BOB DYLAN

Una reverencia y una advertencia

Surgió como la personalidad literaria del año debido a las canciones que valen un Nobel.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Bob Dylan. Foto: Difusión

Más allá del inexistente "premio Nobel al rythm and blues" que se autoadjudicó Lou Reed en su festiva "Down at the Arcade", está claro que el Nobel nunca estuvo tan cerca del rock hasta que le tocó a Bob Dylan. Quizás sea la única vez: dos de los contendientes murieron (Reed y el más firme candidato, Leonard Cohen), dejando sola a Patti Smith quien tendría que ser la primera punk en ganar un Nobel.

Más allá de polémica, eso convierte al trovador estadounidense en la figura literaria del año. Él lo celebró a su manera y se comportó como uno espera que se comporte Dylan: con la soberbia y el desdén con el que al parecer suele mirar al mundo. Al principio no dio señales de vida, ni siquiera de enterarse de lo que había ganado; un par de semanas después agradeció y avisó que, si le era posible, estaría en Estocolmo para recibir el premio; finalmente no le fue posible. Smith, justamente, interpretó un "A Hard Rains A-Gonna Fall" interrumpido por los nervios propios de la ocasión de celebrar a un héroe personal en su momento más grandioso.

Porque también, como ella dijo en su crónica de la ceremonia para el New Yorker, "aunque no vivimos en los tiempos de Arthur Rimbaud, existimos en el tiempo de Bob Dylan". Y eso no está nada mal.

El Nobel cierra así todos los trámites de certificación de Dylan: el Pulitzer, el Príncipe de Asturias, la Legión de Honor francesa, el premio Kennedy estadounidense, Oscar, Grammys y cantar ante un Papa. Pocos acopian para sí tanto mérito.

Por todo eso, descartadas la negligencia o la exageración de la Academia ante la preciosura de una obra que solo los necios o los perezosos no alcanzan a ver, es lícito ver el premio como merecida reverencia, sí, pero también como advertencia.

Dylan —un poeta judío del Medio Oeste nacido ocho meses antes de Pearl Harbour, que con su espíritu errante y bohemio ancló en Nueva York, se construyó a sí mismo y, de paso, revolucionó la música y por lo visto la literatura— escribió la parte más citada de su obra en un mundo amenazado: una guerra fría que quería volverse nuclear y una guerra interna entre el liberalismo, representado por el movimiento de los derechos civiles, y una derecha reaccionaria a los que, los teóricos de la conspiración, atribuyen magnicidios.

Eso sucedía y Dylan lo retrataba entre el fin de la opulencia de la década de 1950 y el adiós a una relativa pax americana (sí, estuvo Corea, claro) que quedaría finiquitada a quemarropa por la guerra de Vietnam.

Y lo hizo, además, a través del pop y el rock and roll.

Ya no quedan doctores del alma de su clase y vaya si los andamos necesitando. A Dylan convendría escucharlo para ver si nos da una mano en tiempos como estos, en los que el sueño liberal que ayudó a construir (y que fue consecuencia directa del New Deal de Roosevelt en el que creció) y que derivó en los triunfantes movimientos por la igualdad y el derecho a las minorías, parece estar llegando abruptamente a su fin. La Academia, quizás, nos está avisando algo ante tanto avance del odio, la intolerancia y la necedad. Los tiempos necesitan cambiar.

Siempre se está a tiempo de conocerlo. Hay en plaza, por lo menos, una recopilación bilingüe de sus textos en Letras: 1962-2001 (Global Rhythm, distribuye Océano, 1.095 pesos). Y todas las letras están en versión original en bobdylan.com. Con bastante suerte y preguntando se puede encontrar el primer (y hasta ahora exclusivo) volumen de sus Crónicas (también editadas por Global Rhyhtm), una pieza más de autocomplacencia literaria que de confesión, pero que permite conocer su prosa y Tarántula, su experimento de prosa poética. Hay, eso sí, bastantes biografías.

Pero él es un músico y como aquellos trovadores obligados a difundir lo que tiene para decir, Dylan no ha parado de presentarse en vivo, demostrando su arte a plateas convencidas: en noviembre hizo 16 recitales en 16 ciudades del sur de Estados Unidos. Aún es un trovador errante y bohemio pero incapaz de anclarse en algún puerto.

"Bob Dylan ha cambiado nuestra idea de lo que puede ser la poesía y cómo puede funcionar", dijo el profesor Horace Engdahl, miembro de la Academia Sueca, en su presentación en la ceremonia de entrega. "Es un cantor que merece su lugar al lado de los vates griegos, al lado de Ovidio, al lado de los visionarios románticos, al lado de los reyes y las reinas de blues, al lado de olvidados maestros de standards brillantes. Si el mundo literario se queja, uno debería recordarle que los dioses no escriben, ellos bailan y cantan".

Si alguien dice algo así de hermoso para referirse a algo así de hermoso, es cuando el resto hacemos bien en callarnos y limitarnos a dar nuestros respetos.

Tres libros del año

IRIS PLAY

Mercedes Estramil

¡Lo bien que está escribiendo Mercedes Estramil! Su primera novela, Rojo, es de 1996 y ha tenido una carrera no de gran producción pero sí de escalas elogiadas (apenas Hispania Help e Irreversible) desde entonces. Iris Play, editada por Hum, funciona como una novela de personaje y a la vez un retrato analizado de la literatura desde lo coyuntural a la necesidad personal de escribir. Es breve, pero de grandes momentos literarios y mucho humor.

EL LIBRO DE LOS BALTIMORE

Joël Dicker

Este escritor suizo apenas treintañero ya había demostrado la capacidad de su narrativa (a medio camino entre el best seller y la literatura "seria") en sus dos primeras novelas Los últimos días de nuestros padres y La verdad sobre Harry Quebert. Ahora en su segunda novela retoma personaje (Marcus Goldman) para contar una saga familiar sostenida por el suspenso de una desgracia. Se lee de un tirón y sin sentir culpa.

MANUAL PARA MUJERES DE LA LIMPIEZA

Lucia Berlin

La escritora falleció en 2004 pero se convirtió en la última sensación de la literatura estadounidense, y recién este año se editó en español. Esta recopilación de relatos es de esas lecturas que duelen, que incomodan, que generan cierto malestar en el estómago y la garganta, pero aún así no se pueden soltar. Son postales de un momento signado por el amor, la violencia o el alcoholismo, contadas por la pluma de una mujer muy talentosa.

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