.

En 1970, Keane volvió a casarse y se fue a vivir a Hawai, donde empezó a hablar públicamente acerca de su autoría. Y en 1986, las habilidades de Walter con un pincel fueron puestas a prueba en una corte de Honolulu, donde ella llevó una demanda por difamación y sus abogados consideraron que la única manera de liquidar el asunto era que ambos pintaran un cuadro. Keane hizo uno de sus clásicos dibujos en menos de una hora y Walter, diciendo que tenía un dolor en el hombro, dejó el lienzo en blanco. Ganó la demanda por unos cuatro millones de dólares. Hasta el día de su muerte, Walter juró que era el creador de los grandes ojos y que su esposa le copió el estilo.

El escritor Adam Parfrey pasó un tiempo con Walter Keane para un artículo en The San Diego Reader en 1992, que luego fue extendido a un nuevo libro Citizen Keane: The Big Lies Behind The Big Eyes ("Ciudadano Keane: Las grandes mentiras detrás de los grande ojos") escrito con Cletus Nelson. Tras entrevistar a viejos amigos de Keane, "nunca encontré uno que lo hubiera visto pintando", dice Parfrey.

Burton es un coleccionista de Keane, cuya obra conoció de niño. "Los encuentro interesantes porque son perturbadores", dice. "Era como por qué no tener una pintura de un niño llorando en una pared".

La respuesta dividida hacia su obra, ridiculizada como kitsch por los críticos y resucitada como una moda fugaz por la cultura pop cada varios años, también lo atrajo. "La polarización —que algunos la amen y otros la odien—, es algo que yo también he experimentado", dice Burton.

Le encargó retratos a Margaret Keane y quedó impactado por su actitud. "De alguna manera", dice, "es la feminista más tranquila: Soy una mujer, apenas se me oye hablar". "Pero bajo eso hay una chispa", agrega. "Puede ser vista como una víctima, aunque no lo era".

A pesar de que el interés por la obra de Margaret Keane y su precio en el mercado secundario crecieron por la publicidad de la película, la atención fue para ella. "Preferiría estar en casa sola, pintando", dice.

Si Tim Burton vuelve le perdonamos lo que hizo.

Después de que Tim Burton se dedicara a hacerle olvidar el por qué del cariño a sus fanáticos con películas como Alicia en el país de las maravillas o Charlie y su fábrica de chocolates, con Big Eyes parece volver a territorios más interesantes. En sus mejores momentos, Burton ha conseguido transmitir humanidad en personajes que suelen tener aristas bizarras o peculiares. En ese sentido, Big Eyes tendría que estar más cerca de cosas como Ed Wood o El gran pez, hoy considerado lo más sólido de una carrera demasiado irregular para ser perfecta. La historia de una mujer, sus cuadros inquietantes y su marido abusivo ocurre en el universo más caro a Burton: el de unos seres entrañables condenados a convivir con la incomodidad de un mundo que no está hecho a su medida. FERNÁN CISNERO

Historia exagerada incluso para Burton.

Christophe Waltz, ganador de dos Oscar, interpreta a Walter Keane como un diabólico zalamero, pero el Walter de la vida real era aún más exacerbado de lo que aparece en Big Eyes, de acuerdo a quienes lo conocieron, especialmente durante el juicio que le entabló su exesposa por la autoría de las obras y en el que se representó y se interrogó a sí mismo.

"Que el juez lo haya declarado inapropiado y le haya tenido que tapar la boca para que no pudiera hablar", dice Adam Parfrey, un periodista que lo entrevistó en 1982, "era demasiado incluso para una película de Tim Burton". Parfrey no tuvo nada que ver con la película, aunque uno de sus libros inspiró Ed Wood, una película escrita por los mismos guionistas, Scott Alexander y Larry Karaszewski, y que dirigió Burton.

Alexander y Karaszewski se acercaron a Margaret Keane para hacer una película con su vida hace alrededor de 11 años, dice la propia artista. Pero el proyecto quedó estancado hasta que Burton se asoció a la historia, deseoso de volver a historias de personajes un tanto más íntimas, después de obras llenas de efectos especiales como Alicia en el país de las maravillas.

La película sobre Keane es su primera película independiente, dice Burton, y quizás haya sido su cronograma de producción más corto y probablemente su película de más bajo presupuesto desde Pee-wees Big Adventure, su debut de 1985.

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