PEDRO MAIRAL

"Uruguay es un universo alternativo"

Pedro Mairal ha conseguido lo que parece imposible en tiempos como estos: escribió una gran novela. Es La uruguaya (Planeta, 490 pesos), la historia de un escritor porteño que viene a Montevideo a buscar dinero, sí, pero principalmente a reencontrarse con Guerra, esa uruguaya con quien tuvo algo en Valizas.

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Pedro Mairal, un escritor exitoso. Foto: M. Bonjour

En Buenos Aires deja un matrimonio con hijo en pura crisis, así que se dedica a vagar por una Montevideo idealizada con una mujer idealizada, hasta que ambos ideales le dan un cachetazo de realidad. Mairal (nacido en 1970) escribió tres novelas: Una noche con Sabrina Love (premio Clarín en 1998), El año del desierto y Salvatierra. La uruguaya es un merecido éxitos de ventas.

—¿Qué hay con ustedes, los argentinos, y Montevideo? A todos los que entrevisto, les encanta. Ninguno se viene a vivir, pero les encanta.

—Primero Uruguay tiene la idea de vacación, relacionada a una cosa de descanso, escape. Y encima todo el tiempo estamos entre la familiaridad y el extrañamiento: es como Buenos Aires pero no. Es un universo alternativo y eso es muy atractivo. Además tenemos una imagen idealizada de Uruguay, cuando venimos bajamos la guardia y estamos para el cachetazo. Me gustaba meter al personaje en esa frecuencia y hacerlo venir tan cándido.

—¿Y eso es lo que le gusta a usted de Montevideo?

—Sí, y que percibo una superposición de tiempos acá que en Buenos Aires ya casi no está. Acá claramente no hubo menemismo con su pátina de glamour de neorrealismo que borró muchas cosas. En la novela hay un personaje que vende revistas viejas y es como si estuviera sentado ahí desde los 70. Es que acá tengo la sensación, quizás sea un prejuicio, de que las cosas duran más que en Buenos Aires, que se cuidan más las cosas. Hay como un rebusque uruguayo lleno de ingenio. Y ese costado está un poco en Tiranos temblad, donde los cracks de la semana son casi siempre inventores.

—Pero en la novela también se muestra otra cara.

—Sí, pero es el costado áspero que tienen todos los lugares.

—La acción de la novela transcurre en un solo día, pero ese día parece condensar toda una vida en su relato casi fantasmal...

—A mí me interesa mucho el uso del tiempo en la escritura porque me parece que lo vivimos de una manera muy subjetiva: si estás esperando a tu enamorada, pasa distinto que si estás mirando televisión. El tiempo es diferente para cada uno y esas subjetividades me interesan mucho. Y creo que la poesía o, mejor dicho, la palabra condensada, puede hacer eso de meter mucha vida en pocas palabras.

—Pero está esa limitación de un solo día donde caben muchos días...

Cabe la vida entera. Lo hice así por una cuestión de economía de la historia, de concisión. En la estructura del cuento, la historia ya se precipitó antes de contarla. Ya pasó todo y lo que pasa es que hay que derrumbar algo que está en el último granito de arena que va a hacer que se rompa todo, ahí empiezo el relato. En La uruguaya ese matrimonio ya estaba roto y Guerra sólo vino a terminar el trabajo.

—Puede ser una construcción.

—Sí, lo podría haber depositado casi en otra cosa. Es, sí, casi una construcción cerebral de él. Como que se la inventa. Como a Montevideo.

—La novela me funcionó como una comedia de enredos. ¿Hay una intención de eso?

—Tiene, sí, en el sentido de que hay que hacer suceder muchos cruces en poco tiempo. Y hay algo teatral porque están las unidades aristotélicas. Aristóteles dice que en la tragedia tiene que haber unidad de tiempo (todo sucede en un día); unidad de lugar (Montevideo), y unidad de acción (que suceda una sola cosa). Una comedia de enredos teatral es eso y así, sí, es La uruguaya.

—¿Cómo es su proceso de trabajo?

—Cada libro lo hago distinto pero siempre tratando de evitar responsabilidades de laburo o la crianza de niños. Con La uruguaya lo que hice fue despertarme temprano, a eso de las seis. Desconectaba el Wifi y me ponía a escribir hasta las ocho cuando se despierta mi hija chiquita y empieza el día. A la tarde corregía y ahí sí conectaba el Wifi, me metía en internet a buscar cosas de Uruguay, de todas estas referencias que las conocía y las profundicé. Escribí un capítulo por semana.

—¿Cuánto autobiográfico hay en la novela? Aparece un personaje, por ejemplo, que sería Elvio Gandolfo, que sé que es tu amigo.

—Sí, es él pero tampoco es él como Lucas, el protagonista, soy yo pero tampoco yo. Hay un montón de cosas mías y un montón de cosas inventadas. Una especie de 53% para los dos lados, me gusta bromear. Pero yo soy la persona que más conozco, así que para usar un personaje medio antihéroe con el vínculo raro que tienen los escritores con el dinero, tenía que buscar la figura del escritor. Y ahí aparezco yo, pero si le paso un resaltador a las cosas en las que estoy, le estaría sacando magia al libro. Pero hay todo un montón de cosas de la experiencia personal y otro montón de la periferia de esa experiencia que es lo que no me pasó pero me podría haber pasado, lo que tenía miedo que me pasara y lo que tenía ganas que me pasara y no me pasó. Al deseo y al miedo los uso como dos disparadores de la narración.

—Por culpa de La uruguaya me pasé dos veces de parada de tan atrapado que me tenía leyéndola. Es como una condecoración para un autor, supongo.

—¡Qué bueno! Sí, claro. El otro día alguien me dijo que la novela le ganó al Rivotril: se tomó uno, dijo leo un poquito para dormir y se quedó despierto hasta terminarla. ¡Le gané al Rivotril!

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