Entrevista

“Actuar es la primera de las artes vivas”

Una charla con Miguel Angel Solá, el actor argentino que este jueves estrena su última película, El último del traje

Miguel Angel Solá
Miguel Angel Sola, un actor con una carrera en dos continentes

Una pequeña urna afuera de la Sala Cantegril, en Maldonado, se llena de papeles elogiando la película argentina El último traje, de Pablo Solarz. Su protagonista, el actor Miguel Ángel Sola, se transformó en el nonagenario y sastre judío Abraham.

El público del Festival Internacional de Cine de Punta del Este recibió esa mutación con aplausos de pie y votaciones que le aseguran un predecible triunfo como la Mejor película elegida por el público de certamen. En Montevideo se podrá ver a partir del jueves.

Solá, quien participó del festival junto a su pareja la actriz española Paula Cancio, afirmó que este será su último protagónico en el cine. A sus 67 años, el intérprete ─quien ha dividido su carrera entre Argentina y España─ no tiene tapujos en mostrarse reflexivo y crítico de la industria del entretenimiento de su país, de la que afirma no lo tiene en cuenta.
De todas formas, el protagonista se muestra orgulloso con su último papel, por el que aspira a competir por un Premio Platino en abril en la categoría a Mejor actor. Desde Punta del Este, Solá conversó con El País sobre su transformación y el presente y futuro de su carrera.

—¿Cómo llegó El último traje a sus manos?

—Se lo ofrecieron primero a Héctor Alterio. No pudo hacerlo porque estaba haciendo la obra Padre allá en España y estaba con una temporada de mucho éxito. Después se lo ofrecieron a Pepe Soriano y también estaba haciendo Padre, en Buenos Aires. Se lo ofrecieron a Norman Briski, que había tenido dos mellizas. Decidieron saltar de generación y me llamaron a mí. Tenía muchos antecedentes de haber hecho trabajo de composición en cine. Me preguntaron si me animaba y soy un hombre de palabra entonces dije “sí” sin haber terminado de leer el guión. Había leído las 20 primeras páginas porque estaba de gira con El diario de Adán y Eva con Paula (Cancio, su pareja) por el sur de Argentina. Una gira que nos demolió. Las rutas son difíciles y te jugabas la vida todos los días. Eso con la enana y haciendo la crianza durante la gira. Durísimo. En Neuquén me dice Pablo Solarz que va a venir a verme para charlar de la película.

Miguel Angel Sola
Vea el trailer de "El último traje" la película de Solá que se estrena el jueves

—¿Qué pensaba sobre actuar como un personaje 20 años mayor que vos?

—Me gustan ese tipo de personajes porque puedo trascender todo lo que es el naturalismo. Eso lo ves en televisión, ¿para qué querés trabajar en ese tipo de cosas? Y ya las hice hace 30 años mejor de lo que puedo hacerlas ahora.

—¿Cómo recuerda la experiencia de filmación?

—Al terminar la obra me fui al rodaje. Empezamos a filmar en Buenos Aires, luego en Canarias, Madrid, Lodz, Varsovia, París y fue durísimo. Todos los días eran 16 horas de trabajo.

—Hay una construcción muy detallada de tu personaje, Abraham. No solo en su personalidad, sino también su apariencia. ¿Cómo se dio?

—No te puedo contar mi sistema para entrar en personaje. No lo puedo transcribir. Es una forma de trabajo que en la confío mucho en la intuición. Material para hacer el trabajo tenía de sobra en mi vida. Me he posicionado con respecto a las persecuciones a minorías y todo eso. He leído mucho y durante tiempo. Conservo clara e indeleble la memoria de todo lo que he hablado con mis amigos, mis tíos.

—¿Cómo llevás tus observaciones al proceso de composición?

—El trabajo físico, gestual es una cosa muy compleja que no entiendo como se formula adentro mío. Pero tengo como guía siempre que el actuar es la primera de las artes vivas.

—¿Qué sentido le encuentra hoy a la actuación?

—El mismo que el de sus orígenes y también es laboral, porque tenés que comer. Comer con gusto es hacer tu trabajo a conciencia. Me interesa más la orientación del pie que el color del zapato. A mí me gusta no el efecto que puedo producir, sino eso que está viviendo en mí. El ser que actuás cobra su dimensión y no la tuya, no es una faceta de tu personalidad. Está esa hora y media en la que él tiene su vida y esa va a quedar de ahí de por vida. Eso en el cine. En el teatro es único y se nutre de cosas que la evolución de mi pensamiento va juntado porque las ideas están llenas de emociones y viceversa, no son dos compartimientos estancos sino que se funden en el mismo respirar. No tenes que pensar para respirar pero tenes que respirar para vivir. A eso lo llamo intuición.

—¿Esa intuición le lleva a elegir mejor sus papeles?

—Dependo mucho de mi trabajo para poder comer. Tengo un representante y él trata de buscar las cosas que a mí me gustaría y muchas veces a esta altura del partido, soy una persona que tiene 67 años, no se escriben personajes tan importante para esta edad o que sean útiles para la vida de la gente.Este personaje (en El último traje) sí es útil porque te hace crear su propio circuito emocional.

—¿Cuál es el trato en Argentina hacia los actores de trayectoria?

—No les interesa mucho en Argentina, salvo aquellos que tienen que ver con la época en la que los actores hemos vivido y recuerdan cómo hemos sido. No es una felicidad. Yo tengo que aceptar los trabajos que me vengan, que serán muy dispares y hay cosas que no hubiese querido hacer pero debo poner toda mi vida en poder hacerlo bien.

—Ha dicho que su papel en El último traje iba a ser su último protagónico.

—Soy consciente de la realidad. Ya no se escriben pensadores. Quizás me llamen para hacer un malo que es lo que le gusta a la gente que confunde mi personalidad con la del personaje. Tengo la conciencia en ese sentido muy limpia. Es todo fruto de la observación. El conjunto de ideas que me hago sobre la impunidad o inmunidad que tienen ciertos seres me permiten recrearlo de manera muy diferente a otro actor sin haber tenido contacto con ese tipo de gente. A veces los he sufrido.

—¿Qué tiene ganas de hacer más adelante?

—Siempre me han gustado los pensadores, todos esos personajes para los que no me llaman. No es que haya probado que no puedo hacerlos en el cine pero no sé, tienen un prejuicio contra mí porque no me han llamado nunca.

—¿Prejuicio?

—No sé. Que tengo cara de malo, cara de bruto. Me gustan todos los personajes que son útiles para la gente, urge trabajar ese tipo de cosas.

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