UNA NOBEL EDITADA EN URUGUAY

Cuando se premia una forma de ver las cosas que te rodean

Se editaron en Uruguay dos libros de Svetlana Alexiévich, la última Nobel.

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Alexiévich, una cronista con mirada de periodista.

Cuando en 1953, Winston Churchill recibió el Premio Nobel de Literatura, se le estaba rindiendo tributo al político como símbolo moral de la Segunda Guerra Mundial. Pero a la distinción hubo que encontrarle de todos modos un fundamento y fue triple: se premiaba, se explicó, su maestría como historiador, su excelencia como biógrafo y su oratoria prodigiosa. Ya se había galardonado a algún historiador (Theodor Mommsen) pero ¿el arte de la elocuencia?

Una sorpresa de ese tipo podría haberse dado con la bielorrusa Svetlana Alexiévich, definida como periodista. Su nombre, sin embargo, destierra de inmediato cualquier malentendido: con ella, se distinguió por primera vez la crónica, ese género híbrido en el que lo informativo se da la mano, de modo por momentos ambiguo, por otros declarado, con las formas narrativas.

Alexiévich no era más que un nombre virtualmente desconocido que se repetía de año en año en la lista de nominados. La atribución del premio —para eso son útiles a veces esas compulsas arbitrarias— llevó a que la editorial Debate distribuyera con presteza los dos únicos libros de la autora traducidos al castellano: Voces de Chernóbil y La guerra no tiene rostro de mujer (distribuidos en Uruguay por Penguin Random House, 590 pesos). Se pudo así comprobar de inmediato a qué se referían los suecos cuando hablaban de sus libros como "escritos polifónicos, un monumento al sufrimiento y coraje de nuestro tiempo".

Voces de Chernóbil consiste en un entramado de voces que reproducen múltiples entrevistas hechas por la periodista a testigos o víctimas de la explosión de la central nuclear, ocurrida en 1987. Chernóbil estaba ubicada en Ucrania, pero cerca de la frontera con Bielorrusia, y los efectos devastadores de la catástrofe se extendieron mucho más allá de sus simples inmediaciones. Los testimonios que Alexiévich hila en una especie de coro aterrador presentan de forma descarnada la tragedia, los primeros muertos, la desolación a lo largo del tiempo de los pueblos y campos a la redonda. Pero al mismo tiempo, ese acontecimiento puede entenderse como una divisoria de aguas a partir de la cual comenzó a erosionarse la URSS (que Alexiévich recorrió ampliamente como reportera). Un ejemplo son esos refugiados de Tayikistán o de Kirguistán que recalaron en las abandonadas localidades dentro del radio afectado por la explosión porque eran el único lugar donde encuentran refugio: prefieren eso a la violencia que se da en sus repúblicas soviéticas de origen.

La guerra no tiene rostro de mujer, por su parte, construida de manera algo más clásica, tiene la contundencia de un tema históricamente inexplorado: la participación activa de mujeres —contada por ellas mismas—durante la Segunda Guerra Mundial.

La crónica como género es, claro, tan añeja como el propio periodismo, aunque cada época parece modularla a su manera y según sus circunstancias. El premio a Alexiévich es el reconocimiento a un periodismo narrativo que debió fermentar acosado por la censura (la que se ejercía tras la cortina de hierro, y que sigue funcionando a su manera en la actual Bielorrusia) y apelar al ingenio para encontrar estrategias que permitan seguir diciendo, pese a todo, las verdades.

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