Crítica

La Tregua por el Ballet Nacional del Sodre, una obra llena de sutilezas

Con coreografía de Marina Sánchez, se estrenó una intensa versión de la novela de Mario Benedetti

El Ballet Nacional del Sodre estrenó La Tregua
El Ballet Nacional del Sodre estrenó La Tregua. Foto: Alessandro Maradei

La historia es así: Martín Santomé es un hombre triste. Tiene 49 años, tres hijos, una esposa muerta y una vida con poca épica. Los días pasan iguales en una ciudad medio pacata que nunca se detiene a preguntarle cómo se siente. Trabaja en una oficina pero se está por jubilar y aunque le tiene miedo a lo que pueda pasar después, también aborrece de una rutina que hace que todos los días sean iguales.

La historia es así: en el medio de los días vacíos y pesados hay un momento que lo cambia todo. En su oficina empieza a trabajar Laura Avellaneda, una chica sin mucha experiencia que tiene 24 años y que a Santomé le parece diferente a todas.

La historia es así: Avellaneda y Santomé se enamoran. Y mientras el amor dura, los dos están a salvo de todo lo demás. En La tregua, la novela más importante de Mario Benedetti, el amor es eso, un lugar donde descansar, un momento en el que el tiempo se frena y no importa nada más, un salvavidas que rescata a un hombre normal de una vida normal.

La tregua que el Ballet Nacional del Sodre (BNS) estrenó el pasado jueves 26 de noviembre con entradas agotadas en el Auditorio Nacional cuenta la misma historia de Benedetti pero de manera diferente.

La obra es una creación nueva. Tiene dirección de Igor Yebra, coreografía de Marina Sánchez y asistencia de Oscar Escudero; dramaturgia de Gabriel Calderón: música de Luciano Supervielle, escenografía de Hugo Millán e iluminación de Sebastián Marrero.

En un espectáculo como este es importante nombrarlos a todos. Porque es una maquinaria que solo funciona si tiene a todas sus piezas en el lugar y en el momento indicado, porque es una historia que se cuenta a través de la danza y que se termina de contar con la música, que tiene el sello personal de Supervielle y mezcla momentos clásicos y también de música moderna y hasta de tango. Con la escenografía, que se mueve y se acomoda para ser casa, oficina o ciudad. Con las luces, que crean uno de los momentos más delicados y bellos de la obra en un encuentro entre Martín Santomé y Laura Avellaneda. Y con el vestuario, que carga a las escenas de simbología.

A la novela de Benedetti, de quien este año se cumplieron 100 años de su nacimiento, el ballet le agrega a dos personajes, la Rutina y el Azar. Interpretado el primero por Ciro Tamayo y el segundo por Damián Torío, primeros bailarines de la compañía, están presentes en prácticamente todas las escenas y son los que hacen avanzar la trama.

El Azar de Torío es de una delicadeza fantasmal. Un personaje sin género, un hombre que baila la primera parte de la obra con zapatillas de punta, una presencia que puede ser la naturaleza, Dios, el universo o la suerte. Es él quien se encarga de hacer que Avellaneda y Santomé se crucen siempre.

La Rutina de Tamayo tiene una belleza de yeso. Es pesada, densa y espesa, pero también es protectora. Está colgada y pegada a Santomé durante toda la historia y le dice que no, que no se enamore, que mejor dejar las cosas como están, que quizás sufra.

En la función del estreno Nadia Mara, primera bailarina, y Sergio Muzzio, solista, fueron Avellaneda y Santomé. Quizás es que se conocen. Quizás es que después de bailar Onegin en 2019 cuando Mara todavía no era parte de la compañía pero vino como invitada, hizo que todo lo que viniera después fuese ideal para que ellos lo hicieran juntos.

Hay que verle la cara a Avellaneda y a Santomé. Hay que mirar los gestos y las caricias y los detalles. Porque el amor entre ellos pasa en la forma de mirarse. La desgracia, eso sí pasa por el cuerpo.

En La tregua se puede ver a una compañía dispuesta a darlo todo y también el trabajo y el compromiso. Es una obra en la que los cuatro roles principales son esenciales pero que no se sostiene sin el trabajo del cuerpo de baile, que crea una ciudad viva y también una oficina monótona, que arma y desarma la escenografía y la mueve para que la historia siga avanzando.

Al trabajo de Marina Sánchez hay que dejarlo para el final solo por una cuestión de nobleza. Los que la hayan seguido en el último tiempo lo sabrán: hace dos años que trabaja en la creación de esta obra que tiene todo lo que tuvieron sus piezas anteriores y más. Es una coreografía al servicio de contar una historia que ya existía, pero también de contar una versión propia, con una mirada que trae al hoy una novela que fue escrita en 1959. Sobre todo, es una creación completamente nueva, una pieza que va a quedar en lo más alto de la danza nacional, un estreno mundial en un mundo que está frenado.

Cuando terminó la función el aplauso de la sala, con aforo reducido, se hizo sentir con fuerza. El estreno de La tregua fue el acontecimiento cultural más importante del año. También fue una despedida: la de Igor Yebra, director de la compañía desde 2018. Y una celebración: la de que en un tiempo tan complejo y angustiante nosotros aún nos merecemos disfrutar de la belleza.

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