HERMENEGILDO SABAT

"Yo nunca pensé en trascender"

Rebelde ileso (Planeta, 1.200 pesos) es una autobiografía dibujada. Son pinturas de personajes que Menchi Sabat ha conocido, creaciones más abstractas y recuerdos de su familia, su vida y su trascendencia; también hay fotos de su álbum personal.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Hermenegildo Sábat. Foto: Darwin Borrelli.

A los 82 años, Sabat tiene una carrera que lo ubica entre los grandes nombres de la cultura uruguaya. Viene recorriendo redacciones desde la década de 1940 (entre ellas las de El País) y con sus caricaturas en Clarín ha conseguido sintetizar, mejor que cualquier cronista, la Argentina de los últimos años. Estuvo un ratito en Montevideo y charló con El País.

—Está trabajando en diarios desde la década de 1940. ¿Cómo recuerda aquellas redacciones?

—La primera redacción fue la del diario de Acción. Había una selección de gente valiosa. Trabajaba al lado de la ventana que daba a la calle Camacuá y al río. Uno tenía otros años y otras curiosidades.

—¿Es de recordar mucho?

—Sí y mucho más a la edad que uno llegó. Son recuerdos de una época muy feliz. De la redacción de Acción, al hombre que recuerdo con mucho cariño es a Zelmar Michelini.

—Usted era muy joven.

—Tenía 21 años. Entré como dibujante pero me movía mucho. Tenía muchas ilusiones en cuanto a la profesión y entonces escribía, hacía notas, diagramaba. De todo.

—Y aún hoy frecuenta redacciones. Han cambiado mucho.

—El hecho de que no haya máquinas de escribir ha sacado el ruido. Y que no haya taller de plomo, es otro cambio grande. Hoy es otro mundo.

—¿Es notalgioso de eso?

—Hay instituciones en las que no me siento cómodo: una agencia de publicidad, por ejemplo. Pero en cualquier redacción del mundo me siento muy cómodo.

—¿Qué recuerda de su abuelo caricaturista?

—No lo conocí pero me formé con sus dibujos. En Rebelde ileso hay una tapa de la revista La Fusta con una caricatura de Juan Lindolfo Cuesta. Es muy hermosa y muy moderna.

—Su padre no dibujaba.

—No, para nada. Era profesor de literatura, un literato. En casa no había un mango pero había libros. Y eso lo agradezco. A los 14, 15 años me puse a leer a Herman Hesse, lecturas que tendría que haber hecho años más tarde. No me quejo: todo eso ha servido para generar mi personalidad.

—¿Cómo recuerda aquel Montevideo de su infancia?

—Fui muy afortunado. Por ejemplo, en este país en el que siempre hubo dos cosas para elegir, estaban Cine Club y Cine Universitario que fue al que yo fui. Allí estaba Jaime Francisco Botet, al que recuerdo con mucho cariño y que era la cabeza de la institución en esos años.

—Era un momento de apogeo del cine en Uruguay.

Era imposible imaginar que Uruguay, a través de Mauricio Litman, inventara los festivales de Punta del Este (que técnicamente los inventó Alberto Ugalde Portela, un hombre que parecía Pedro Armendariz con unos bigotazos). Y acá venían Gerard Philippe, Yul Bryner, Anita Ekberg, Anatole Litvak. Era un festival de personalidades en un pueblito insignificante con unas playas muy lindas. Eramos felices testigos de todo eso.

—Era un país más modesto, también. Más humilde.

—Sí, pero éramos un país con ilusiones, con certezas. Todo lo que tenía que ver con la estructura del país era, sí, de una riqueza un poco falsa provocada por lo que se vendió en la guerra de Corea. No fue una época de tirar manteca al techo y era profundamente democrática. Y un tiempo en el que uno se podía expresar como quisiera.

—Expresarse como ha querido es algo que a usted le ha traído problemas.

—Sí, por supuesto, problemas de intolerancia en Argentina.

—¿Cuáles fueron los mejores momentos de Argentina para dibujar?

—Hubo dos épocas en las que hubo mucho espacio para expresarse: la de María Isabel Martínez de Perón y la de la presidencia de Menem. A Menem lo dibujé 10 años agarrado de una silla y nunca me dijo nada; tenía otras cosas en qué pensar. Otros solo miran lo que tienen adelante y se rodean de un ejército de alcahuetes.

—Eso quiere decir que la caricatura y el dibujo siguen siendo poderosos.

—Sí, pero la caricatura no sirve para derrocar gobiernos. Como decían los reos: "No te remontes que no sos cometa". Cuando entré en La Opinión de Buenos Aires, sugerí que no iba a usar palabras y eso me ha permitido estar vivo hasta ahora. Eso de hacer juegos de palabras que puedan tener una intención, no es para mí.

—¿En sus dibujos no hay intención?

—Sí, no soy tan inocente. A veces miro dibujos de hace 50 años y me agarro la cabeza por lo duros que eran. Todos mutamos, y aunque queda algo de aquel en mí, tampoco tanto. La exposición pública que te da un dibujo para un diario es una especie de strip tease. El que malinterpreta eso se confunde: te da popularidad pero no te da acceso a otro cosa. Yo nunca pensé en trascender.

—En Rebelde ileso hay muchos recuerdos de personajes con los que se ha cruzado. ¿Cuál es el que le resultó más fascinante?

—Uno de los tipos que me impresionó más fue Juan Carlos Onetti. Tuve relación constante con él y lo visité cuando vivía en Madrid en el apartamento de Avenida de las Américas. La última vez que lo vi había un restorán y estuvimos cuatro horas conversando y tomando unos vinos de La Rioja. Fue un tipo que me llenó de fantasías.

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