CRISTINA PERI ROSSI

"El placer no se puede medir"

En Los amores equivocados Peri Rossi (nacida en Montevideo en 1941, radicada en España desde 1972 y con una larga y elogiada carrera literaria que incluye Los museos abandonados y La nave de los locos) reunió relatos sobre el vínculo amoroso en su versión asimétrica, despareja.

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Cristina Peri Rossi. Foto: archivo El País

“Hay tantos amores como seres humanos, sin contar con que en la vida de cada uno, hay varios amores. Los cuentos infantiles terminaban con ‘fueron felices y comieron perdices’. Sobre la felicidad no se puede decir nada: solo se vive, algunas veces, si se tiene suerte o quizás hay un gen no aislado hasta ahora que la provoca en algunos individuos y en otros no”, le contó a El País

—¿Qué relato del libro sentís más próximo?

—Cuando escribo soy todos los personajes. Soy el camionero pero también soy la adolescente, soy el psicoanalista y también el jovencito que lo espera, enamorado. No me imagino otra manera de escribir más que ponerse en el lugar del otro o de la otra: identificación, empatía. Esta es la grandeza de la literatura: comprender lo del otro, dejar de estar encerrado en el yo o en el ego.

—¿Qué sentís que te atrapa de esos "amores equivocados"?

—Justamente lo que tienen de imprevisibles, inesperados, insólitos y considerados vulgarmente como "inadecuados". La seducción no es racional: es un conjunto de emociones hasta contradictorias que nos sorprende. Si el amor fuera racional, jamás nos preguntaríamos qué le vio Romeo a Julieta, o viceversa: sería obvio. Me fascina esta irrupción de lo irracional en nuestras vidas, gobernadas aparentemente por la razón, el cálculo, la conveniencia.

—Desde Romeo y Julieta, un personaje enamorado es un ser camino a la tragedia...

—El amor romántico siempre es trágico, porque es apasionado, y la pasión es obsesiva, intensa, absorbente, totalizadora. Ahora bien, sin pasión, es muy difícil hacer algo. La pasión rechaza el límite, en cambio, la razón claudica. Cuando hablamos de pasión no nos referimos solo a la esfera de los afectos; también hubo pasión en Beethoven, Becquer, o en este posromanticismo musical de los cantantes de blues o de rock que terminan sus vidas prematuramente consumidos por las drogas. Sólo la pasión puede explicar que yo, a mi edad, me dedique obsesivamente a escribir, cuando ya he escrito tanto, me duele la espalda, y la literatura está a punto de desaparecer absorbida por las redes sociales, Facebook o twitter.

—¿Qué le pedís a tu prosa y qué a tu poesía?

—Yo no le tengo que pedir nada a mi poesía o a mi prosa: le tengo que dar. Y lo que quiero dar o transmitir es siempre una gran honestidad con lo que pienso, con lo que imagino, con lo que siento; empecé a escribir con un ideal de escritora muy exigente en cuanto a las virtudes morales y pedagógicas de la escritura en el mundo y he sido completamente fiel a ese ideal. Y poco práctica. He rechazado premios literarios que me han ofrecido por escribir al uso, literatura de ocasión, y a veces, me hubieran permitido salir de la pobreza o de las dificultades para pagar el alquiler, pero jamás accedí.

—¿Escribir prosa o poesía, te dan el mismo placer?

—El placer no se puede medir.

—¿Cómo ves el mundo institucional de la literatura, todo ese circuito de ferias y demás?

—El libro se ha convertido en un producto industrial y las grandes editoriales (que casi siempre forman parte de trust poderosos) quieren vender, la calidad literaria es accesoria. El amor por la literatura ha quedado reducido a pequeñas editoriales que aman los libros, que se interesan por el conocimiento y la cultura, pero que no pueden editar más que mil o mil quinientos ejemplares, no tienen distribuidora propia y no llegan más que a unas pocas librerías. Por eso hay que apoyar todas las actividades como ferias y congresos que tengan como fin no el lucro, sino la difusión.

—¿Qué lugar ocupa Montevideo en tu vida diaria?

—Montevideo está presente diariamente en mi memoria, en mi piel, en mi acento (nunca lo perdí), en mi imaginación. Si me descuido, se podría convertir en el Paraíso Perdido. Siempre le agradeceré a Uruguay que una hija de una familia muy humilde pudiera estudiar gratuitamente. Amo sus calles, su Rambla, sus pinos, las quintas de El Prado, la Ciudad Vieja, la Plaza Zabala, la placita Atahualpa, los antiguos cafés y los maravillosos atardeceres. Tampoco me olvido de las inundaciones del 59, que me pillaron en Minas, en mi primera luna de miel, ni de Piriápolis, mi balneario preferido. En sueños, siempre vuelvo.

—¿Qué lugar ocupa la escritura en tu vida?

—Al cambiar de país (o sea, de lectores, de entorno, de geografía) la identidad deja de existir para los demás, o no existe. Ser extranjero es ser un desconocido. Nunca he podido imaginarme de otra manera más que como escritora, a pesar de mi amor a la ciencia, al periodismo, a la enseñanza. No son incompatibles. Pero no ha sido fácil. He tenido crisis, por supuesto. Cuando cumplí los 45, lo recuerdo bien, quería dejar de escribir.

—¿Para dedicarte a qué?

—Dedicarme a cualquier otra cosa, harta de la pobreza, de las dificultades, de una actividad mal remunerada y solitaria. Es difícil decir en una reunión de vecinos: "Soy escritora". El patito feo, la rara. Recuerdo que decía que me quería ir al campo, a plantar patatas. Pero no tenía campo, en cambio tenía una escoliosis muy aguda, lo cual volvía más difícil todavía cultivar patatas que escribir. En otros momentos, cansada de toda la promoción que exigía publicar un libro, deseaba editar libros anónimamente. Pero he conseguido sobrevivir a todo eso, y ahora, cuando ya no soy joven, creo que no me equivoqué, y como sigo escribiendo y publicando, espero morirme como Balzac, llamando a los personajes de mis libros. Quizás al camionero de Los amores equivocados.

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