CINE

Amistad, amor y duelos a la hora del té

El arte de empatizar es un don que, como el talento, necesita dedicación para generar obras extraordinarias. Maite Alberdi, chilena, es a sus 33 años y tres películas, una de las mejores documentalistas del cine latinoamericano.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Maite Alberdi filmó a unas amigas que llevan 64 años reuniéndose. Foto: Difusión

Lo particular de su mirada está hecho de su sensibilidad para estudiar a sus personajes. Primero, los observa desde la distancia: el ambiente, el contexto, los conflictos, sus roles, sus repeticiones. Aprende a saber qué esperar de cada uno. Y luego, cuando los termina de entender, los filma con cariño, así como son, pero afectados por un guión que pretende convertirlos en protagonistas de una pequeña historia universal, que bien podría ser una ficción. Y esa es su magia.

Filma como una cazadora: pasa meses apuntando con la cámara para retener, en medio de la bruma de la cotidianidad, un gesto pequeño o brutal que sirva para armar un perfil de su personaje y decidir en qué lugar de la historia lo va a ubicar. Cada uno de los planos que elige, está cargado de intenciones. Es que el suyo es un cine fresco, desafiante, que escapa al molde del documental tradicional objetivo y escrupuloso para jugar con lecturas que combinan humor ácido, ternura cursi, actitudes grotescas y drama.

Ya desde su primera película El Salvavidas (2011), planteó un relato coral centrado en la identificación del espectador con uno u otro personaje, expuestos en un juego de espejos en el que cada uno se opone al otro, proyectando lo mejor o peor de sí mismo. Esa vez se metió en la playa más peligrosa de Chile para mostrar a un salvavidas preventivo pero miedoso, enfrentado a otro irresponsable aunque heroico en sus rescates.

Ahora, en La once (como le dicen en su país a la hora del té) se metió en las reuniones mensuales de un grupo de señoras adineradas y conservadoras que llevan más de 64 años tomando el té juntas. Aquí la anécdota se multiplica, porque cuenta la amistad de unas mujeres empecinadas en vencer las distancias del tiempo manteniendo un ritual; y es una crónica de una generación donde la mujer era criada para cumplir con los deseos de sus padres y esposos, y de un círculo adinerado, clasista y extremadamente religioso. ¿Y no son estos los valores que la mayoría de los jóvenes chilenos quieren borrar de su sociedad?

Es, además, el retrato de un grupo que se achica cada vez más, por la vejez que las arrastra. Y es, también —en una de sus mejores escenas con una mujer down que toca muy mal la flauta— el puntapié para su nueva película, Los niños.

Hace un uso brillante de la elipsis, que organiza los cuatro años de rodaje que acumuló. Su inteligencia está en dotar de melancolía cada foto que introduce las distintas reuniones, cada vez con menos participantes, convirtiendo la ausencia en uno de los grandes personajes de La once. Pero sin perder de foco el humor, con una puesta de cámara de primerísimos primeros planos que enfrentan el esfuerzo que cada anfitriona hace para brindar el té más sofisticado —filmando cómo elaboran las masas que parecen obras de arte, cómo se coloca la mejor loza de la casa en la mesa y los buenos modales de las "nanas" que las sirven— con la gula con la que toman un tema, lo muerden, lo mastican y lo cambian por otro, dejando un río de tartas y sándwiches destrozados y un montón de platos sucios y pegajosos.

El resultado es entrañable, fascinante y melancólico, como esos merengues rojos, ondulados, decorados con perlas plateadas, que estas señoras se disponen a devorar mientras hablan de tiempos pasados con los labios pintados llenos de migas.

La once [****]

Chile, 2014. Dirección y guión: Maite Alberdi. Fotografía: Pablo Valdés. Montaje: Sebastián Brahm y Juan Eduardo Murillo. Duración: 80 minutos. Género: Documental. Salas: Cinemateca 18 y Netflix.

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