DANIEL HENDLER

"Fue abrumador y enriquecedor"

Charla con el actor uruguayo que hoy estrena su nueva película, El otro hermano.

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Daniel Hendler. Foto: Ariel Colmegna

Todo actor comprometido (como lo es Daniel Hendler) le llega ese papel para el que tiene que engordar. Para El otro hermano, la película de Israel Adrián Caetano que se estrena hoy en Uruguay, el uruguayo ganó 10 kilos que, en una tarde otoñal pero amable porteña, deja muy claro que ya los perdió. Es verlo en la película, un policial negrísimo muy bien narrado, para entender que un personaje como el suyo necesitaba ese cambio de dieta. Hendler es Cetarti, un empleado público desempleado, que va a dar a un pueblo del Chaco donde fueron asesinados su madre y un hermano al que apenas conoce. Allí se cruza con Duarte (un Leonardo Sbaraglia también transformado y que ganó el premio a mejor actor en Málaga por el papel), un sujeto misterioso y despreciable que le promete el dinero de un seguro y lo mete en algunas complicaciones. Cetarti, quien sueña con irse a Brasil y también está enfermo de amoralidad, acepta y se instala un tiempo en ese universo caluroso, cerrado y de una violencia tan latente como explícita. Caetano, quien vuelve a territorios que más o menos ya ha transitado (el tono policial de El oso rojo) no escatima detalles sórdidos que, además, ya estaban en la novela de Carlos Busqued que originó el proyecto.

Hendler acompaña, además, la recorrida internacional de El candidato, su película como director y que el día anterior a la entrevista —realizada en un cine porteño tras una exhibición privada de El otro hermano— había ganado el premio a mejor película en el festival de cine de Miami. "Estoy como siguiendo las dos películas y con unos ahorros para poder hacerlo", se ríe. Además va a acompañar a Ana Katz, su esposa, que dirigirá en Brasil su nueva película y a "encargarme de los chicos". Agenda completa.

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—Es tremenda esta película...

—¿Viste? Quedé de cara, recontento y muy impactado de lo fuerte que me pareció. Y eso que yo estaba ahí.

—Precisamente eso, ¿cuánto es consciente un actor de lo que está haciendo?

—Cuando al comienzo uno lee un guión por ahí percibe por dónde se está metiendo, pero hay otra parte en la que entro en un proceso en el que soy parte de ese universo, y cuando la veo terminada la aprecio bastante como un espectador. Al principio, las primeras películas recién las podía ver bien a la segunda vez porque la primera vez estaba muy atento a lo que yo había hecho. Eso me pasó, de hecho, en las primeras tres películas. Ahora las veo como un espectador ya de primera: es la mejor manera de juzgar mi trabajo porque es la única forma de saber si hice las cosas bien o no, si encajé en el todo. Antes cuando me veía a mí por ahí tenía una percepción que al final no tenía nada que ver. En ese caso, El otro hermano me hizo reír, me emocionó y también me violentó.

—Una pregunta típica de esta clase de encuentros, es cómo construiste tu personaje. ¿Existe realmente ese proceso o el tiempo te da un oficio o una intuición que te permiten entrar de una a un personaje?

—Existe ese proceso, pero por ahí es difícil traducirlo en una fórmula que es lo que uno desearía responder cuando le hacen esa pregunta. El proceso es más que nada intuitivo, pero, más allá de las herramientas que uno tiene como actor para encarar algunas situaciones o exigencias, hay una parte que es reservarle a cada trabajo algún tipo de construcción particular.

—¿Cómo es eso?

—Es una cosa interna que consiste en probar algo distintivo en cada personaje. Lo que me gusta es someterme a algún tipo de ejercicio personal nuevo. Porque son como anclas que te permiten una continuidad. Puede ser una música o algún tipo de actividad o ejercicio.

—No necesariamente algo que esté vinculado al personaje...

—No necesariamente. Son cosas que te meten en un canal y aunque no tengan una relación, sirven de reconocimiento. Es poner a los sentidos a que experimenten algo distintivo que va a sellar el proceso interno.

—¿Y eso cómo fue para tu personaje en El otro hermano?

—Hubo una clave que es que Caetano me pidió que engordara. Y así hubo algo muy fuerte en este proceso que fueron el sol, el calor y la gordura. Y Adrián es un tipo muy contundente que sabe lo que quiere y cómo contarlo. Y a veces te deja ahí suelto en una jaula con leones y a veces te marca hasta los tiempos en que quiere que gires. Hay una escena que no sé cuántas tomas habremos hecho. Era tarde y seguro que no estaba con la efectividad que se me exigía, pero repetíamos y repetíamos y él me decía milimétricamente cada movimiento que tenía que hacer. Fue abrumador y enriquecedor porque sentís que podés entregarte porque el barco va en una dirección certera.

—Hablando de tirarte a los leones pensaba en cómo trabajás una cuerda de interpretación y te enfrentás a otras como la que utiliza Leonardo Sbaraglia, claro, pero también Pablo Cedrón, que está muy bien.

—Mi personaje tiene algo de un punto de vista preponderante. Conocemos poco de él, pero es un observador que va olfateando hasta encontrarse con la historia, y la historia son los demás. Así que era nutrirse de lo que estaba haciendo el otro porque el otro era mi historia. No era solo empatizar con ellos sino que directamente tu historia estaba ahí. Y era eso lo que tenía que ocurrir, no tenía que agregarle nada. Se nutre de la historia y también la cambia.

—Hay un proceso de desnudez moral en tu personaje, lo que queda clarísimo en la limpieza que hace de su lugar.

—Creo que la falta de moral ya está desde el principio pero recién se revela cerca del final. Es un tipo que no tiene inoculada la moral y al comienzo no hay ninguna situación que provoque esa reacción. Salvo —y ahí nos hicimos una historia— que el tipo en realidad llegó a ese lugar con bastante odio adentro y lo que hace es una catarsis y un matar a esos monstruos que arrastraba. Así esa falta moral puede ser vista como una violencia que tiene que sacar.

—Hablando de otra cosa. El final de El Candidato, tu película como director, generó algún desconcierto.

—Sí. El final era más abrupto y hubiera sido más cómodo. Por ahí fue más gris y más desconcertante. No sabía qué iba a pasar pero no me salió otro.

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