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"Bajos instintos", la película que definió una época ahora está para ver en Netflix

La plataforma de streaming agregó a su grilla este thriller erótico con Sharon Stone y Michael Douglas

Sharon Stone en Bajos instintos
Sharon Stone en Bajos instintos

Lo primero que se piensa al ver Bajos instintos, 28 años después de su estreno, es que ya no se hacen películas así. Y que sencillamente ya no se hacen películas eróticas. El cine se ha vuelto célibe y lo más atrevido a lo que se atreve es al sadomasoquismo puritano de la saga de 50 sombras de Grey.

Solo viendo los primeros cinco minutos (una pareja haciendo efusivamente el amor) de Bajos instintos, es comprobar que en la década de 1990, todo parecía estar permitido. La película utiliza la plataforma del cine noir (sintetizada en una mujer que hace trizas a un hombre) para combinar bisexualismo, crimen, adulterio, cocaína, una escena de violación y un cruce de piernas que se volvió icónico. Todo es excesivo pero eso parece ser parte de la gracia. Y tiende a ser, en las condiciones del contrato actual de lectura, políticamente incorrecta.

Así, verla (o volverla a ver) ahora que acaba de integrarse a la grilla de Netflix, permite analizarla acumulando -queriendo o sin querer- los cambios de paradigma de los tiempos recientes. Activistas de los derechos por los gays reclamaron en su momento un boicot a la película por lo que consideraban un retrato negativo de las mujeres bisexuales. Otras feministas —Camille Paglia, por ejemplo— la saludaron con entusiasmo.

Carolco, una compañía que se esfumó como tanto de la década de 1990, había pagado tres millones de dólares por el libreto a Joe Eszterhas, un pintoresco emigrante húngaro que representa en sí mismo los excesos propios de aquellos años. Como para hacer más arriesgada la apuesta se contrató a Paul Verhoeven, un director holandés con éxitos de Hollywood (Robocop, El vengador del futuro) y antecedentes de cine erótico tirando a explícito en su país natal (Delicia turca, por ejemplo). La filmografía de Verhoeven se completa con las interesantes Invasión, El hombre sin sombra y Elle y desastres como Showgirls. En todas de ella analiza el vínculo de sus personajes con el sexo.

Atrás de Verhoeven llegaron Michael Douglas y Sharon Stone, una principiante que aportaba la sensualidad y el misterio necesario para el papel. Para ocupar ese puesto se pensó en Julia Roberts, Geena Davis y Meg Ryan. Nada que ver.

Stone es Catherine Trammel, una escritora de novelas policiales, quien se convierte en la principal sospechosa cuando uno de sus amantes, una estrella de rock, aparece muerto en la cama atravesado por un picahielo. El método del crimen está calcado de la trama de uno de sus libros. Para el caso se asigna al detective Nick Curran (Douglas) quien rápidamente se ve seducido de una manera arrebatadora por la femme fatale aunque ella le adelanta que le va a arruinar la vida y lo está usando para escribir su nueva novela. Estamos viendo esa novela un giro ficcional interesante.

Aunque eso lo convierte en la próxima víctima el torpe de Curran hace todo lo que no debe: vuelve a tomar, a fumar y a dejarse llevar por esta rubia bisexual y peligrosa, una combinación que irritó a comentaristas de la época. Por ahí anda su terapeuta (Jeanne Triplehorn) quien lo está tratando porque enceguecido por cocaína, Curran mató a dos turistas. Fue su amante pero a nadie le parece que pueda incidir en su evaluación.

La música de Jerry Goldsmith (una de la dos nominaciones al Oscar que tuvo la película; la otra fue por su edición) y la fotografía de Jan De Bont, aportan buena parte de la gracia, haciendo obviar algunas incongruencias del guion. Pero como avisa la propia Catherine, su libro (y por lo tanto la película) hay que leerlos desde la suspensión de la incredulidad. En clave realista está lleno de incongruencias.

La película fue un éxito con más de 350 millones de dólares de taquilla a nivel mundial. Mucho de ello se debió, seguro, por el famoso cruce de piernas de Sharon Stone que, más allá de ese detalle, es una gran escena donde queda clara la tensión que provoca una mujer independiente en un mundo de hombres. El momento es además material de leyenda: Stone dice que fue engañada para mostrar su parte más íntima y Verhoeven, que ella sabía lo que hacía. Es una escena clásica.

Con todo eso y un picahielo en un final abierto inquietante, Verhoeven consigue un buen policial negro y el más respetable e incorrecto de los thrillers eróticos, un género tan en desuso que deja a Bajos instintos como testimonio de una época y de un cine que cada vez están más lejos.

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