Lawrence Ferlinghetti

Ser el último de los viejos poetas

Ante la imposibilidad de resumir justamente en un par de líneas los 96 años de la intensa vida de Lawrence Ferlinghetti, lo mejor será recurrir a Bob Dylan, que lo definió así en su añorado programa de radio: “Poeta de sobrada fama e hijo predilecto de San Francisco, fundó la librería y editorial City Lights.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
"A Coney Island of the Mind" es uno de los best sellers de la historia de la poesía. Foto: Difusión.

Su decisión de publicar Aullido, de Allen Ginsberg, le valió en 1956 un juicio por obscenidad pública. Fue un hombre valiente y un poeta valiente”. Acaba de editar Writing Across the Landscape: Travel Journals 1960-2013, sus diarios de viaje. Es una leyenda viviente de la literatura. Y aún está en activo.

—En 1955, su primer poemario, Pictures of the Gone World, sirvió para fundar la mítica serie Pocket Poets y la editorial City Lights. ¿Cómo ve la vida ahora que todo pasó hace 60 años?—Curiosamente, la librería y la editorial van viento en popa, mejor que nunca. Por suerte, el trabajo desde hace algunos años lo hacen otros.

—¿Está jubilado?

—No me gusta esa palabra, aún sigo escribiendo. Los escritores no se retiran hasta que no pueden sostener el bolígrafo. Trabajo en algo parecido a una novela, más bien es un torrente de pensamientos…

—¿Cómo era San Francisco hace seis décadas?

—Una capital provinciana. Aún se sentía un cierto aire de posguerra. Solo había un lugar en toda la ciudad para comprar vino francés y las librerías eran bastante convencionales. Cerraban a las cinco de la tarde, nunca abrían por las noches ni tampoco los fines de semana. Con City Lights empezamos a abrir más allá de la medianoche los siete días de la semana.

—¿Qué le decidió a montar ese negocio?

—Quería tener una librería de segunda mano, algo tranquilo que me permitiera sentarme en la parte de atrás y leer. Pero entonces llegó lo que se llamó la paperback revolution (la revolución de la tapa blanda). Las editoriales de Nueva York empezaron a publicar libros de bolsillo de calidad. Hasta entonces, solo se editaba así a las novelas criminales y a las de ciencia ficción. En San Francisco nadie los vendía, así que vi el hueco. Todo el mundo se volvió loco. City Lights fue la primera librería de tapa blanda del país. La inspiración vino en realidad en París. Fui allí a sacarme un doctorado en la Sorbona. George Whitman, legendario propietario de Shakespeare & Company, vivía en una habitación llena de libros sin ventanas en el Boulevard Saint Michel. Tenía una Sterno en la que hacía la comida, una especie de infiernillo que solían emplear los vagabundos para cocinar. Era 1946 o 1947. Entonces tenía un establecimiento llamado Librairie Mistral. Le cambió el nombre cuando al morir Sylvia Beach, quedó libre el de Shakespeare & Company. George murió hace algo más de cuatro años a los 98. Tuvo un maravilloso funeral, hubo un desfile que lo llevó al cementerio del Père-Lachaise. Fue emocionante. Su hija Sylvia lleva ahora la librería.

—¿Cómo era la escena poética de San Francisco cuando volvió de París?

—Había unas cuantas pequeñas editoriales. Publicaban ediciones muy cortas, 100-200 copias, hechas a mano. Eran los días previos al offset. Había un movimiento conocido como el Renacimiento de Berkeley, con autores de allí. Cuando llegaron los beats, se los merendaron. Los beatniks, yo incluido, éramos considerados carpetbaggers (término despectivo acuñado al final de la Guerra de Secesión para designar a los ciudadanos de los estados del norte que emigraban al sur). Éramos como viajantes de comercio de Nueva York. Y entre todos nosotros, el jefe de los trileros era Allen Ginsberg. El mejor vendedor que haya pisado la tierra… Tenía un cuaderno en el que apuntaba todos los teléfonos y nombres de los peces gordos de la prensa de los países más importantes. De modo que, cuando llegaba a la ciudad, agarraba el teléfono y decía: "Aquí estoy, ¡podéis entrevistarme!" (risas). Allen fue probablemente el mejor amigo que tuve entre los beats. También me llevaba bien con Gregory Corso, aunque no era fácil. Una vez asaltó la librería y se llevó todo el dinero de la caja. En total, unos 200 dólares. Como no podíamos denunciarle —no habría estado bien visto recurrir a la policía—, se lo descontamos de sus derechos de autor. Sin Ginsberg no habría habido una generación beat, sino un montón de escritores en un vasto paisaje. Él es el creador de todo…

—Más que Jack Kerouac…

—Sin duda. Tras salir (en 1957) En el camino, se hizo famoso, dejó el vagabundeo y se fue a casa a cuidar de su madre, cosa que hizo hasta el final de sus días. Siguió en contacto con Allen, no con los demás. Se recluyó en casa y bebió.

—¿Tanto como afirma la leyenda?

—Era lo único que hacía, beber y beber. Fumaba algo de marihuana, pero nada demasiado serio… En las fiestas a las que le llevaba en San Francisco el poeta Gary Snyder y que luego Kerouac relató en su libro Los vagabundos del Dharma, siempre acababa desmayado. Incluso tirado en el suelo, lo estaba escuchando todo. Tenía una memoria prodigiosa.

—¿Aún ve a Gary Snyder?

—Le veo poco, porque vive al norte. En el Grass Valley. No viene mucho a San Francisco. Estuvo hace cuatro meses para dar una lectura. No fui, porque tal y como están mis ojos lo paso mal negociando con los eventos públicos. Creo que Gary también vive solo.

—¿Queda algún otro beat vivo?

—(Piensa) No que yo sepa.

—Hábleme del San Francisco del siglo XXI.

—Es la ciudad más cara de Estados Unidos. Está todo colonizado por la arrogante generación de los puntocom.

—¿Cuál es el secreto de su longevidad?

—Nunca me emborraché demasiado.

— ¿Y drogas?

—Tomé muy pocas. Algo de marihuana. Ácido un par de veces. En mi cabaña de Big Sur. Necesitas un buen entorno para el LSD. No te recomiendo que lo tomes y vayas a un concierto de rock.

—¿Usa computadora y otros artilugios tecnológicos?

—Cada vez menos. Escribo a mano en unos cuadernos que luego alguien pasa a limpio.

—Su libro A Coney Island of the Mind es uno de los poemarios más exitosos y leídos de todos los tiempos, con más de un millón de copias vendidas. ¿Le hizo rico la poesía?

—Nooo. Era de bolsillo, se vendía por un dólar.

—¿Hizo dinero con Ginsberg?

—Tres cuartas partes de lo mismo. Ginsberg vivía en un colegio en Berkeley. Me mandó el manuscrito de Aullido y dio una lectura en un garaje privado que se hacía llamar galería de arte. Solo había 35 personas. Tras el acto, como no le conocía lo suficiente, no me atreví a decirle nada. Me fui a casa, y le mandé un telegrama. Le puse: "Te saludo al inicio de una gran carrera. ¿Cuándo me mandas el manuscrito?". La frase es de Emerson, se la dijo a Walt Whitman tras leer la primera edición de Hojas de hierba.

—Como privilegiado testigo del siglo XX, viajó hace poco más de 70 años a Nagasaki como soldado de la Marina poco después de la bomba atómica…

—Era como pisar un paisaje lunar. La devastación era absoluta. Ver aquello me convirtió instantáneamente en un pacifista.

—¿Aún escucha música?

—Sí, casi siempre clásica.

—Los beatniks siempre fueron más de jazz…

—Ya no tanto. Me acuerdo en los cincuenta, cuando sonaba cool jazz en tugurios oscuros en los que la gente siempre se dejaba las gafas de sol puestas… Se ponían en la esquina y chasqueaban los dedos. El jazz sucumbió ante el avance del rock.

—¿Lo lamentó?

—¡No! Sucedió lo mismo con la poesía estadounidense cuando llegó Aullido. Se llevó por delante un tipo de poesía muy académica que había entonces, muy poco excitante.

—¿Cuál es su poeta favorito?

—Probablemente Dylan Thomas. Creo que es el mejor poeta lírico inglés del siglo XX. Era galés. ¿Ha escuchado cómo declamaba sus poemas? Es algo sensacional.

—¿Da miedo la muerte a los 96 años?

—Más que la muerte en sí, da miedo el dolor y el sufrimiento que me separa de ella.

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