Crítica - libros

Los trece relatos cotidianos de nuestro hombre en La Habana

Aquello estaba deseando ocurrir de Leonardo Padura. Tusquets editores, distribuye Planeta. Precio: 460 pesos.

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Leonardo Padura

Es muy probable que la reciente caída del bloqueo estadounidense a Cuba impacte mucho en las próximas obras de Leonardo Padura.

En Aquello estaba deseando ocurrir (Tusquets), su más reciente libro, que reúne cuentos escritos a lo largo de dos décadas, se vuelve más evidente que nunca que Cuba es protagonista visible o fantasmal del grueso sus historias. El hecho de ser cubano, la cultura local, el país desde adentro o desde afuera y la relación de los individuos con el cubanismo son tópicos que atraviesan los trece relatos del libro. El cuento más antiguo (Según pasan los años) es de 1985 y el más reciente (La muerte feliz de Alborada Almanza) de 2009; los temas, sin embargo, se repiten obsesivamente.

En años recientes Padura se ha convertido en un éxito en Uruguay de la mano de la saga de Mario Conde y la historiografía de El hombre que amaba a los perros. Y aunque en este volumen de cuentos no prima el relato de género propiamente dicho sí se repiten varias de esas marcas de identidad. Son, por lo general, postales de la vida cotidiana de personajes solitarios, muchas veces perseguidos por alguna disyuntiva, que están enamorados o bien perdidos en el recuerdo de un amor pasado. El libro funciona como una suerte de mapa de la obra del cubano. Un cuento de 2001 (Nueve noches con Violeta del Río) ya contiene un verso al pasar que ocho años más tarde dará título a una novela, La neblina del ayer; el cuento relata la obsesión de un joven habanero por una cantante de boleros con la que tiene un romance que se termina abruptamente, básicamente lo que se desarrolla —a lo largo de muchísimas más páginas— en la novela posterior. Sonatina para Rafaela (1988) se cierra con una referencia a un cuento escrito tres años antes y que, no de casualidad, va a continuación en el libro: Según pasan los años.

La puerta de Alcalá (1991), que abre el libro, relata la historia de dos cubanos alejados de su país por diferentes razones (uno por la guerra de Angola, el otro exiliado por veinte años) que se reencuentran en Madrid. Ambos miran con una mezcla de nostalgia y arrepentimiento a Cuba. Irse o quedarse, esa es la cuestión. Sobre este interesante eje se para también Los límites del amor (1987), que en lo formal emplea algunas novedades (una segunda persona que se alterna con una tercera), donde un protagonista de servicio en Angola (miles de cubanos sirvieron en la Guerra Civil angoleña, entre 1975 y 1992) se debate entre el regreso a su país y al amor de su mujer o la novedosa relación con una joven del servicio.

Esas son solo algunas de las interconexiones más literales que tiene la obra de Padura y que este libro deja en evidencia. Esto funciona para los dos lados: en un sentido afirma la personalidad de la obra del escritor y muestra la evolución de sus ideas y en el otro genera a veces cierto hastío, producto de la reiteración de climas, personajes y temas que varían en sus envases pero se parecen mucho en su esencia.

Qué me importa, dirá por ahí alguno de los lectores fervientes de Padura: como suele pasar con los buenos fenómenos literarios adictivos de nuestros tiempos (Paul Auster, Haruki Murakami) la necesidad industrial de editar libros prácticamente todos los años lleva a una reiteración que mientras satura a algunos refuerza el fanatismo de otros. Los lectores de Padura tienen en este libro lo que quieren, a veces más inspirado y a veces menos. Al (des)ordenar los cuentos cronológicamente se puede notar que Padura escribía un tipo de relato más acabado en los 80 y que desde los 90 se vuelve técnicamente menos sólido —el cuento precisa de una ingeniería que la novela no requiere— aunque se salva por una prosa siempre magnética.

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