AHÍ ESTUVE

El Palacio Legislativo se llenó de artistas dispuestos a brindar asombro

Hoy por hoy por artes visuales se puede encontrar mil cosas distintas, incluso cualquier cosa.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
El Salón de los Pasos Perdidos con un aspecto inusual. Foto: M. Bonjour

En contraste con este concepto laxo de la plástica actual, el Salón de los Pasos Perdidos ofrece un refinamiento abrumador, un viaje al pasado histórico y estético. Ese choque de dos mundos se puede recorrer en la 3° Bienal de Montevideo, que abrió el pasado miércoles y se puede visitar hasta el domingo 4 de diciembre.

Lógicamente que el día de la inauguración oficial no era el momento ideal para visitar la enorme exposición, porque la cantidad de gente que llenó el lugar no permitía una aproximación detenida a cada obra. El suntuoso salón del Palacio Legislativo se fue llenando de caras conocidas de la cultura, diplomáticos y políticos, hasta que más de media hora después de lo previsto hubo un corte de cinta inaugural, que ocurrió previo a la prolongada alharaca de los saludos. Las personas de seguridad y de protocolo, entre la prepotencia y la amabilidad, dispusieron a parte del público y a la prensa, mientras Raúl Sendic y otros daban por inaugurado el asunto.

Los músicos de la Banda de Parada ejecutaron una partitura compleja sin que una parte del público atendiera y otra pudiera disfrutarla o comprenderla, dado el ruido que había, porque como es lógico, al reunirse tanta gente que se conoce, la cosa tomó un ambiente de fiesta privada. Entre charla y charla, los visitantes daban vueltas por el hermoso salón, comentando, esquivando, o destartalando repetidas veces, la treintena larga de obras expuestas.

En el conjunto hay de todo. La que había que hacer fila para poder observar por un visor y la que huele a barro. La que expresa oficio y conocimiento de técnicas artísticas, y las que parecen hijas del capricho. Lógicamente (como lo anticipó Umberto Eco tres décadas atrás, cuando no había cámaras digitales), muchas personas prefieren enfrentarse a la obra de arte con la cámara de fotos o el celular, buscando conservar la imagen más que analizarla. En ese aspecto una bienal de estas características es como un gran parque para sacar fotos: estaba incluso el que se fotografió entre la obra de arte y el hombre uniformado de gala con la indumentaria de un batallón histórico. Una serie de mozos distribuyeron unas copas para el brindis, que animó algo más la reunión, que se prolongó bastante. Una acción poética (vale decir, una performance) sobre tema indigenista sumó más sentidos al conjunto.

El debate que corría por boca de todos era si el edificio imponente había eclipsado o no a las obras de arte. Creo que no, que la reunión de todo da un conjunto bien interesante, o al menos divertido, para recorrer. Es evidente que recorrer el Salón de los Pasos Perdidos es de por sí una experiencia estética superlativa para el que gusta de estas cosas. El trabajo de marmolería, madera, metal y vidrio que exhibe el antiguo recinto, hace que cada rincón sea disfrutable. "Del tiempo en que se hacían las cosas con amor", podría decirse citando al ingenioso crítico de arte catalán Eugenio dOrs. Las vetas de los mármoles, sus juegos cromáticos, son un placer para los ojos. El contraste con varias de las obras expuestas no puede ser mayor.

Dentro de las obras que despiertan más comentarios está la construcción del artista brasileño Maxim Malhado, una especie de rancho de barro que no pasa inadvertido. Diego Masi, jugando con el efecto óptico que caracteriza su obra, hizo otro aporte que llama la atención. La gran obra de Gabriel Valansi también merece un tiempo para dedicarle.

A veces, entre la avalancha de propuestas estéticas, algunas pueden pasar inadvertidas. Tal es el caso de la obra de Bruno Moreschi, Autor de Pierre Menard, que desde un rincón del salón brinda emoción y sorpresa. Como siempre ocurre, cada uno de los que vaya, hará su propia crítica, inevitablemente. Pero en su conjunto, más allá del interés individual de cada obra, vale la pena darse una vuelta por allí.

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