Arturo Pérez-Reverte

Un periodista y literato cronista de sus tiempos

Ha sido un hombre de acción. Durante 21 años fue periodista de medios escritos y televisivos, cubriendo para la televisión española toda suerte de conflictos armados.

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"Es más importante ahora que antes tener hombres buenos que orienten a la gente". Foto: F. Flores

Ha sido también un hombre de letras; publicó 30 libros, la mayoría novelas. La última es Hombres buenos. Además, Pérez Reverte es un hombre de reflexión.

—Habría que deslindar un poco las nociones de "educación" e "información", que suelen confundirse, sobre todo por la influencia de Internet.

—Internet es una herramienta extraordinaria y educativa, pero tiene un problema: carece de filtros. Es tal el ruido y la acumulación que no es fácil distinguir la información válida, educativa, de la que no lo es. Hacen falta buenos intermediarios: el maestro, los mecanismos que filtren la información, las personas que hagan digerible esa nube confusa para que los jóvenes sepan distinguir el grano de la paja. Si no existen personas preparadas para "traducir" y analizar esa lluvia de información, cualquier rumor, cualquier tontería o estupidez se convierte en viral y pasa a la categoría de ley y verdad reconocida. Es más importante ahora que antes tener hombres buenos que orienten a la gente. La cultura es el único mecanismo de interpretación. El hombre bueno de nuestro tiempo es el maestro. Los problemas del mundo actual son en su mayoría problemas de falta de educación y de cultura. No habrá victoria frente a la barbarie, el fanatismo y la estupidez que no pase por la educación y la cultura. El maestro es el guerrero, el paladín, el defensor de primera línea en esa batalla tan importante. Habría que ser muy rigurosos al seleccionarlos; forjar para ellos los estándares más altos de exigencia. Y, desde luego, tenerlos bien pagados y cuidados.

—¿Por qué fallan los sistemas educativos actuales?

—Son sistemas que se orientan no a premiar la inteligencia sino a machacarla. Está mal visto —resulta incorrecto— ser de una elite. Estamos eliminando desde la escuela misma la posibilidad de que haya elites el día de mañana. Es una ofensiva contra la inteligencia: tanto en Europa como en Estados Unidos se busca igualar para abajo. Pero las elites son necesarias, tanto las intelectuales y culturales como las educativas y políticas: sin ellas no se funciona. La gente confunde: todo el mundo tiene derecho a tener educación y oportunidades. Una vez dentro del sistema, hay que favorecer a los mejores, como se hace en los deportes. En la cultura no es así.

—¿Tiene el periodismo un papel educativo que cumplir?

—Cuando yo era muy joven y quería ser periodista, hacía la práctica en un periódico de mi ciudad. En una ocasión un periodista mayor me pidió que entrevistara al alcalde. Le dije: Soy muy joven, tengo miedo. Y me contestó: Cuando vayas con una libreta y un lápiz, es el alcalde quien te tendrá miedo a ti. La lección: el periodismo es el único poder al que los poderosos tienen miedo. Temen que sus vilezas, infamias y latrocinios sean publicados y denunciados. Con todos los defectos y problemas del periodismo, es la única herramienta de control real a los excesos políticos. Por eso es necesario también un periodismo hecho por hombres buenos y más en estos tiempos en que la gente cree que Internet basta para la información. Si yo mañana cuelgo un video de un hombre apaleando a otro, necesito que alguien, un periodista cualificado, comente esa imagen, la explique. No hay religión posible sin el intermediario, sin el sacerdote que oficia ante los feligreses. El periodista es el sacerdote, digamos, que oficia entre el hecho y el público. La mera información no basta; Internet no basta. Hace falta alguien con lucidez, con preparación cultural; por eso el periodismo sigue siendo fundamental.

—¿Qué importancia le da a la lengua en el proceso vital y educativo?

—A mí la palabra "patriotismo" no me gusta. He visto mucho "hijo de" envolverse y defenderse con esa palabra. Pero hay un patriotismo que no falla, que tenemos quienes hablamos una lengua que hablan 500 millones de personas y que tiene como bandera El Quijote. Somos parte de una comunidad cultural y social hispanohablante, tenemos una memoria cultural común. Es un nacionalismo que practico sin ningún complejo. Soy nacionalista de la lengua española y no de España, sino atlánticamente.

—Ha sido periodista y escritor. ¿Le han servido sus experiencias en conflictos armados para sus novelas?

—Yo he hecho un viaje de ida y vuelta. Siempre fui lector. Tengo una casa con una biblioteca grande. Cuando hice la Primera Comunión, mi madre les pidió a todos que me regalaran libros. Desde entonces tengo una biblioteca personal que entonces contaba con los libros de Julio Verne, Salgari, Dumas, etc. Cuando me hago reportero llevo ya una preparación como lector. Llego a Beirut y, cuando veo aquello, estoy viendo a Troya, estoy pensando en la Anabasis. Los libros me dieron mecanismos para interpretar el mundo violento en el que trabajé durante 21 años. Entonces, una vez llena la mochila de cosas personales, vuelvo otra vez a la biblioteca, pero con mis propias experiencias. Ya no son solo lecturas. Con los libros leídos y con la vida vivida hago mis novelas. Las escribo con esa mirada que la vida me dejó.

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