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Nada asusta al público de Mar del Plata

Apuntes sobre algunas de las películas en el festival de cine más importante del continente.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Foto: Difusión

Una road movie de época, un film de aventuras sin aventuras, un ejercicio de fotografía con piscinas y un brillante film rumano de 3 horas de duración mantuvieron animado a un público incansable.

No te olvides de mí.
Alguien del público le dijo a la directora Fernanda Ramondo que había hecho una película noble. Otro espectador le agradeció por permitirle recordar la historia de sus abuelos. Y José Martínez Suárez, presidente del festival, le aseguró que No te olvides de mí lo había convencido. Se trata de una road movie ambientada en la Argentina rural de los años '30, cuando el progreso y la modernidad golpeaba las puertas del mundo. El protagonista es Mateo (interpretado con mucho oficio por Leonardo Sbaraglia), un anarquista rústico y tosco recién salido de la cárcel, que pasa sus días entre las sábanas de mujeres ajenas y robando gallinas para comenzar de nuevo a bordo de una furgoneta que convirtió en una especie de casa rodante.

En el camino se cruzará con Aurelia y con Carmelo, dos hermanos que llevan demasiado tiempo viajando a pie en busca de su padre. Pronto, Mateo les propone llevarlos al sur, a dónde se dirige en busca de Santo y Catalina, dos camaradas políticos a quienes les perdió el rastro.
“Me interesó la época para trabajar a personajes aislados en la tierra, porque Mateo es un outsider que quedó fuera de su época”, explicó Ramondo. La película contó con algunos de los mejores técnicos del medio en rubros como fotografía (Lucio Bonelli) y sonido (Catriel Vildosola), que rodaron con la consigna de evitar escenas de postales. El resultado es un film bello, con lindas escenas donde pequeños gestos concentran la emoción que se descartó declarar en palabras, una emoción siempre envuelta en la rudeza tierna reconocible en los entrañables personajes rurales.

La siesta del tigre.
Tres años le llevó a Maximiliano Schonfeld (Germania, La helada negra) rodar la aventura de sus cuatros personajes en la profunda selva entrerriana, buscando desenterrar los huesos de algún tigre diente de sable. “Mi padre murió cuando era niño, así que nunca tuve una aventura con él. Me pareció que esta podía ser una oportunidad de vivir eso que nunca pude”, confesó. Oriundo de Crespo, Schonfeld filmó a esos personajes icónicos de un pueblo, esos que atraviesan los años y las anécdotas. El líder de estos cuatro exploradores improvisados es Cochirila: pescador, paleontólogo amateur y ocasional Papá Noel. “Mientras los filmaba yo estaba ciego, porque también me concentré en buscar esos fósiles: la reflexión de cineasta vino más tarde”, contó.

Entre todo lo que podría ser, La siesta del tigre es una película sobre la fe, sobre la libertad infantil de la aventura con amigos; es una historia sobre cómo eso que buscamos nos transforma. Los cuatro amigos pasan el día raspando piedras, nadando juntos en el río, improvisando payadas, cantando temas de Dyango y ayudándose entre sí para llegar al pueblo con “el tigre armado”. Si bien se concibi||ó como un documental, esta obra se va convirtiendo en un relato de ficción de tono humorístico, un encare que el director asegura que le sugirieron sus particulares protagonistas. Uno de esos films que no repiten fórmulas, que se convierten por sus particularidades y energías en una obra única.

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Kékszakállú.
Gastón Solnicki tituló Barbazul (en húngaro) a su primera ficción (y tercer largo). Es que se inspiró en la ópera El castillo de Barbazul de Béla Bartók para hacer un relato experimental. Aquí estamos frente a una narración atípica, cuyas escenas son brevísimas, extraídas de situaciones cotidianas, especialmente de los momentos en que nos aburrimos.

De a poco, luego de regodearse en la fotogenia de sus personajes (en su mayoría femeninos y jóvenes), con planos que parecen la versión audiovisual de una buena foto fija, con los actores colocados en escenografías (muchas veces piscinas, ríos y playas) al antojo y capricho del realizador, la historia se tuerce.

El protagonismo lo toma una chica que hasta ahora había sido una extra. Laila Maltz logra una excelente composición de una chica adinerada, perezosa, torpe y desorientada de la que parece estarse burlando la mala suerte. Es una de esas comediantes físicas, que con solo moverse logran el chiste. No sabe qué quiere estudiar: así que va a pasear a la universidad y compra distintos repartidos de varias carreras, que probablemente nunca leerá. No quiere trabajar: así que consigue un puesto en una fábrica de envases de plástica hasta que se aburre y desaparece en la azotea. No quiere vivir más con su padre, pero no tiene dinero: así que come helado en su cama, pulpo con sus amigas y salmón con su hermana.

Kékszakállú es un divertido e interesante ejercicio, con algunas escenas muy bien logradas (como se va armando el plano final es una maravilla), uno de esos caprichos que dejan buen sabor.

Sierranevada.
La nueva película de Cristi Puiu es una muestra de la excelente salud del cine rumano, una de esas cinematografìas que copó los festivales y que lleva una década mantiendo un excelente nivel. El director de La noche el señor Lazarescu vuelve a armar un relato en bucle, con un ritmo admirable, y con todos los recursos puestos al servicio de sus personaje. Aquí son más de 15, todos ellos moviéndose durante tres horas en un pequeño apartamento, en el que se pretende celebrar un ritual por el aniversario de la muerte del patriarca que, minuto a minuto, se frustra. Hay kilos de comida y permanentemente los personajes mueven platos, arman y desarman la mesa, acarrean ollas enormes, usan fuentes de porcelana, calientan mamaderas y sirven platos que se enfrían. El dicho popular dice que la vida es eso que hacemos entre comida y comida, la lógica de Puiu parece ser la contraria: la vida es eso que pasa mientras no comemos.

Como un perro que se muerde la cola, aquí hay discusiones acerca de atentados terroristas, fraudes y engaños políticos, comunismo, religión, drogas, engaños amorosos y sexo. Hay cinco ambientes con puertas que se cierran permanentemente, con personajes que salen y entran de pequeñas historias que surgen en cada una de las habitaciones. La dirección de fotografía es magnífica y las actuaciones brillantes, dando la sensación de haber sido filmada como si se tratara de un solo plano secuencia, es decir: en tiempo real.

El espectador podrá sentir una sensación de genialidad al notar cómo la historia se resignifica una y otra vez sin artificios, frente a nuestros ojos, algo similar a lo que sucede en el tremendo film alemán recientemente estrenado Victoria, dirigido porSebastian Schipper.

Victoria.
Es fascinante vernos en el cine sin elipsis ni parlamentos armados, sin planos que buscan la belleza ni cortes forzados. Este es un cine de pura vitalidad, que parece compartir el mismo objetivo que el del cineasta iraní Asghar Faradhi (La desaparción de Eli, La separación, El pasado). Es un cine de conversación, de compasión, de personas tratando de entenderse, apoyarse y ser mejores. Riendo, comiendo, llorando, durmiendo, estornudando, enojándose frente a una cámara que parece haberse entrometido en donde no la llamaron. Probablemente, una de las obras maestras del festival.

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