Artes plásticas

Trazos con lápiz que hicieron arte

Cecilia García Anza presenta su obra en Galería Juan Palleiro

María Cecilia García Anza. Foto Francisco Flores
María Cecilia García Anza. Foto Francisco Flores

Lo que más sorprende de la obra de María Cecilia García Anza es descubrir que detrás de la perfección en el trazo y en la trama, no hay una formación teórica ni un taller ni influencia. Por lo menos no consciente. Nunca se sintió cómoda en los talleres que probó. Todo surge de una libreta con la que llenaba sus tiempos libres dibujando, desde que era niña, por el único placer de ver cómo los trazos iban formando imágenes. Hubo un tiempo en el que hizo jirafas y elefantes, pero después, y pensando un tema para su primera exposición, ya cuando los dibujos pasaron de una libreta a una hoja caballito y después a una tela, quiso ir por los insectos, y aunque incluyó mariposas y San Antonios, “los más apreciados” por los humanos, apostó más a las cucarachas y todos esos “menos queridos”, para darles un toque y volverlos encantadores. Y lo cierto es que mirar sus esfuerzos por hacer bello lo normalmente despreciable, funciona.  

“Nací con una Pilot en la mano”, dice García a El País hablando sobre su primera exposición, que se inauguró el sábado en Juan Palleiro Galería de Arte y que se puede visitar de lunes a sábados de 11.00 a 18.00. Y añade que todo lo que hizo siempre fue en su casa, de puertas para adentro y sin mostrarle a nadie, y que incluso nadie sabía que lo hacía.

Fue experimentando; usó tiza, cascola y agua, acuarela, tinta china y acrílico, pero siempre, siempre, manteniendo la herramienta con la que se siente más cómoda: la fibra. En cuanto a la temática, fue por el mismo camino, todo muy intuitivo, llenando hojas con sus grafismos y buscando siluetas que siempre derivaban en algo de la naturaleza. Su lado de investigación vino más por observar a la naturaleza en sí, a los objetos de su obra, que a la historia del arte o a sus colegas contemporáneos. Para esta exposición, pasó tiempo mirando con atención a los insectos tomándoles fotos, analizando sus formas, y después los plasmó.

Para Eduardo Olascuaga, que descubrió la obra de García porque su amigo Giorgio Carlevaro se la presentó, hubo una evolución en poco tiempo, desde las primeras siluetas que le llegaron, dibujos en blanco y negro, a la obra llena de brillo que ahora se puede ver en la exposición, y resalta que el trazo, el equilibrio en los colores y la solución de volumen muestra una madurez plástica poco común en artistas que no tienen años de una “praxis de taller”, y de los que se esperaría un arte más naif.

Si se busca -por la mera necesidad de encontrar intertextualidad en todos los campos- influencias, puede, como dice Olascuaga, hacer recurrir a una reminiscencia de “perfil barroco, con guiños a la tapicería en su dimensión artesanal”. No es la primera vez que el arte plasma insectos, pero hay algo muy íntimo en estas obras; hay, a la vez que detalle y juegos de colores que le dan madurez, una inocencia que tal vez se deba a que todo lo que conforma a García como artista es el mundo que la rodea, la inocencia de transmitir solo lo que perciben sus sentidos y volver todo lo demás un juego de experimentación, algo que le da frescura y que vuelve a estas repeticiones de insectos, interesantes.

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