AHÍ ESTUVE

Tarde acompañada con los relatos de un autor renacido

Es sábado y en el centro de Montevideo el movimiento es intenso. La 39ª Feria del Libro convoca a varios curiosos.

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El escritor Hernán Casciari. Foto: Pablo Genovesio

La zona de la Intendencia está concurrida. En la vereda del frente, un grupo de personas mira hacia la Sala Impo. A las ocho de la noche tienen cita allí con el escritor argentino Hernán Casciari, que dará un recital de cuentos. Son las ocho menos diez y en el frente del Impo no hay señales ni de Casciari, ni de recitales, ni de cuentos.

"Era acá, ¿no?". Sí, era acá, pero había que entrar por la puerta del costado, por Barbato y de Casciari no había señales porque aún seguí a firmando libros y conversando con las personas que fueron a escucharlo al primer recital, que era a las 18.

La sala está casi llena cuando el escritor aparece en escena y se para atrás del micrófono: "Ahora yo me voy a esconder, me van a presentar y cuando vuelva a aparecer todos ustedes van a aplaudir como si no me hubieran visto aún". El programa Efecto Mariposa, de Radio Uruguay es el encargado de traer al escritor a Uruguay y parte de su equipo hace la presentación.

Hasta hace 10 meses, Hernán Casciari era gordo y escribía. Ahora, es un ex gordo que sigue escribiendo. Y es un ex gordo porque el 6 de diciembre de 2015, cuando se encontraba en Montevideo para hacer su recital de cuentos, tuvo un infarto que lo obligó a cambiar su vida. "Hola, acá Hernán. Estoy en el hospital de clínicas de Montevideo, acabo de tener un infarto (no es joda). Lamentablemente suspendo todo hasta mi próxima visita". De esta forma, Casciari haría esperar a sus lectores casi un año para escucharlo narrar la crónica de su infarto.

"Les agradezco que hayan esperado 10 meses", empieza Casciari, sentado detrás de un escritorio, con una computadora y unos papeles. Pregunta cuántos de los presentes habían sacado entrada para diciembre del año pasado y son muchos los que levantan la mano. El escritor les pide disculpas por la espera y se excusa: "Tuve un pequeño problema: infarté en Montevideo".

Y la excusa le da entrada al primer cuento de la noche "Huéspedes y anfitriones". "Era el primer domingo caluroso de diciembre y yo era feliz, o empezaba a ser feliz, cuando me ardió el centro del pecho", dice el escritor con una facilidad envidiable para narrar. "No era un dolor intenso, así que durante un rato elegí pensar que tenía acidez. En el fondo yo sabía que esos pinchazos estaban en el corazón y no en la barriga, pero es tan necesario negar la muerte cuando le ves el plumero". Casciari se toca el corazón y un poco más abajo, y otra vez el corazón. Mientras, sigue contando cómo Julieta, su nueva novia, Javier y Alejandra, los anfitriones de la casa del Prado que alquiló para quedarse en Montevideo, se transformaron (cito textuales sus palabras) en "ángeles de la guarda" y lo salvaron de no morir solo en el living de una casa desconocida en una ciudad ajena.

El escritor aprovecha para contar una anécdota de su infancia que deja sonrientes a los presentes: cuando era niño y vivía en Mercedes, ciudad argentina, soñaba tanto con ser uruguayo, que cuando en la escuela cantaban el himno, en vez de cantar "Oíd, mortales, el grito sagrado: ¡Libertad, libertad, libertad!", él cantaba "Oíd, mortales, el grito sagrado: ¡Uruguay, Uruguay, Uruguay". Así que, desde que infartó en Montevideo, en la biografía que aparece en sus libros agrega: nació en Mercedes 16 de marzo de 1971 y volvió a nacer en Montevideo el 6 de diciembre de 2015.

Cuando uno lee a Casciari tiene la sensación de estar leyendo fragmentos de la vida del escritor, es decir, momentos reales, con personajes reales. Si bien es cierto que muchas veces las situaciones parecen no tener límite entre realidad y ficción, hay algunos personajes que se repiten con frecuencia en los relatos del argentino. Su madre, Chichita, es uno de ellos.

En el segundo cuento, Casciari hace el relato del "Backstage de un milagro menor", en el que cuenta cómo, inmediatamente después de la muerte de su padre, su madre, que lo llora pidiéndole una señal, recibe un mensaje de texto del celular de su esposo: "No estés triste. Descansá". El milagro que no es milagro no sorprende a nadie. Casciari se encargó de aclarar que "esto no es realismo mágico, no somos colombianos" y contó cómo su sobrina de once años se quedó con el celular de su abuelo sin permiso y como forma de pedir perdón a su abuela, le envió ese mensaje.

Las palabras de Casciari conmueven, porque sus lectores saben que Chichita existe y que su padre murió. Saben que en esta ocasión, el (ex) gordo no miente.

Un niño habla y grita y corre de un lado a otro de la sala. Las personas lo miran con desconcierto y piden silencio. Mientras, la única voz que suena es la de Cascari que sigue concentrado en relatar cómo, cuando tenía 25 años, pensó que había atropellado con el auto a su sobrina de tres y el tiempo se detuvo. Los presentes se mantienen en silencio. El relato es trágico y la voz del niño que sigue sonando le da al ambiente una especie de poética macabra. Pero Casciari no es un escritor serio, él mismo lo dice y si realmente hubiese matado a su sobrina, es probable que no hubiera escrito este relato. Así que, una vez que logró poner tensos a todos los que escuchan, dice que no, que no era su sobrina, sino que era un tronco, que atropelló a un tronco y que soñó por más de diez años que mataba a su sobrina. Ahora sí, todos se ríen aliviados mientras Casciari cuenta que se quiso ir a vivir a Finlandia en el momento en el cual pensó que había matado a la hija de su hermana, porque no iba a tener la valentía suficiente como para matarse. Las confesiones del escritor causan gracia, pero él se defiende: "Les estoy hablando de una cosa muy grave, que es mi cobardía".

Leyó dos cuentos más y eligió una anécdota "vergonzosa" de su infancia para rematar. Casciari contó el momento exacto en el cual tuvo que decidir entre ser víctima o comediante. Eligió hacer reír y eso lo transformó para siempre en un escritor "poco serio". Y es tan poca su seriedad que, al terminar el recital, varias personas hacen fila para que firme sus libros. Yo ahora atesoro un "Para Soledad, con mucho cariño fingido, Casciari".

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