Obituario

Tanta vida en cuatro trazos

Hermenegildo "Menchi" Sábat, 1933-2018

Hermenegildo Sabat
Hermenegildo Sabat por Arotxa

Vi por primera vez a Hermenegildo “Menchi” Sabat hace dos años en un lobby de hotel para hacerle una entrevista. Sin embargo, lo conocía de toda la vida.

Sus dibujos siempre habían estado rodeándome y algún día heredaré uno de los grandes tesoros de mis padres: una carbonilla de Marlon Brando en Nido de ratas que alguna vez Sabat dibujó y le regaló a mi padre en la redacción de algún diario que ya no existe: está buenísima. Su nombre era dicho en casa con respeto y admiración y sus dibujos en los medios en los que trabajó (El País, entre ellos) y sus libros eran guardados y compartidos como una contraseña familiar.

Entonces, no está bueno enterarse que “Menchi” —con esa familiaridad que se destina a los amigos y a los caricaturistas— falleció ayer a los 85 años en Buenos Aires, la ciudad en la que vivía desde 1965 y donde, desde las páginas del diario Clarín, analizó la realidad argentina con un pluma sofisticada, perspicaz y punzante.

Nacido en Montevideo el 23 de junio de 1933, su talento para el dibujo lo demostró tempranamente: a los 12 años hizo un Ruben Darío que alertó a una maestra. Tenía a quién salir porque era nieto de Hermenegildo Sábat Lleó, un español, ilustrador ilustre en la década de 1920 y de quien, además, heredó su estrambótico nombre de pila. “Menchi” era hijo del profesor y escritor Juan Carlos Sabat Pebet: su linaje era parte de un Uruguay bien distinto.

Si su banda sonora era el jazz (principalmente de sus venerados Benny Goodman y Bix Beiderbeck, así de clásico era), un género del que era feligrés y predicador, su habitat eran las redacciones de los diarios.

“En cualquier redacción del mundo me siento muy cómodo”, me dijo aquella vez.

La primera fue la del diario Acción, donde publicó sus primeros dibujos. En El País empezó como dibujante y terminó como secretario de redacción.

Viajó a Argentina donde trabajó, además de Clarín, en La Prensa, Primera plana y Atlántida, publicaciones emblemáticas. Este lunes fue a trabajar como todos los días a Clarín. A las horas de irse de la redacción murió mientras dormía.

Una biografía oficial debería incluir, además, sus muchos galardones: el Premio Konex en 1982 y el de Brillante en 2017 y Ciudadano Ilustre tanto de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires que lo declaró en 1997, como de Montevideo que lo hizo 20 años después, en 2017.

“Conoció a reyes, guitarristas incomparables y premios Nobel”, escribió ayer en su obituario, su casa, Clarín. “Conversó con Jorge Luis Borges, cruzó cartas con Julio Cortázar, estuvo en fiestas cerca de Truman Capote, fotografió al clarinetista Benny Goodman, dibujó al Che Guevara y recibió un premio homenaje de manos de García Márquez”. Era un hombre de mundo y de su mundo.

Su capacidad para ver lo que muchos no querían que se mostrara, lo llevó a tener problemas con gobiernos de toda calaña, a los que ofendía como sin querer con un par de trazos.

El último de esos incidentes involucró a la presidenta argentina, Cristina Fernández, quien lo trato de “cuasi mafioso” en acto público porque la dibujó amordazada. Tuvo la misma mordacidad para reflejar a los gobiernos de Alfonsín y Menem: Sabat era un espíritu independiente.

“Hubo dos épocas en las que hubo mucho espacio para expresarse: la de María Isabel Martínez de Perón y la de la presidencia de Menem”, le dijo aquella vez a El País. “A Menem lo dibujé 10 años agarrado de una silla y nunca me dijo nada; tenía otras cosas en qué pensar. Otros solo miran lo que tienen adelante y se rodean de un ejército de alcahuetes”

Y así como contundente “Menchi” era un señor de gran trato. Aquel día que lo conocí llevé a mi padre: nunca lo vi tan nervioso y emocionado. Le firmó la carbonilla, se sacaron una foto y compartieron historias de redacciones que ya no existen. Yo los miraba conmovido. Cómo escribir el obituario, entonces, de alguien que además de grandes dibujos, regala momentos así a la vida de la gente.

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