La escritora fue en la década de 1980 una de las banderas de la Perestroika

Svetlana Alexievich: el Nobel de Literatura para una testigo de sus tiempos

En las últimas 24 horas, medio planeta (o al menos el porcentaje del planeta que habla en español) ha salido a averiguar de apuro quién es Svetlana Alexievich, de 67 años, flamante ganadora del Premio Nobel de Literatura.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
El Nobel de Literatura lo ganaron 14 mujeres y 98 hombres. Foto: Reuters.

A un porcentaje de esos curiosos, por lo menos, les ha alcanzado una investigación en Google para descubrir que esa escritora bielorrusa es adversaria de Vladimir Putin y de su propio, autoritario y duradero gobernante Aleksander Lukashenko (que tomó el poder en 1994 y no lo ha soltado desde entonces) para deducir que, una vez más, el Nobel es un premio al servicio de Occidente o del "Imperio", y que galardonar a Alexievich es una provocación a la Madre Rusia y sus amados hijos, como lo fue en el pasado premiar a Pasternak o a Solzhenitsin (en cambio, ya se sabe que fue adecuado distinguir al oficialista Shojolov, el de Campos roturados).

Casi todos los que se están enojando en castellano por el galardón a Alexievich simplemente no la han leído, por la sencilla razón de que solamente un libro suyo, Voces de Chernóbil, ha sido editado en nuestro idioma. Ello ha servido también para que los enojados la proclamen "una desconocida", aunque haya sido traducida a otras lenguas y premiada antes en varios lados.

Reacciones.

Ya está circulando un argumento suplementario de igual solidez: "¡A quién se le ocurre otorgarle un premio Nobel a una periodista!" (ya que el periodismo no es literatura). Sin embargo, la Academia del Nobel ha entendido al parecer lo contrario: que la literatura de Alexievich usa elementos que provienen en parte del periodismo, pero que no agotan en él.

De hecho, la Academia sueca ha elogiado en Alexievich "sus escritos polifónicos, un monumento al sufrimiento y al coraje en nuestro tiempo". Naturalmente habrá que leerla antes de saber si ese juicio es correcto, pero por el momento hay que quedarse con él, aunque sea a título de inventario. Conviene saber también que Alexievich es hija de un bielorruso y una ucraniana; que nació en Ucrania en el pueblo de Stanislav (hoy Ivano-Frankivsk) y que se crió en Bielorrusia. Comenzó a estudiar periodismo en la Universidad de Minsk en 1967, y tras graduarse se trasladó a la ciudad de Biaroza, en la provincia de Brest, para trabajar en un periódico y una escuela locales. Durante un tiempo se debatió entre la enseñanza y el periodismo al tiempo que escribía poesía, cuentos y ensayos. Alexievich reconoce como una influencia decisiva en su carrera el apoyo del escritor bielorruso Alés Adamóvich, quien la orientó hacia un género que denomina "novela colectiva", "novela-oratorio", "novela-evidencia", "gente bailando con lobos" o "coro épico".

Según referencias de gente que se ha molestado en leerla, su formato preferido es una mezcla de literatura y periodismo que entrecruza testimonios individuales extraídos de la realidad. Usó por primera vez el recurso en La guerra no tiene rostro femenino (1983), libro armado en base a entrevistas a mujeres rusas que participaron en la II Guerra Mundial. Una adaptación teatral de ese texto fue llevada a escenarios moscovitas en 1985, y fue enarbolada como un ejemplo de los cambios culturales y políticos impulsados por Gorbachov.

Trayectoria.

A ese libro siguieron otros. Los chicos de cinc (1989) ha sido definido como un mosaico de testimonios de madres de soldados rusos que participaron en la Guerra de Afganistán. Cautivados por la muerte (1993) se ocupó de la oleada de suicidios que siguió a la caída del régimen soviético, cometidos por gente que no supo adaptarse a los nuevos tiempos. Voces de Chernóbil (1997) anuncia desde el vamos su condición de crónica de la catástrofe en la planta nuclear ucraniana del título. Más cerca ha escrito El tiempo de segunda mano. El final del hombre rojo (2014) publicado a la vez en alemán y en ruso, es un retrato generacional del fin del comunismo soviético.

Aunque el lector en castellano más bien la desconoza (recién ahora habrá ediciones en español y a Uruguay empiezan a llegar el próximo mes por Penguin Random House con Voces de Chernóbil), Alexievich ha sido editada en Europa, Estados Unidos, China, Vietnam e India, y viene recibiendo premios internacionales, como el polaco Ryszard-Kapuciski en 1996, el Premio Herder en 1999, entre otros.

Abandonó Bielorrusia en 2000 y ha vivido en París, Gotenburgo y Berlín. Actualmentre se mueve entre Minsk y Alemania.

TESTIMONIOS.

Una mujer que tiene opiniones muy rotundas.

Todo indica que Svetlana Alexievich no tiene pelos en la lengua, y cuando se le pide una opinión acerca del mundo en que le ha tocado vivir no se anda con muchas vueltas: "Respeto el mundo ruso de la literatura y la ciencia, pero no el mundo ruso de Stalin y Putin", explicó en un encuentro con la prensa tras enterarse de que había ganado el Nobel. "Tampoco me gusta ese 84% de rusos que llama a matar ucranianos", añadió.

Alexievich llegó al acto en el coche del embajador sueco, y dialogó con decenas de periodistas en la sede del PEN Internacional de Minsk. Para echar más leña al fuego o molestar a Putin, la escritora agregó que quiere mucho a Ucrania y recordó que estuvo en la revolución que tuvo lugar el pasado año en Kiev en la que fue derrocado el presidente, Víktor Yanukóvich. "Estuve en (la plaza) Maidán y he llorado ante las fotografías de la centuria celestial", señaló refiriéndose a los cien caídos en la represión de la revuelta popular.

"El mundo ha cambiado completamente y no estábamos verdaderamente preparados", dijo Alexievich en una reciente entrevista concedida al diario francés Le Monde. A propósito de su último libro, El tiempo de segunda mano. El final del hombre rojo, la escritora ha explicado que se propuso "escuchar honestamente a todos los participantes del drama socialista".

Según Alexievich el "homo sovieticus" sigue todavía vivo, y no es solamente ruso, sino también bielorruso, turcomano, ucraniano, kazajo. "Ahora vivimos en distintos Estados, hablamos en distintas lenguas, pero somos inconfundibles, nos reconocen en seguida. Todos nosotros somos hijos del socialismo", afir- ma igualmente refiriéndose a otros exsoviéticos a quienes define como sus "vecinos por la memoria".

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