CONVERSANDO CON UN MAESTRO

Todas las épocas de un artista que aún sabe contar su tiempo

Charla con Miguel Ángel Battegazzore que expone en el Museo Gurvich.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Miguel Ángel Battegazzore. Foto: Fernando Ponzetto

El simbolismo entre el orden y el desorden reúne en el Museo Gurvich, una parte ("muy poco", dice el artista) de la obra de Miguel Ángel Battegazzore. Alcanza para comprender su dimensión y su importancia en las artes uruguayas, un sitial que él modestamente no reclama.

A los 85 años, Battegazzore, quien está instalado en Punta del Este, no para de trabajar, y en la muestra del Gurvich (que está abierta de lunes a viernes de 10 a 18 y los sábados de 11 a 15, con entrada a 100 pesos; los martes es gratis) hay obras que abarcan desde la década de 1950 al año pasado.

"Hay cuadros de varias de sus series: las del Constructivismo Binario, las Entropías, las Criaturas de Prometeo, así como una maqueta de su proyecto del Monumento de Homenaje a Torres García (en ejecución), encomendado por la Fundación Atchugarry, a ser emplazado en Pueblo Garzón, en Maldonado", dice el curador Ángel Kalenberg en el catálogo.

Battegazzore nació en Montevideo, el 22 de enero de 1931, y es pintor, escultor, escenógrafo y director de cine, todas áreas en las que fue premiado y celebrado. Seguramente su obra más conocida y frecuentada es el mural enorme de la esquina de Magallanes y Colonia. Está deteriorado, pero, dice Bategazzore, la Intendencia lo va a arreglar.

"En la época nuestra yo me eduqué con los almanaques de Ancap", dice Miguel Bategazzore reclamando un mayor compromiso oficial y privado hacia la cultura. "Se distribuían en todo el país y así se conocía a los pintores tradicionales y después a los modernos, que los íbamos conociendo por los de Ancap. Ahora es un desamparo total".

—¿Y cuándo cree que empezó ese deterioro?

—La informática y los cambios tienen que ver. Cada vez la comunicación se hace más impalpable. A mí me da tristeza cuando veo todo tan dedicado a lo comercial y que lo cultural no existe. Los medios nuevos no lo aprovechan.

—Y además de los almanaques de Ancap, ¿cómo era antes?

—Esos almanaques nos hicieron conocer el arte a pesar de que las reproducciones eran en blanco y negro pero cumplían una función. Para nuestra generación ver reproducida una obra por medios fotomecánicos era una proeza. Hasta los libros de Torres García, solo tenían una o dos reproducciones y en los que no se veía nada.

—¿Cómo se dio cuenta que lo suyo era el arte? ¿Viene de una familia de artistas?

—Para nada. Incluso mi nombre, Miguel Ángel, es un problema de composición de nombres de mi abuelo y de otra persona, pero no era Miguel Ángel pensando en el pintor. Pero en la escuela ya tenía una memoria visual muy grande y las maestras me conocían. Y en mi colegio daba clases Arzadum.

—Y también tuvo maestros en la Escuela de Bellas Artes.

—Eso fue algo muy importante. Allí tuve dos grandes maestros incompatibles entre sí, totalmente opuestos. Y mi obra es el resultado de esa disputa. Eran Felipe Seade, un marxista realista preocupado por los contenidos, y Miguel Ángel Pareja, un hedonista, esteticista, al que no le preocupaban los contenidos. Con Seade me inicié en mis primeras lecturas marxistas y en la música. Pero nunca podré ser músico porque tengo problemas con el tiempo. Y tuve una gran profesora en el Liceo Suárez que era Quela Rovira, que dirigía Galería Losada, donde hice mi primera exposición y mi primer audiovisual que tenía que ver con Torres García.

—El maestro Torres García es una presencia importante en su vida y en su obra.

—Todos los creadores tienen que encontrar la manera de enganchar con el lenguaje que le precede. Y Torres García, en cierta medida, para mí representó eso. En general se lo malentiende por que, por ejemplo, mi mural de la calle Magallanes se lo entendió como una ironía sobre Torres García, que yo lo estaba desarmando. Escribí un libro sobre Torres García que me sirvió para conocerlo muy profundamente porque yo vivía a cuatro cuadras de la casa de Torres que era en Abayubá y yo vivía en Millán.

—Y entonces pensaron que usted estaba criticando al maestro con el mural del cuartel de Bomberos.

—Lo que me preocupaba era que todo ese mundo simbólico de la época de Torres García desapareció con la dictadura. Esa idea de orden no existe, y esa era una manera de alegorizar de que hay que barajar y dar nuevo.

—El mural está deteriorado. ¿Qué piensa de eso?

—Lo que pasa es que esos edificios tienen filtraciones en las paredes. No es un problema del mural pero creo que la Intendencia ahora lo va a arreglar.

—Acá en esta muestra parece estar toda su vida.

—No, es solo un pedazo. Muy poco.

—La muestra incluye las Entropías...

—Nunca las había mostrado todas juntas. Ahí está el tema de Torres García que es razón y naturaleza: todo espíritu clásico busca ese equilibrio.

—Produjo mucho, usted.

—Sí, es así. Hice escenografías, que era algo que me encantaba y más para óperas, género que considero que es un espectáculo totalizador.

—Y le interesa la música.

—Tiene mucho que ver con mi pintura. Tengo cosas atonales. Torres García fue el primer pintor atonal en Uruguay, pero el Río de la Plata rechaza la atonalidad. La gente quiere que Piazzolla suene como DArienzo y Piazzolla es Piazzola.

—En esta muestra del Gurvich hay obra tanto en blanco y negro como muy colorida. ¿Qué encontraba en el blanco y negro?

—Es como el piano para los músicos. Bela Bartok tenía una serie que se llamaba blanco y negro. Tiene mucho color el blanco y negro.

—¿Cuánto de teoría hay en su obra? ¿Cuánto la piensa?

—Ya estoy grande. A los 85 años, la teoría te la debo.

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