Aniversario

Hace 50 años se estrenó en Uruguay, "Perdidos en la noche", una revolución del cine

La película fue un drama inconformista que terminó ganando tres Oscar de la Academia y convirtiéndose en un fenómeno mundial del que Uruguay no estuvo ajeno

Perdidos en la noche
Jon Voight y Dustin Hoffman en "Perdidos en la noche"

Un western en la dirección equivocada, una crónica de la decadencia urbana, un vistazo a las nuevas sexualidades y sus modelos, la historia de la amistad entre dos marginales en la Nueva York de fines de la década. Perdidos en la noche -la película que ayer cumplió 50 años de su estreno en Uruguay- es eso y además la primera película “franja verde” en ganar Oscar, un mojón ineludible en el nuevo cine estadounidense y un clásico. Y el testimonio del fin de una época y su sensibilidad y sus consecuencias en la sociedad de su tiempo. Es un montón de cosas.

“No se podría hacer Perdidos en la noche hoy”, dijo John Schlesinger, su director, en una entrevista de 1994 recordada por Vanity Fair. “Hace poco cenaba con un alto ejecutivo de un estudio y le comenté: ‘Si te trajera una historia sobre este lavavajillas de Texas que va a Nueva York vestido como un vaquero para cumplir su fantasía de vivir de mujeres ricas, no lo consigue, está desesperado, se encuentra con un lisiado tísico que luego se mea en los pantalones y muere en un ómnibus, ¿me lo comprarías?’. Y el tipo me dijo: ‘Te mostraría la puerta de salida’”.

Schlesinger, uno de los nombres más importantes del cine británico de comienzos de la década (Darling, Lejos del mundanal ruido) estaba interesado en Midnight Cowboy, la novela de James Leo Herlihy, ya en 1965 cuando fue editada y quería convertirla en su primer proyecto para Hollywood. Nadie parecía interesado en filmarlo e incluso se encontró con quienes lo desalentaron porque lo veían como “material de maricas”. Fue a United Artists donde ya habían leído el libro y lo había desechado por poco comercial.

Schlesinger (quien después estrenaría Como plaga de langosta y Maratón de la muerte para continuar con una carrera rutinaria y más convencional) consiguió que se la financiaran. Se hizo de tres Oscar (película, director y el guion adaptado de Waldo Salt) y se convirtió en uno de los éxitos de taquilla de ese año a pesar de tener la calificación de película pornográfica. Fue un fenómeno cultural.

Cuenta el encuentro entre Joe Buck (Jon Voight), un tejano simplón que sale de su pueblo con sueños de conquistar, a fuerza de pinta, Nueva York o por lo menos a las neoyorquinas dispuestas a pagársela. Lo que le espera, en realidad, es desolación y miseria, terreno fértil para cruzarse con “Ratzo” Rizzo (Dustin Hoffman), un mendigo buscavidas, timador y tuberculoso. Entre ellos crecerá una suerte de amistad y contención en una serie de desventuras que son, además, una radiografía de la cara oculta de la Nueva York de su tiempo. Alguien ha dicho que funciona como un testimonio documental de la ciudad.

En ese camino se cruzarán con personajes siniestros que, camufladas en la religión y las buenas costumbres, esconden perversiones y mezquindades. Tiene escenas de sexo, un aire de neorrealismo oscuro, dos características que contradicen su caracter mainstream.

La película fue la consagración de sus protagonistas, principalmente de Hoffman, quien después de El Graduado se había mantenido receloso del cine y que encontró en Ratzo, una manera de alejarse de aquel muchacho de clase media insatisfecho que lo volvió una estrella. Perdió el Oscar a mejor actor contra John Wayne, lo que puede ser visto más como un intento del viejo Hollywood de mantener su supremacía que un acto de justicia. Perdidos en la noche es parte fundamental de la toma por asalto de un cine joven y con nuevas inquietudes, en una racha que antes había incluido a El graduado y Bonnie & Clyde y que fundaría el nuevo cine americano.

Voight, otro actor buscando su futuro parecía el intérprete exacto para ese cowboy de buen corazón. Se dice que Elvis Presley estuvo interesado en el papel, pero exigía que se quitarán todas las partes profanas. Hubiera sido interesante ver a Presley en ese papel, pero hubiera sido otra cosa. Voight combina una belleza pura que se contrapone a la fealdad de su entorno.

La película está llena de irreverencias que son una declaración de principios. Se abre con el sonido clásico de un ataque de indios de las películas del oeste para luego revelar la pantalla vacía de un autocine en medio de la nada y un caballo de juguete. En el cartel de un cine abandonado se lee El Alamo, una película de John Wayne y el viaje de Joe es hacia el este, a contracorriente de la travesía clásica (lo mismo pasaba con Busco mi destino que también se estrenó ese año). Se permite, además, criticas a la religión, los convencionalismos sociales e incluso el ambiente contracultural neoyorquino reflejado en una fiesta decadente a lo Andy Warhol.

La película no tuvo unanimidad crítica y algunos de los principales comentaristas de la época encontraron reparos, principalmente, en el tono de fábula que, a pesar del ambiente neorrealista va ganando la película. Vista hoy (aunque no está en ningún servicio de streaming), funciona en gran parte por la novedad que representó en su época y porque algunas escenas no han perdido su fuerza, incluyendo a Joe y Ratzo caminando en las frías calles neoyorquinas. Schelesinger recurre a géneros y formatos de una manera original y moderna.

El final combina tristeza y cierto optimismo: Joe consigue una nueva vida, después de haber conocido la decepción y la muerte pero también la amistad y cierta idea de felicidad, que, se sabe, nunca termina siendo lo que uno pensaba.

Con medio siglo, Perdidos en la noche sigue siendo una película joven y pertinente. Y de eso están hechos los clásicos.

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